No revelaré mi verdadero nombre —espero que me entiendan— pero sí diré que vivo en Medellín, tengo 26 años y he vivido con el enorme problema de tener un pene pequeño. Muy, muy pequeño.

Yo nací con un pipí normal, como todos los hombres, pero a medida que fui creciendo todo marchó bien menos mi paquete. Es decir, mi pubertad fue como la de cualquiera, me salieron pelos por todas partes, me estiré, me cambió la voz, pero ahí donde debería ir agrandándose el bulto, no se agrandó nada: lo que tenía era, literalmente, puras güevas. Es difícil de explicar, pero fue así.

Un micropene normalmente presenta una longitud de dos centímetros en flacidez y, como mucho, siete centímetros en erección, aunque las medidas pueden variar. Yo no tenía ni idea de eso. Pensaba que sí, que tenía un pipí chiquito y cuando se me paraba se veía un poquito mejor y eso me consolaba un poco, aunque la diferencia no era mucha. Pero cuando estaba en reposo era alarmante: prácticamente no se veía, estaba como enterrado en la grasa de la parte de abajo del abdomen.

Hasta ese momento empecé a preocuparme muchísimo y no sabía qué hacer porque darse cuenta es difícil. Por ejemplo, si una vieja tiene tetas chiquitas se da cuenta de una porque puede verles las tetas a las demás, pero en los tipos es muy diferente, uno no va mirándole el bulto a todo el mundo. Vivía con esa duda y me preguntaba: “¿Será normal?, ¿todos los hombres lo tienen así?”. Era horrible porque, además, yo crecí en un pueblo de Antioquia, también muy pequeñito, y encontrar respuestas fue casi imposible.

Más o menos a los 15 años fui al médico con la excusa de que tenía un dolor en los testículos, pero la verdad es que yo quería preguntarle sobre el pipí. Y créanme, por muchas güevas que uno tenga es muy berraco preguntar si el pene de uno es normal. El médico, que no tenía idea de nada, me dijo que eran bobadas mías, pura paranoia, que me tranquilizara porque la cosa era así. Yo no confié mucho en su diagnóstico y me puse a investigar en libros. Ahí me enteré de que sí tenía un problema y que no había ni pastillas, ni ungüentos, ni brujería que sirviera y que la única solución era la cirugía.

Me obsesioné con la idea de operarme e intenté en dos ocasiones probar esos tratamientos que publicitan en internet para agrandar el pene. Uno era una crema y el otro era una guía de ejercicios, pero carísimos y decidí renunciar a ellos. Mientras conseguía la cirugía escondí el asunto mucho tiempo y ni siquiera mi familia se enteró. Hice mil maniobras para hacerme pasar como normal, sobre todo en piscinas, sacaba mil excusas para no ir cuando me invitaban. Y en el colegio, después de la clase de deportes, nunca entré al gimnasio por la misma razón y me dediqué a hacer ejercicio por mi cuenta.

El sexo era lo peor: yo sentía placer como cualquiera, pero por el tamaño de mi pene también tenía eyaculación precoz y esa es otra pata que le nació al cojo. Me dejaron novias, se burlaron la mayoría de las viejas con las que me acosté y no fueron muchas porque yo siempre evito mostrarme mucho en público. La solución estaba en los barrios de prostitutas: allá no preguntan nada, ni les importa.

Por fin acabé con el tormento cuando conocí al doctor Juan Fernando Uribe, uno de los mejores urólogos de Medellín. Cuando me vio por primera vez me dijo que lo mío era incluso más raro que un micropene. Con mayor razón no lo pensé dos veces y me operé. La cirugía consistía en varias cosas, pero básicamente me quitaron parte del prepucio y del escroto y me sacaron el pene un poco de la ingle, porque el aparato estaba casi todo ahí y por eso se asomaba muy poco.

Fue ambulatoria y no necesité sonda ni nada, pero desarrollé un hematoma pequeño que me dolía mucho al principio. Las primeras noches son duras, sobre todo cuando se para en automático, es algo incontrolable y uno no quiere ni que se levante, pero la verdad no fue tan duro. De todos modos era lo que yo quería: tener un pene normal.

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