De un momento para otro se me derrumbó la vida. La sensación de perder un hijo es indescriptible. Nunca imaginé que iba a experimentar algo tan lejano, que pasó de repente, que me dejó sin piso. Hace 15 años Ana María, mi hija menor, murió en un accidente de tránsito. Tenía 26 años y hacía ocho meses se había casado. Estaba feliz porque tenía su primer viaje de trabajo a México como representante de una empresa de publicidad. Se había quedado con nosotros porque su esposo no estaba. Paradójicamente durmió su última noche en la que fue su casa toda la vida. Al día siguiente por la mañana, una compañera de trabajo la recogió para llevarla al aeropuerto. En el camino un bus las chocó.

El golpe que recibí me dejó varios días sin entender qué había pasado. No podía dormir ni tenía apetito. La gente cercana a nosotros nos acompañó de la forma más amable, pero en esos momentos no sabe qué decir, tanto, que a mi esposo el día del entierro una señora se le acercó y le dijo: "El tiempo lo cura todo". Él la miró a los ojos y le respondió que por favor nunca volviera a decirle eso a nadie. La gente lo elude a uno cuando lo ve porque no sabe qué decir, es muy incómodo y uno se da cuenta de eso y se siente peor. Lo último que necesitábamos eran consejos, no sirven para nada. Me volví intolerante y me daba mucho desespero todo. Me invitaban a reuniones, pero después de unos minutos no resistía y abandonaba el lugar. Lo único que quería era estar en el campo, tranquila. Pero eso no lo podía hacer todo el tiempo. Me acuerdo que cuando salía en el carro, veía que los buses se me venían encima, como paranoica. Los insultaba. Una vez en Villavo, un carro nos estrelló a Adolfo, mi esposo, y a mí. El chofer estaba borracho, entonces mi reacción fue tan terrible que cuando se bajó yo le empecé a gritar que era un asesino, que si también nos iba a matar como había matado a mi hija.

En medio de esa desesperación empezamos a ir a terapia con la tanatóloga Isa de Jaramillo. Durante ese tiempo, ella viajó a Argentina unos días, donde se enteró de unos grupos de autoayuda que apoyaban a las familias que habían perdido a sus hijos. Cuando volvió, nos propuso que hiciéramos lo mismo y creáramos una fundación. Siete meses después de la muerte de Ana María, nació la Fundación Lazos. Fue algo que nos ayudó muchísimo, porque significó salir de nuestro dolor, de darnos al mundo otra vez. Y además, ayudar a otras personas en la fundación es una forma de rendirle homenaje. Nos reuníamos con cuatro parejas más casi siempre, solamente para hablar, para desahogarnos. Eso le permite a uno exteriorizar sus dolores con otra persona que siente lo mismo. Ese manejo de las cosas le muestra a uno que no ha sido el único, que hay cosas en común, como los sentimientos de culpa, de rabia con uno mismo, con Dios. Cuando uno siente eso se empieza a enloquecer, y todo lo pone en duda, es como si fuera otra persona. Duré deprimida casi cuatro años, en los que me enfermé y era irritable con todo el mundo. Eso es lo que pasa cuando uno no procesa el dolor: lo va a tener guardado de por vida y va a ser nocivo.

Ana María era muy especial. El día del velorio, la capilla del Gimnasio Moderno estaba llena, era increíble, quedaron por fuera unas cien personas; dejó huella en mucha gente. Adolfo comenta que en alguna oportunidad le dijeron que Ana María vivió muy rápido pero que vivió toda su vida. Hay una frase que él siempre recuerda: "Cuando a uno se le mueren los papás, lo llaman huérfano. Cuando se muere el cónyuge, entonces es viudo. Pero cuando se muere un hijo, eso no tiene nombre". Y no lo tiene porque es una parte de uno que se muere. Por mi parte, ya no tengo dolor por la muerte de Ana María, porque la llevo conmigo siempre.

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