Entré a las Autodefensas en el año 2002. En ese entonces tenía 25 años y no podía conseguir trabajo porque no tenía libreta militar. Mi hermano, que también se llama Jorge Enrique (vainas de mi papá, que se llamaba igual) pero era conocido con el alias de ‘Sarmiento‘, tenía un grupo de 15 hombres a su cargo en Tumaco, parte del bloque Libertadores del Sur, al comando de ‘Pablo Sevillano‘ (hoy extraditado).

Fue mi hermano quien me invitó a enrolarme al grupo, pero no como un maldadoso más sino como su mensajero. "Yo te voy a poner en la nómina —me dijo—, pero no quiero que te metas en nada". Entonces yo le compraba el mercado y los medicamentos, y le hacía todo tipo de vueltas. Nunca me vi envuelto en hechos violentos. De hecho, la única vez que casi me toca hacer parte de una misión dura, que era apresar y ajusticiar a unos ladrones que estaban matando a los campesinos por unos pocos pesos, me accidenté en un carro, me rompí los dos fémures y no pude participar.

El principal objetivo del bloque era, sobre todo, perseguir a la guerrilla y a los ladrones especializados, no a chichipatos sino a criminales organizados que andaban más armados que las mismas Autodefensas y que pescaban en río revuelto, aprovechando que en esa zona se da la palma africana y hay plata. Nosotros sabíamos quiénes estaban con la guerrilla y quiénes no, así que tampoco podíamos permitirnos la proliferación de sapos.

Recién llegado a Tumaco, me di cuenta de lo que decían los milicianos con experiencia: que las mujeres allá son muy calientes. Un compañero me explicó que había que llegar coqueteándoles, y que además había que decirles que uno les iba a colaborar con plata. La cosa era más fácil todavía cuando se daban cuenta de que éramos de las Autodefensas. Eso abría piernas. Si uno se iba con una vieja y ella no era buena en la cama, después de la primera vez simplemente uno no la buscaba más, y listo.

La primera noviecita que tuve allá era una mujer muy apasionada. La primera vez que hicimos algo fue en la casa de mi hermano. De ahí en adelante, tuve por lo menos 60 novias en los tres años que estuve en el movimiento. A veces uno llegaba a tener hasta cinco al mismo tiempo. Cuatro de los seis hijos que tengo fueron concebidos en ese tiempo, con diferentes mujeres.

Las fiestas eran cosa de todos los días, de domingo a domingo, y a veces podían durar días enteros si había plata. Todo estaba permitido pero, eso sí, excepto que a alguien le diera por coger a alguna mujer a la fuerza por el hecho de ser autodefensas. Al que era pillado en esas, por no matarlo, lo echábamos. Yo me enteré de cuentos de milicianos que trataban de quitarle la mujer a otro, pero nunca me tocó vivir eso. Igual era raro, habiendo tanto material para escoger.

Los que sí llevaban las de perder eran los violadores. A esos los jodían. Cada vez que llegaba un rumor sobre algún violador, mi hermano hacía que lo ubicaran, con ayuda de la gente que estaba a favor de uno allá; luego pedía más pruebas para estar seguro del asunto y ahí sí mandaba a otros a que le hicieran la vuelta: a esos depravados les pegaban un tiro y los dejaban ahí tirados.

Nosotros mandábamos a pedir viejas al pueblito de Quilbí, y siempre llegaban tres o cuatro taxis llenos. Normalmente eran como 10 ó 12 para repartirnos entre los cinco milicianos que permanecíamos en el casco urbano. Ya el que quería comerse a las suyas tenía que buscar cómo y dónde. Muchas veces los civiles amigos participaban en estas fiestas, pero siempre había que dejarles claro que no por andar con nosotros podían írseles la mano con las mujeres. Yo pasé como tres cumpleaños allá y fueron de lo mejor.

Después de pasar el rato con ellas, uno les daba 100.000 o hasta 150.000 pesos. Es que hubo tiempos en los que la plata abundaba. Yo me ganaba mensualmente, por nómina, 850.000 pesos, y cuando los duros iban de visita a veces daban plata extra. Recuerdo que en el accidente aquél que conté, la empresa me respondió y los patrones me enviaban de a 200, 300 ó 500.000. Eso ayudó, aunque igual el gasto fue como de 30 millones, por lo cual tuve que vender la moto, los electrodomésticos nuevos que había comprado y lo que más quería, que eran mis alhajas y mis cadenas de oro. Pero ese es otro cuento.

En Tumaco pasaba de todo. Una vez me tocó a mí solo con cinco viejas, pero yo andaba muy fiel con una sola de ellas, entonces me la comí delante de las otras, y ellas terminaron tocándose. En otra ocasión sólo había un cuarto para dos parejas, y acabamos un compañero y yo comiéndonos a las viejas el uno frente al otro, apostando a ver cuál de los dos duraba más sin venirse. Y las viejas se prestaban para esa recocha.

En el pueblo había muchos homosexuales en las peluquerías, y aunque no eran objeto de persecución nuestra, sí los manteníamos al margen porque en el bloque no faltaba el cochino que se aprovechaba y se los comía. La idea era no dejar que se colaran en nuestras filas porque está visto que a donde llegan los homosexuales, llega la enfermedad.

Luego llegó el proceso de desmovilización y el confinamiento de las tropas y sus jefes a Santa Fe de Ralito, en el 2005. A mi comandante ‘Pablo Sevillano‘ lo trasladaron a La Ceja, donde estaban todos los negociadores de las Autodefensas. Los desmovilizados de nuestro bloque fuimos a dar a una casafinca. Ahí recibíamos las visitas de familiares y mujeres. Al principio no había mucha posibilidad de la visita conyugal, pero a medida que se iban yendo los desmovilizados, los cambuches quedaban vacíos y ahí sí las mujeres se podían quedar el tiempo que quisieran, siempre y cuando hubiera plata para su comida, pues al principio el patrón era el que ponía el billete, pero después empezamos a depender solo de la ayuda humanitaria del Estado.

Mi mujer de ese entonces me fue a visitar a los ocho días de haber llegado. Luego se fue a vivir a Caucasia, a una de las casas de mi hermano, y cuando llegaba la platica la mandaba a llamar. Por eso a mí no me tocaba hacerme la paja, como sí le pasaba a muchos compañeros. Nosotros no podíamos salir de los límites de la llamada zona de ubicación, pero dentro de ella había un chongo (prostíbulo) y varias cantinas. Había mujeres, muchas costeñitas, pero a mí no me gustaban.

Allí no era raro escuchar historias según las cuales los jefes tenían sus propias orgías. Era popular el cuento de un duro que se llevaba por ahí a 15 viejas a una fiesta, les pagaba 500.000 pesos a cada una y luego las ponía a ‘arepear‘ a todas. Y al final, como eran tantas, entonces terminaba rifándolas entre todos.

Otro cuento común era el de las actrices y presentadoras de televisión que iban a visitar a los duros, las llamadas "prepago". A mí no me tocó ver la vaina, pero mi cuñada me contó que dos presentadoras famosas estuvieron visitando a mi patrón en La Ceja. Supuestamente el hombre le dio a una de ellas 15 millones de pesos y a la otra, 20 millones, tomaron trago toda la noche y luego se encerró con una de ellas a las 4:00 a.m., y a las dos horas las despachó, porque tenían que salir ese mismo día en televisión. O sea que esa platica se la ganaron rapidito.

En Ralito estuve 13 meses, bajo el cargo de concierto para delinquir, delito indultable para los desmovilizados. Y a pesar de que pagué por mi paso por las Autodefensas, no tengo ningún papel que acredite que estuve en Santa Fe de Ralito. Entonces, a cada rato me paran la Policía y el Ejército y me ponen lío. La gente del programa de reinsertados me está ayudando a arreglar la vaina con la Defensoría del Pueblo, porque yo no hago sino llamar al abogado en Tumaco y nada que me envía los papeles.

Hoy me encuentro en el programa de reinsertados de Quibdó y junto con otros 12 compañeros hago un curso de minería. Mientras tanto, trabajo en el mototaxismo con una moto que me regaló mi hermano, quien fue capturado por el Ejército y se encuentra purgando pena en Itagüí. Con eso me hago entre 20.000 y 30.000 pesos al día, que apenas me dan para el mercado. Estoy juicioso con mi nueva compañera y muy pronto tendré con ella un hijo, el séptimo ya.

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