Yo crecí en la costa de una pequeña villa canadiense que vivía de la pesca y por esa razón siempre estuve familiarizado con la vida animal en general y con las ballenas en particular. Mi activismo empezó a los 10 años, desactivando trampas de caza para lobos. Incluso llegué a trabajar en la guardia costera de mi país antes de llegar a Greenpeace, organización de la cual soy cofundador y de la que me salí por dos razones: me cansé de ver cómo morían ballenas y otros animales y porque me di cuenta de que protestar es algo pasivo que no sirve para nada y que debía intervenir de manera activa para poder detener la pesca de ballenas.

Así fue como fundé el Sea Shepherd Conservation Society en agosto de 1977, con la firme intención de frustrar cualquier actividad ilegal que tuviera que ver con la explotación de la vida marina. Nuestra organización empezó a crecer lentamente de boca en boca y a través de donaciones que todavía nos hacen muchas personas alrededor del mundo. Esa fue la forma como logramos consolidar un equipo conformado por voluntarios apasionados que siempre están dispuestos a correr riesgos con tal de defender a las ballenas en cualquier lugar remoto y hostil del planeta. La táctica de defensa siempre ocurre en altamar: perseguimos a los balleneros hasta estar lo suficientemente cerca como para hostigarlos de diversas formas, tirándoles bombas con mantequilla podrida para que les sea difícil maniobrar en cubierta, bloqueamos sus cargas de ballenas y algunas veces hasta nos ha tocado abordar sus barcos como si fuéramos piratas. Nuestro objetivo siempre es hacerles perder las ganancias que sacan de la explotación ilegal.

En aproximadamente 244 expediciones que he hecho en 30 años he pasado por muchas situaciones extremas: me han golpeado, me han amenazado y he navegado las peores tormentas, pero quizás el momento más peligroso fue cuando enfrentamos al ballenero Nisshin Maru. Esa vez la guardia costera japonesa nos atacó con granadas de iluminación y, en medio de la confusión, sentí un impacto en mi pecho. Cuando me revisé vi el hueco de una bala incrustada en la película metálica del chaleco antibalas que me dejó un moretón pero, gracias a Dios, no me alcanzó a herir. No es la primera vez que me han disparado y seguro no será la última. Por otro lado, la experiencia más gratificante fue la primera que tuvimos en 1979, cuando perseguimos, embestimos y hundimos el ballenero pirata Sierra de Portugal, acabando así con su carrera criminal. Gracias a ello logramos también salvar a nuestra primera ballena.

Actualmente nosotros preparamos campañas para defender a las focas de Sudáfrica y del este de Canadá, los delfines y las ballenas del Atlántico Norte, la Antártica y el Japón, y los tiburones de las aguas ecuatorianas, colombianas y panameñas. También hemos trabajado en conjunto con los guardacostas de Malpelo y la Isla del Coco en Costa Rica y llevamos un convenio de nueve años con los que trabajan en la reserva marina de Galápagos. Todo esto nos ha ayudado a realizar la noble tarea de arriesgar nuestras vidas por una especie en vías de extinción. Y no les quede la menor duda de que seguiré haciendo todo lo que esté a mi alcance para seguirlas protegiendo, porque sencillamente no quiero vivir en un mundo sin ballenas.

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