Parálisis infantil: un virus ataca la médula, hace que los músculos de las extremidades no se desarrollen, que los brazos y las piernas no crezcan bien y con el tiempo terminen atrofiándose. Eso es lo que tengo yo. Hasta hace nueve años, cuando conseguí el triciclo por el que la gente me conoce, me desplacé por el suelo, gateando. ¿Qué le vamos a hacer? Es la vida o, al menos, la mía… y hay que seguir. Hoy vendo lotería y tengo mi triciclo que opero con las manos, pero esta es la parte menos interesante y turbulenta de mis 55 años de historia.

Trabajo desde los 5 años. Nací en Rondón, Boyacá, cerca al campo, donde siempre hay algo que hacer, incluso para personas como yo. Mi infancia la gasté desyerbando maíz, yuca y plátano. En la casa también trabajaba todo el tiempo, era casi la empleada, barría, arreglaba y cocinaba. Un tiempo después me llevaron a un pueblo cercano a la casa de mi tía, y todo empezó a ir mal. Esta tía era como la de los cuentos: me obligó a trabajar con ella en el mercado, cargando bultos más grandes que yo y la poca plata que tenía me la sonsacaba. Comía mal y dormía poco. Todos los días nos íbamos a los pueblos a vender el mercado. Recuerdo que un viernes por allá en el año 1970 nos fuimos a Tunja. Estando en la estación de bus, ella se fue un rato a algún lado y yo me quedé solo, cuidando las maletas. Eran las 10:00 de la mañana, yo no había desayunado nada. Fue entonces cuando un bus se parqueó frente a mí. El ayudante empezó a gritar "Bogotá, Bogotá", y esas palabras me retumbaron en la cabeza. Lo pensé por un instante y en un momento de impulsividad absoluta me colé en el bus, me fui al rincón y esperé que nadie se diera cuenta de mi presencia. Cuando el ayudante llegó a cobrar el pasaje me vio tan perdido, tan jodido, que me dejó permanecer en el bus.

Llegué a Bogotá en un estado total de indigencia, sin techo y con la barriga vacía. Me eché en la puerta, sin saber que hacer. El ayudante que me había dejado quedarme en el bus salió y me preguntó que si quería un perico. Le dije que sí mientras imaginaba el huevito que me iba a comer… cuando llegó con un cafecito en leche pequeño la desilusión fue enorme. Ahí mismo dormí esa noche, en la entrada de esa estación que por mucho tiempo fue mi hogar.

Con el tiempo los conductores se hicieron amigos míos y me empezaron a invitar a los viajes y un rumor de que yo le traía buena suerte al que viajara conmigo se hizo popular. Me convertí en un amuleto para ellos y competían para ver quién se iba conmigo. Me ofrecían almuerzos y propinas. Las cosas andaban bien, y en poco tiempo me contrataron como asistente. Cobraba los tiquetes y cargaba las maletas. Conocí gran parte del país, y por fin tenía un sueldo. Fueron casi tres años en los que mi vida parecía tomar un nuevo rumbo.

Luego de eso trabajé como guaquero en una mina de esmeraldas en Muzo, y tuve una panadería en Bogotá que perdí por la envidia de uno de mis socios. Y luego empecé a vender lotería, hasta el día de hoy. Cuando miro hacía atrás no puedo evitar una sonrisa, y es que en medio de todo me ha ido mejor de lo que la gente podría esperar para una persona con mi discapacidad. Hoy vivo con mi familia, me va bien, cuando tengo tiempo juego ajedrez con el que se le mida y cuando puedo compito en la media maratón de Bogotá. Lo único que me falta para estar bien es conseguir un triciclo con motor, eso sería muy bueno para mí. La gente me dice a veces que soy un berraco, un echado para adelante… ¡Qué va! Yo lo que hecho es seguir la vida, sin miedo, y mirando para adelante.

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