Escribir sobre el género humano antes del descubrimiento del fuego o de la invención de la rueda es una labor bastante dispendiosa y puede llegar a ser muy larga y aburridora, debido a que pasan milenios y no pasa casi nada digno de ser contado. Sin embargo, a partir de los mencionados descubrimientos, los hechos merecedores de ser relatados se suceden unos a otros de manera vertiginosa.

Me piden que escriba sobre Andrés Pastrana antes de que fuera famoso y, además, deben ser cerca de tres mil caracteres. Difícil. Haciendo un paralelo, a nivel microscópico, con la historia del desarrollo de la humanidad, es muy poco lo que se puede decir del ex presidente y ex compañero de colegio antes de que ingresara al hall de la fama.

Previo a ser ‘famoso‘, no hay nada digno de relatar.

Lo conocí a la tierna edad de cuatro años y estuve con él en tres colegios distintos hasta graduarnos en 1972. Con excepción de alguna atajada que hiciera en algún partido cualquiera en su calidad de arquero suplente, insisto, no hay nada memorable. No hay brillo ni opacidad por ningún lado. No formaba parte de ese grupo de malandros y vagos, siempre al borde de perder años o de ser expulsados —quienes, por lo demás enriquecieron nuestro pasado de anécdotas y recuerdos—, ni al grupo de aquellos otros insoportables ‘genios‘ de gafas, ni a la tropa de los sapos o los lambones. No, él era lo que nunca dejó de ser: un mediocre cum laude que solo se distinguía porque cualquier frase la iniciaba con un ‘claramente‘ y faltarían años para que agregara a su contribución lingüística y conceptual del mundo su: Nohra, los niños y yo; un mediocre de la A a la P —agradezcamos que no haya sido de apellido Zapata—.

Digamos que el equivalente a la invención de la rueda, en el caso de la historia personal de Andrés Pastrana, se dio con el nombramiento —más que elección— de su padre Misael en la Presidencia de la República. A partir de ese momento, el futuro Presidente comenzó a sembrar los pinitos que lo sacarían de su merecido anonimato. Andrés se iría a vivir al Palacio de San Carlos, por donde pasaron los profesores de las materias más difíciles, y desde entonces no ha dejado de sonreír. Probablemente, ni siquiera cuando le dejaron la silla vacía, tan de moda por estos días. Él nunca se tomó nada en serio.

Por esa época —terminábamos el bachillerato— las niñas del colegio Santa Francisca Romana (las ‘pachas‘) organizaron unas caminatas (ya no recuerdo en solidaridad con quién o con qué) e invitaron a Andresito a que las acompañara, ya que el hijo del Presidente sería un buen factor de publicidad. Pastrana junior, bien por coquetería o bien por un afortunado y muy casual destello de lucidez, se encaramó en una de las carrozas y a partir de ese momento quedó registrado como creador y organizador de la marcha de marras. Un paso falso pero no un paso en falso en el camino que lo llevaría a la Alcaldía y, finalmente y a nuestro pesar, a la Presidencia de la República.

En resumen, por lo que conocí de él en los tiempos previos a la fama, creo que Colombia perdió la gran oportunidad de tener un inmejorable presentador de Sábados felices. Era un buen cuentachistes, un tipo amable, simpático y carismático a quien, infortunadamente, perdimos en las telarañas de la política.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.