Digamos que el ejercicio de padre comienza en la sala de partos, donde no queda más que acezar de impaciencia y estorbar con resignación. Mientras el anestesiólogo se aburría con un periódico de dos días, la madre en ciernes gritaba desorbitada. Por momentos me parecía que todos se habían confabulado en la desidia, que solo esa mujer y su respiración entrecortada y yo, en mi condición de observador del suplicio, entendíamos la gravedad del trance de alumbramiento. Después recordé las palabras de Levin, un personaje de Ana Karenina que siente enloquecer durante el parto de su esposa Kitty: "Estos hombres no tienen conciencia. ¡Se peinan mientras otros padecen!".

Al comienzo decidí que seguiría la terrible puja desde la puerta de la sala de partos. Luego de media hora de revoloteos cambié de decisión, me puse mi gorro, mi tapabocas y me asomé a ver cómo iba el trabajo de exclusas. ¡Dios santo! Salí de nuevo convencido de que mi

tarea era medir los corredores de la clínica. Hermanos, médicos, suegros, enfermeras y monjas me miraban con benevolencia, como se mira al loco manso que no logra contener sus tics. El doctor que atendía a Kitty lo dijo de la mejor manera posible: "Ya sé. Ya sé. También soy

hombre casado. Nosotros los maridos, somos los seres más dignos de lástima en tales momentos".

Cuando Julieta estaba ya en el reino de sábanas de este mundo llegó la feliz extrañeza. La misma que le hace preguntar a Levin mientras mira al pequeño extraño: "¿Y el niño? ¿Quién era? ¿Para qué y de dónde venía?". Los primeros gestos hacen olvidar todas las preguntas. Los

bostezos, los estornudos tienen ya una marca de familiaridad, logran mostrar un rasgo reconocible, una humanidad que al comienzo parece esquiva. Pero luego de un año y medio de ejercicio paterno, Julieta ha dejado de ser una extraña. Sus rutinas resultan difíciles de olvidar. Sin importar si me acosté siguiendo los horarios que impusieron sus hábitos infantiles o si por el contrario decidí saltarme el itinerario de sus hambres y sus sueños en busca de una tanda de cervezas, Julieta ejercita su ritual despertador a las seis de la mañana: jalón de pelo, dedo en el ojo y un amoroso talonazo en las costillas. Señal inequívoca de que es hora de ir hasta sus dominios. Durante muchas mañanas, caminando tambaleantes por el corredor en busca de su caja de discos quebrados y libros mordidos, no ha sido posible saber quién sostiene a quién.

En las tardes las cosas son a otro precio. Cuando se intenta leer una novela de Cesare Pavese en los brazos del sofá se termina leyendo el clásico Este sapo no es de trapo y repasando las formas geométricas que componen una casa. He pensado en esa idea repetida que habla de todo lo que nos enseñan los niños. La verdad es que mi repaso

de números y colores todavía no me entrega nuevas luces. Aunque no puedo negar que algo he aprendido de su capacidad de mando, de su terquedad y su persistencia infinitas. Nunca había conocido un dedo índice tan elocuente. Siempre me consuelo con la frase sabia de un amigo curtido en las lides paternas: "Es un trabajo duro pero no amarga".

Cuando la tarde promete un clásico de Champions League el asunto es peor. A pesar de que he intentado alienarla con el fútbol —su primera salida de la casa fue a los cinco días de nacida a ver un partido Colombia 0-Paraguay 5 y a los seis meses ya había ido al Parque Estadio a ver ganar al Envigado F.C. — lo normal es que el partido se convierta en un festival de aplausos para los Backyardigans o el perro Clifford. Lo más triste es que sucede sin angustia. Julieta me está jalando hacia Discovery Kids cuando yo creía haberla enganchado a ESPN.

Pero no me puedo quejar. Los recuerdos de mis últimos viajes son más nítidos y más naturales. Las ovejas en un potrero de Villa de Leyva, las palomas en la Plaza de Bolívar en Bogotá a cambio de unas cantinas suculentas, la caza de cangrejos en las madrugadas de Bahía Solano en vez de las brumas de la caja de cervezas en la noche. Por todo eso cuando llega la infaltable pregunta para los padres primerizos, "cómo van pues de papás", la madre y yo respondemos en coro: "Estamos felices con la niña".

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