Pertenezco —o pertenecía— a esa multitud de personas que piensan que ciertas cosas, incluso tan naturales e inevitables como la muerte de los papás, por ejemplo, jamás les van a suceder. Mucho menos otras, menos probables pero no por eso imposibles, como tener un accidente de tránsito con consecuencias irreversibles o sufrir una enfermedad "grave". Por eso llegamos a retar al destino al hablar por celular mientras manejamos, o fumar, o comer alimentos nocivos para la salud, o todas las anteriores... porque aunque a diario conozcamos casos cercanos de esas situaciones tan lejanas y lo sintamos sinceramente y manifestemos nuestra solidaridad y convirtamos en tema de conversación esos dramas, tenemos la certeza de que no llegará para nosotros el momento de vivirlo en carne propia... hasta cuando llega. Recuerdo que en ocasiones, durante el recorrido del bus del colegio, me daba por hacer el guión, producir, dirigir y —claro está— protagonizar una película con algún argumento terrible, pero eso sí, me aseguraba de que, pasara lo que pasara, tuviera un final feliz. Salvo mi película del cáncer, que duraba lo que el Vals del segundo de Les Luthiers, porque el principio y el fin coincidían: en el momento mismo en que el médico me decía que tenía cáncer yo moría...

El miércoles 11 de febrero de este año fui expulsada abruptamente del grupo que acabo de describir y pasé a integrar el conformado por menos del 1% de las pacientes del doctor José Fernando Robledo, mi médico: las que sufrimos simultáneamente de cáncer en los dos senos, con tumores de naturaleza diferente. También comprobé que la película puede durar más tiempo. A pesar de que el resultado de la biopsia tardaría hasta el lunes siguiente, salí del consultorio con la convicción absoluta de que padecía la temible enfermedad y comenzó para mí, desde ese momento, una etapa que me sorprende cada día no tanto por el dolor, sino por la transformación que ha producido en mi manera de pensar y de llevar eso tan frágil y al mismo tiempo propio y ajeno como puede ser la vida. La segunda sorpresa fue que no me morí al recibir la noticia, ni siquiera pensé que la muerte llegaría pronto. Caminé despacio hacia la oficina mientras en mi mente comenzaba a calcular (soy matemática, no puedo evitarlo) y a barajar las prioridades y las necesidades que regían hasta unos minutos antes. En ese estado de ánimo comencé un vía crucis que todavía no termina, con tratamientos agresivos, una cirugía y una variedad de exámenes, muy dolorosos unos, otros no tanto, entre los que destaco uno que me marcó por el contraste entre su lindo nombre ("ganglio centinela") —una especie de sastrecillo valiente, imaginé— y la angustia y el dolor que me produjo. Resultó ser algo así como Cruela De Vil. Ante la novedosa gama de dolores físicos que comenzó a instalarse en mi organismo, desde los rutinarios pinchazos hasta la "erradicación" de una parte de mi cuerpo, pasando por las náuseas y los demás efectos de la quimioterapia, decidí pactar con el dolor: él me da tregua de vez en cuando, mientras yo poso de valiente. No hemos llegado a ser amigos, pero ahí vamos...

Con el pasar de los meses he comprobado que han primado una tranquilidad, una fuerza y un optimismo que todavía no he logrado explicarme, reforzados diariamente por la compañía, el amor y la generosidad de mucha, muchísima gente, entre familia, amigos, compañeros de trabajo e incluso personas que apenas conocía o desconocidas hasta ese momento. Es paradójico, este relato pretendía hablar de pérdida, pero veo que en el balance van ganando las ganancias. Sí, perdí un seno, el otro está en veremos, a veces pierdo la paciencia, me fatigo con mucha facilidad; por un rato ya no serán mis tres hermanos hombres los únicos calvos de la familia, ahora somos cuatro los vivos retratos de mi papá. Pero siento que he ganado el reto de tratar de continuar mi vida normalmente, de desechar problemas que por arte de magia se han convertido en pequeñas contrariedades a las que no vale la pena dedicar mayor esfuerzo. Si lo pienso bien, gano tiempo todos los días al no tener que dedicárselo al arreglo del pelo, se ha bajado la cuenta de la energía porque en mucho tiempo no he tenido ni tendré que usar el secador. Puedo usar los asientos azules del TransMilenio y no tengo que hacer cola en los bancos ni en las cajas de los almacenes. Ahora creo que si "esto" sale bien, como tengo la esperanza de que sucederá, terminaré por considerar que habrá sido un año (es el cálculo de la duración del proceso) en el que la mayor pérdida será la del miedo.

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