Tengo 18 años y vivo en el municipio de Mahates, Bolívar. El 16 de marzo de 2009 perdí mi testículo izquierdo, aunque no me di cuenta de ello sino hasta ocho días después. Estaba en el salón de clase de la Institución Técnica Agroindustrial de Malagana, donde estudio, tirándome papeles con otros seis o siete compañeros mientras esperábamos a que llegara el profesor Gabriel Lucindo Vega. Apenas llegó, se me acercó y me preguntó quiénes eran los que estaban tirando papeles en el salón, y yo le respondí que yo ya había parado, que al verlo llegar los había botado a la basura. Entonces me preguntó varias veces si yo era varón. Le respondí a todas que sí. Y gritando me preguntó si estaba seguro. Antes de responderle me cogió por el brazo derecho, me lanzó dos puños a la cara, que logré esquivar, y una patada a las huevas. Ahí fue que me jodió. El dolor fue terrible, pero no pude dejarme caer al piso porque el profesor hubiera seguido pegándome. Dos compañeras lo detuvieron y en ese momento llegó el coordinador. Nos mandaron a todos para la casa y por ese día ahí quedó todo.

Pasé toda la noche adolorido. Al día siguiente amanecí inflamado, ya se me había coagulado la sangre por dentro, aunque no notaba que me había roto ni nada, pensé que era solo un golpe. Ese día pude hablar con el rector de la institución, Silvestre Ochoa Anaya, y todo quedó en que iba a reunirse con el profesor para arreglar la situación. Mientras tanto, yo me seguía hinchando, y por eso fui al hospital de Mahates, donde me recetaron una ecografía testicular para saber el diagnóstico de la inflamación. El día 19 de marzo el profesor me pidió excusas y me entregó 100.000 pesos para que fuera a hacerme los exámenes pertinentes. Fui a la Clínica Santa Lucía de Cartagena, acompañado por el rector, quien antes de la consulta me pidió el favor de que dijera que todo había pasado jugando fútbol, para no empañar el nombre de su institución. Yo le dije toda la verdad al doctor que me atendió, y después de la ecografía me dijo que necesitaba operarme, que tenía un hematoma en el testículo izquierdo.

La operación se hizo días después, el 27 de marzo. Esa semana estuve a punta de antibióticos y desinflamatorios, con algo de dolor y mucha hinchazón. Al Hospital Universitario del Caribe fui acompañado por Cielo Blanco, la esposa del profesor Gabriel, quien hizo todos los trámites para mi admisión intentando ocultar lo que había pasado, sosteniendo siempre que todo había sido un accidente jugando fútbol. A los doctores que me operaron les conté de nuevo la verdad y creo que fueron ellos quienes le avisaron a la prensa. El caso es que ese día me realizaron una orquiectomía, que consiste en retirar el testículo dañado abriendo la bolsa escrotal y luego volviéndola a cerrar. La operación no dura más de 45 minutos. Dos días después me dieron de alta.

Lo que más me preocupa es mi reproducción. Me aseguraron que no habría problemas, que el testículo restante cumplía esa función. Sin embargo, me sometí a un examen que consiste en medir la cantidad y el volumen de espermatozoides y ver si están vivos. Afortunadamente, resultaron positivos. Yo podría decir que sigo siendo el mismo, que mis funciones siguen intactas, pero no es cierto. Uno vino al mundo con todas sus partes intactas, y perder alguna, así no comprometa su vitalidad, lo hace sentirse reducido, damnificado, más aún cuando está en juego la sexualidad y la posibilidad de tener hijos.

Hoy en día sigo estudiando en el mismo lugar. Al profesor lo suspendieron un par de meses y ya volvió a dictar su clase de agronomía. Yo voy, pongo atención, pero no pregunto nada y casi ni me muevo para no incomodarlo, uno nunca sabe cómo puede reaccionar. Los puntos de la cirugía ya se me cayeron y el dolor ya pasó, aunque allá abajo sigo sintiendo algo así como un vacío.

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