El 25 de diciembre hace cinco años estaba en casa de mi suegro, en Miami, y decidimos con mi cuñado hacer una carrera. Yo cogí una pequeña moto que tenía, y él se montó en un kart. Cuando lo pasé, tuve la mala suerte de que el kart golpeó con la rueda de la moto; perdí el control, me fui contra el piso y me golpeé en la cabeza.

No iba muy rápido, a unos 50 kilómetros por hora, pero no llevaba casco y la forma en que caí me causó problemas neurológicos. Me golpeé justo en la parte trasera de la oreja derecha. Tras el golpe estuve dos segundos inconsciente, pero me recuperé y recogí la moto; no sentía ningún dolor, aunque sangraba en grandes cantidades. Camino al hospital fui perdiendo la memoria, incapaz de contestar a preguntas como dónde vivía y quién era el presidente de Estados Unidos.

En el hospital entré en coma, estado en el que estuve varios días. Me operaron, me entubaron durante dos semanas, pero no recuerdo nada de eso. Para salvarme tuvieron que quitarme una parte del cráneo y reacomodarme el cerebro. Cuando me desperté tenía la cabeza hinchada, como una pelota de básquet; estaba muy débil, y no podía hablar. También había olvidado leer y escribir. Soy ingeniero de sistemas, pero había perdido todas mis habilidades matemáticas.

Estuve tres semanas sin poder hablar. Tenía un cuadernito donde anotaba todo, desde "quiero ir al baño" hasta "me duele la cabeza". Pero no era lo único, tenía problemas para respirar y me atragantaba cuando comía. Era como si hubiera olvidado todo. Me sentía frustrado y con rabia. Tenía problemas hasta para orinar.

Estuve tres meses en terapia, fue como volver a primaria. Me enseñaron a reconocer las vocales, a respirar mientras hablaba. Aprendí a leer, leía en voz alta. Hacía planas, dibujaba círculos también, todo el día, porque me era imposible hacerlos bien. Me volvieron a enseñar a sumar y a restar; yo, que estaba acostumbrado a hacer conversiones y algoritmos.

Para volver a hablar fue también un proceso largo. Mi voz carecía de fuerza, tampoco podía vocalizar bien. No dominaba la lengua, se me olvidaban expresiones y frases. Solo mi esposa me entendía. A ella le decía todo, casi en susurros, y ella hablaba por mí. Si bien la terapia duró tres meses, no volví a recuperar el habla completa sino un año después. Tenía que hablar muy despacio, porque si trataba de hacerlo rápido, no se me entendía absolutamente nada.

De vuelta al trabajo me pusieron en labores sencillas, nada de computadores, operaciones complejas, ni actividades que requirieran el habla. Cargué cajas e hice inventarios hasta que estuve mejor y volví a mis oficios regulares.

Algunas cosas que les he mencionado las sé porque me las contaron, hay muchas que no recuerdo y otras que fueron volviendo a mi memoria con el tiempo. Hoy estoy recuperado, y si me preguntan por qué no llevaba casco el día de mi accidente, solo puedo responder, como buen cubano, que por comemierda.

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