Por qué los viajeros del metro son más feos a las siete de la mañana que a las nueve? ¿Alguien se ha preguntado por qué la clase trabajadora que madruga no se corresponde con el canon estético que dictan las revistas de modas? Sin embargo, todos comparten una misma experiencia: alguna vez han pisado una caca de perro paseando por este Madrid de ancianos apoyados en el brazo de su empleada inmigrante.

A pesar de que el servicio de limpieza del ayuntamiento suele ser efectivo, siempre hay caca de perro en las calles, lo cual significaría que siempre habrá trabajo para los paseadores de perros. Yo fui uno de ellos y ese fue mi trabajo: recoger mierda. Pero no recogía solo la de los perros, si no también la de varios de los dueños, gente que en vez de pagar a un psicólogo para su mascota tendría que haber ido a terapia.

Algunos de mis ex clientes: una mujer diabética casada con un alcohólico y pornógrafo maltratador, que vivían con dos perros y cinco gatos en un estudio de 30 metros; una alcohólica que ordenaba a la seguridad de su marido, un funcionario del Estado, que vigilara al paseador de su perro; un hombre que agonizaba con una pierna amputada ante la impotencia de su mujer. Siempre me preguntaré por qué nos llamaba esta clase de gente. Sé que la única respuesta es que se trataba de una casualidad, pero eso no impedirá que me haga la pregunta. Una vez le dije a mi jefe que deberíamos cambiar de negocio y poner una línea telefónica de autoayuda. Coincidió con mi idea, mas nunca lo hizo. Nos quejábamos de los clientes que nos tocaban y seguíamos paseando a sus perros y escuchando sus lamentos.

Pasear perros suena como un trabajo excéntrico y romántico. Admito que me gustaba verlo así, mi fantasía de vivir en Europa y emular las experiencias (para sobrevivir) de Julio Ramón Ribeyro se estaba cumpliendo. Siempre he tratado de imaginarlo recogiendo periódicos y revistas para revenderlas. Dice que fue su trabajo más duro. Aunque esto era Madrid y no el París de mediados del siglo pasado, además no soy fumador y jamás rozaré la grandeza de mi ídolo. Suele suceder, la fantasía es aplastada por la realidad cuando el horario de trabajo no admite domingos ni feriados.

Este fue mi horario durante finales de agosto del 2007: me despertaba a las seis menos cuarto de la mañana para estar a las seis y media en Arturo Soria, un barrio residencial. Desde mi piso en Malasaña, el barrio alternativo de Madrid, tardaba unos 20 minutos si no había retrasos en el metro y elautobús. La Gorda era mi primer cliente, una presa canaria de 60 kilos que sufría del corazón. Paseábamos un rato, recogía sus cagadas gigantescas y luego le servía el desayuno. Yo también me servía el mío. La dueña de la casa me había dicho un día: "Tú eres como un hijo, ahí tienes lo que quieras para desayunar". Y es que Trini es un caso aparte, hasta el día de hoy la llamo para saber cómo está y visitarla. Luego caminaba unas calles para recoger a Scott, un golden joven, cuya familia apenas me dejaba usar el baño. Dejaba a Scott y tomaba un autobús que me devolvía a Colombia, la estación de metro más cercana. Viajaba bajo tierra y salía a la superficie en Ibiza, otra estación de metro, donde a unas calles me esperaba Lola, una perra mestiza a quien el pollero del barrio le regalaba unos trozos de pechuga cuando pasábamos delante de su negocio. Este paseo terminaba a las ocho y media de la mañana. Entonces era expulsado a la periferia, subía a un autobús que me llevaba a Santa Eugenia, un barrio donde los edificios son torres de ladrillo naranja, todas iguales como en una cárcel y con pocos signos de vida como un anciano mirando la carretera que rodea los edificios. Allí paseaba a dos galgos de una chica huérfana de padres que vivía con su hermano. Los galgos eran madre e hijo y los había adoptado de un refugio para animales, como a La Gorda, a Lola y a Lord y Veermer, los clientes del siguiente paseo. Tomaba el tren de Cercanías en la estación de Santa Eugenia, uno de los escenarios del atentado terrorista del 11-M. A primera hora de la mañana y a última hora de la tarde, los trenes de Cercanías eran como camiones que transportan ganado, no cabía un alma y los olores solían ser muy intensos sin importar que todos se hubieran bañado. El verano democratiza los sudores. Bajaba en Nuevos Ministerios y hacía transbordo a Colombia. Lord y Vermeer, los perros de la mujer diabética que era maltratada por su marido, vivían a una calle de la Plaza República Dominicana, donde el año 1986 la banda terrorista ETA asesinó a 12 guardias civiles con la explosión de un coche-bomba. Para acabar los paseos de la mañana, volvía a cruzar Madrid de norte a sur. Rosca, otra perra mestiza, me esperaba en Colonia Jardín, barrio obrero donde los dominicanos se han instalado con sus costumbres y sus vicios.

Un paseador de perros es como un plano callejero con anotaciones históricas al margen. Fígaro, otro de mis clientes, vivía en la calle José Silva, donde el ex presidente español José María Aznar sufrió un atentado en el año 1995. Un paseador de perros es una grabadora. En los autobuses siempre escuchaba a los ancianos hablar del pasado, de un Madrid que va desapareciendo, de sus problemas de salud. Un paseador de perros es un antropólogo. Una característica de los españoles es su manía por repetir las instrucciones un millón de veces. Ejemplo: cuando preguntas por una dirección, te explicarán cómo llegar quizás el mismo tiempo que tardes en llegar.

En cuanto a mi horario, por la tarde volvía a repetir todos los paseos de la mañana salvo el de Scott. El orden cambiaba un poco y terminaba la jornada en Santa Eugenia. Regresaba a casa a las diez de la noche, cenaba y si mis amigos tenían algún plan me sumaba con las últimas fuerzas del día. Madrid debe ser una de las ciudades donde la gente duerme menos. No importa que llueva o truene, a los madrileños de origen (una especie en extinción) y a los de adopción (cada día somos más) nada nos impide salir un rato a la calle para compartir con los colegas. Y si la noche se alarga, será por un buen motivo. Esto es algo que todo el mundo agradece, no hacen falta muchas coordinaciones ni reservas de fecha en las agendas para quedar con tus amigos, como en otras ciudades. Sales del trabajo y te vas al bar a tomar una cerveza. La gente camina, no como en Lima, donde uno sube al coche hasta para ir a comprar tabaco. Por eso aguanté algunas humillaciones paseando perros. Madrid me ofrecía museos gratis a ciertas horas, una filmoteca con una programación que nunca decepciona, librerías de segunda mano para alejarse de las novedades que el mercado editorial fabrica como muñecos en serie. Aquí he visto algunos de los mejores conciertos de mi vida, como a Micah P. Hinson cuando nadie lo conocía y solo éramos cien fanáticos perturbados por su voz desgarrada, cumplí mi sueño de escuchar a Sr. Chinarro y derramé unas lágrimas emocionado por la guitarra de Billy Bragg.

Aquí uno puede ser todo que quiera, o al menos eso parece, solo hay que pasar una prueba muy larga de resistencia. El dueño de la empresa de paseadores me ayudó a tramitar el cambio de visado. Dejé de ser un estudiante latinoamericano sin permiso para trabajar, que cobraba su sueldo en negro y no tenía vacaciones. Atrás quedaron las bolsitas negras para recoger caca y un mapache al que cuidé una vez en Semana Santa, una historia que me tomaría más espacio.

Ahora trabajo en la librería más grande de España y me hago cargo de la sección de plantas y animalitos, como me gusta decir. Disfruto más que antes, pero no olvido que hay mucha mierda regada por las calles y que nadie quiere ver. Es la gran tragedia de las urbes y una contradicción en una ciudad como Madrid donde parece que todos se conocen: esta soledad perra y enferma que descubrí entre los dueños de las mascotas.

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