Nací en El Cairo, Valle, hace 55 años, y siempre he trabajado en el negocio de las tiendas de barrio. Viví mucho tiempo, casado y con hijos, en Buenaventura, pero me fui de allí hace unos tres años. Al separarme de mi señora preferí que ella se quedara con la tienda y todo lo demás para que les diera una buena vida a los cinco hijos que tenemos, entre los 22 y los 11 años. Entonces me fui para Armenia, en donde monté otra tienda, pero la cosa se puso muy dura y tuve que cerrarla. Desde hace unos cuatro meses, no habiendo más en qué trabajar, tuve que dedicarme a lo que hago ahora: vender crispetas de dulce frente al parque del CAN.

Una tarde de junio pasado, poco después del mediodía, iba caminando por el barrio Santafé cuando salió un tipo diciéndome que le diera la plata. Yo, por supuesto, me envalentoné porque no le iba a dar nada, saqué una navaja que cargo para defenderme y me agarré con él. Pero ahí mismo me cayeron encima otros tipos que no había visto y me atacaron con ladrillos. En medio de los golpes, el primer tipo me mandó el puñal y me asestó una herida en la mano. Luego, me lo clavó directamente al lado izquierdo de la cabeza, y ahí se quedó. A mí en realidad me preocupaban más los golpes que el cuchillo en la cabeza. Como todo ocurrió a plena luz del día, la gente logró llamar a tiempo a la Policía y a una ambulancia. Un vecino de la zona se ofreció a sacarme el puñal, pero yo, que ya había visto un caso igual hace años y sabía que el peligro de estas heridas es mayor cuando sacan el objeto sin precaución, le dije calmadamente que no, que esperáramos a llegar al hospital.

Me atendieron en el San Juan de Dios. Allá todo pasó muy rápido. Me hicieron unas radiografías (que no conservé) y determinaron que la lesión había sido superficial, solo a nivel del cuero cabelludo. En una hora ya habían sacado el cuchillo y me pusieron tres puntos de sutura, más dos en la mano. En la clínica alcancé a ver al maleante con el que me enfrenté, herido de cuchillo.

Por fortuna las heridas fueron leves y no dejaron repercusión, más allá de lo escandaloso que debía verse el cuchillo enterrado en mi cabeza. Hoy vivo en el barrio Santander de Armenia, en una pieza por la que pago 50.000 pesos mensuales. Espero que las cosas se pongan mejores y poder dedicarme a otra cosa, por ejemplo a conducir un carro hacia las fincas del Quindío o un transporte intermunicipal más grande, tal vez con ruta hacia Cali.

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