Creo que el director no era lo suficientemente inteligente como para contar mi historia. Había dirigido Ace Ventura, detective de mascotas. Sabía hacer lo que yo llamo maravillosas películas cómicas y tontas. Era arrogante. Creía que lo entendía todo. (Yo inspiré la película amigos)

Y lo único que quería de mí era el nombre, porque lo que contó en la película es simplemente su propia versión de los hechos. Cuando publiqué mi primer libro, en 1993, la Radio Pública Nacional estadounidense (NPR) le hizo una excelente reseña. Entonces, mi cara apareció al día siguiente en la portada del periódico USA Today, y un día después me llamaron cinco productores de Hollywood.

Fui a verlos, pero estuve muy incómodo con ellos; sentí que no les importaba lo que yo tenía que contar. Decepcionado, hablé con un amigo actor, y él me llevó a los estudios Universal. Allá sí sentí que les gustó mucho la idea de contar mi vida en una película. Y todo fluyó: consiguieron al guionista, al director, a Robin Williams para que fuera el protagonista. El resto, supongo, es historia. 

En Hollywood lo que vende es la violencia y la comedia. Como yo no tenía mucha violencia que ofrecer, ellos tomaron las historias que yo les había contado y las convirtieron en una serie de chistes. Estaba muy insatisfecho con el guion y les dije a las personas de Universal que tenían que incluir algo de compasión en la película, porque yo sí soy cómico, pero eso no es todo lo que soy.  

Soy también una persona que confía, y confié en Universal Studios. Allá me habían pasado un contrato de ¡120 páginas! Recuerdo que ese día lo tomé, encaré a cada uno de los doce ejecutivos que estaban en la sala y les pregunté: “¿Esto va a construir un hospital”. Apenas todos contestaron que sí, lo firmé. (Yo inspiré la película Argo)

La película hizo cientos y cientos de millones de dólares, y nadie relacionado con ella me dio ni un centavo. Supuestamente me iban a ayudar, pero hicieron lo contrario, me traicionaron. Nada de hospital. Incluso llegaron a insinuar que yo había recibido dinero de su parte.  Después del lanzamiento estaba muy avergonzado, porque soy un activista, un intelectual y eso no se menciona en el filme. Sabía que iba a ser superficial, pero no tanto.

Acepto que con el tiempo he terminado amando las consecuencias que Patch Adams ha tenido en mi vida. No sé si alguna otra película haya despertado tanta solidaridad: más de 3000 trabajadores sociales me han contactado para decirme que la vieron 30 veces y luego fundaron un orfanato, una clínica, un colegio. Además, varios profesores me han dicho que cuando están en un mal día la ven durante cinco minutos y eso les ayuda a continuar.

Y debo haber recibido al menos 25.000 cartas de personas de 120 países que me confiesan que decidieron ser doctores, profesores o gestores sociales apenas salieron del cine. La película me convirtió en un héroe mundial, alguien que puede ayudar a transformar el planeta en un sitio amoroso. Cuando comenzó la guerra en Afganistán, por ejemplo, el gobierno italiano ofreció llevarme a la zona de fuego y terminé viajando con 22 payasos más.

Estuvimos allá durante un mes, como se puede ver en el documental Payaso en Kabul.  Estoy a punto de cumplir 68 años, duermo cuatro o cinco horas diarias y hago ejercicio una hora y media cada día. Nunca he usado un computador o un celular, pero desde hace 40 años escribo 3600 cartas a mano cada mes.  A los 18 años, después de tres hospitalizaciones en clínicas psiquiátricas, escuché el discurso Yo tengo un sueño, de Martin Luther King, y pensé: “En vez de suicidarte, haz una revolución”. Y he hecho esa revolución desde entonces.

A esa edad decidí no volver a tener un mal día, y llevo 50 años seguidos siendo feliz. La alegría ha hecho que todo sea posible para mí. Hago talleres, presentaciones y shows de teatro para hablarle a la gente de vivir con felicidad y con amor. He payaseado todos los días por medio siglo, vivo en ropa de payaso.

He estado en unos 10.000 lechos de muerte con la nariz roja y los zapatos gigantes, y he sostenido en mis brazos a 2000 niños el día que murieron de hambre. He visto el infierno y, precisamente por eso, trabajo para acabarlo. 

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