Antes de Lucía tuve un par de parejas que fueron quedando por el camino. Es posible que me pese no haber tenido hijos. Los hubiera necesitado como cualquiera, pero yo tenía la certidumbre de que estaba metido en la tormenta. Y precisamente fue la tormenta la que me llevó a la ruptura de las parejas. Yo tenía una vida muy irregular, muy poco normal, digamos, no era la más adecuada para tener una pareja. Tanto que uno llegaba a la conclusión de que la pareja tenía que estar metida en lo mismo, que de lo contrario no iba a funcionar; esto se me dio recién por allá por 1967 con una compañera de la organización, después nos separaron los balazos. Al tiempo tuve que saltar a la clandestinidad, mientras ella seguía siendo legal. La realidad nos puso barreras. Años después, sería ella quien se viera obligada a pasar a la clandestinidad. Y para entonces, los dos estábamos en otra cosa.

¡Claro que estuve enamorado! Los que dicen que la vida del revolucionario impide una vida de amor se equivocan. Creo que las relaciones sentimentales cumplen el papel de un refugio para protegerse de las tensiones que se viven. ¿Por qué son tan enamoradizos los revolucionarios? No sé si será por la certidumbre instintiva de que se está rozando la muerte, no sé, de repente lo que digo es un bolazo que no tiene mucho asidero científico. Creo que el hombre está manejado por cuestiones interiores muy hondas. La relación que se dé entre revolucionarios tiene que basarse en un afecto muy especial, muy intenso, porque están muy sometidos a la incertidumbre. No es la relación de una pareja que de modo irreal se plantea a largo plazo fundar un hogar y tener hijos.

En 1971, después de mi segunda fuga del penal de Punta Carretas, el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) vivía un momento de gran inseguridad. Algunos sectores funcionaban de modo suburbano; realizaban reuniones nocturnas en las zonas semirrurales que rodean Montevideo. El grupo de Lucía (Topolansky) vino a una de esas reuniones. Nos conocíamos de antes y, como los dos andábamos solos, terminamos juntándonos. Ella había sido funcionaria de la financiera Monty, de modo que cuando se hizo el operativo (contra esa financiera) tuvo que saltar a la clandestinidad. Esto fue un poco antes de que yo pasara a ser clandestino. Después caímos presos —otra vez caí preso— más o menos en la misma época. Ella estuvo en la cárcel de Punta de Rieles. La relación, en realidad, duró solo algunos meses, poca cosa. Al principio, cuando yo estaba en la cárcel de la ciudad de Libertad, nos mandamos algunas cartas. Después ya no. Estuvimos mucho tiempo sin poder comunicarnos, aunque ella se enteraba de algo sobre mí por sus familiares. Lucía estaba en una cárcel, mientras que a mí me tenían en cuarteles, vivíamos en condiciones muy diferentes. Al final, quedamos en libertad en el mismo momento, de modo que otra vez nos juntamos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontramos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás.

Creo que alguna vez se lo dije en alguna carta: cuando uno se aproxima a los 50 años, piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que facilitan la convivencia. El nido se ve como un refugio, no es lo mismo que cuando se tiene 20 o 25 años. Y creo que todo esto es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno.

Cuando quedamos en libertad, empecé a trabajar en la chacrita de mi madre y Lucía lo hizo en la cantina de la Facultad de Arquitectura, que era administrada por una cooperativa de trabajadores. Y así fuimos juntando pesito por pesito. Vivíamos en una piecita con una cocina y empezamos a ahorrar para comprarnos una chacra, o finca, propia.

Lucía me ha hecho la vida posible. Lamento no haber tenido hijos, sí. Me dediqué a cambiar el mundo y se me fue el tiempo. Nuestra vida con Lucía es una dulce costumbre. Hablamos de política, de otras cosas, miramos fútbol, somos compañeros, somos amigos. Ella es mucho más ordenada, tiene más cultura del hogar que yo. Es una arquitecta frustrada, vive organizando cositas. Lucía vive tapando los agujeros, organizando. De vez en cuando se hace tiempo para cocinar una pizzita... hay una cara femenina del acontecer, que si no existe estamos perdidos. No somos iguales, somos complementarios.

Fue un hallazgo que en una etapa de la vida nos encontráramos.

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