Durante la fase exploratoria y confidencial de los diálogos de La Habana, la inteligencia militar interceptó varios correos de las Farc en los que los delegados de esa guerrilla se preguntaban quién era el hombre misterioso que tenían al frente: Sergio Jaramillo, en ese entonces consejero de seguridad del gobierno de Juan Manuel Santos.

En los correos, los guerrilleros lo describen como un hombre que absorbe toda la información que puede, y que en cambio dice poco. No saben si es un oligarca que representa el capital o un agente de inteligencia que quiere doblegarlos. Especulan sobre su temperamento y concluyen, en todo caso, que es el hombre del presidente en La Habana. Pero aunque bien podría ser el protagonista de una novela de Graham Greene, en realidad no es espía y mucho menos un oligarca.

Este hombre de 50 años proviene de las entrañas mismas de la aristocracia bogotana. Su bisabuelo era Luis Eduardo Nieto Caballero, fundador del Gimnasio Moderno, del liberalismo radical, y su tatarabuelo Miguel Antonio Caro, el lingüista con-servador. Esas dos corrientes ideológicas se debaten en Jaramillo todo el tiempo. Más la de su padre, un abogado humanista que murió muy joven.

Gran parte de su niñez la pasó en la biblioteca que dejó Nieto Caballero, de la mano de su abuela Paulina Nieto, reconocida como una de las Policarpas, mujeres liberales de mediados del siglo pasado. Ella marcó su formación intelectual en sus primeros años. Creció en un ambiente austero y sobrio, lejos del consumismo moderno. Vive en un apartamento antiguo, lleno de libros, donde prima todo lo clásico. Él mismo cocina para sus invitados y por el sencillo comedor de su casa han pasado desde embajadores y ministros hasta obispos.

En 1982 salió del país para estudiar. Primero, en un internado en Canadá, y luego, en Europa. Estudió Filosofía en la Universidad de Toronto; luego, Filología en Oxford; posteriormente hizo una maestría en Filosofía en Cambridge y cursó estudios de doctorado en Griego en la Universidad de Heidelberg en Alemania.

Durante 17 años vivió en Europa, en diez ciudades diferentes. Habla inglés, italiano, francés, alemán, ruso y griego antiguo. Se formó en los museos, en viajes en tren, en carros destartalados y caminando por los pueblos costeros del mediterráneo o las grandes ciudades del antiguo continente, con autores como Robert Musil o Louis-Ferdinand Céline bajo el brazo.

Su dicción inglesa revela un rasgo central de su personalidad: el perfeccionismo. Su ingreso al mundo práctico fue relativamente tardío y se dio a finales de los noventa en París, como asesor del embajador de Colombia en Francia, Juan Camilo Restrepo. Estaban en auge los diálogos de El Caguán y su tarea era llevar a Europa el mensaje del proceso de paz. Su primer trabajo fue organizar una conferencia en Francia, y no le fue nada mal. Allí lo “reclutó” Marta Lucía Ramírez, quien lo nombró asesor del Ministerio de Defensa en los primeros meses del gobierno de Álvaro Uribe.

En el ministerio que había sido —y seguiría siendo por muchos años— el cuartel general de la guerra contrainsurgente, resultaba un poco extraño ver a un intelectual tímido y de modales finos escribiendo documentos. Pero Jaramillo venía de Europa, donde la guerra y la paz concitan el interés de casi todos los intelectuales y no solo el de los militares.

Junto a los viceministros de Defensa Andrés Soto y Andrés Peñate, redactó la política de seguridad democrática que le dio a Uribe los lineamientos para ir más allá de un plan de guerra. Posiblemente su formación literaria ha hecho que su empeño sea redactar buenos documentos. Para él, cada palabra debe ser precisa. Pero sabe dejar espacio a la ambigüedad cuando es conveniente. Este rasgo se ha exacerbado en La Habana, donde ha demostrado que para él la negociación es el arte de escribir conjuntamente un texto.

El documento de la seguridad democrática quedó mucho mejor escrito que llevado a la práctica. Para Jaramillo, el problema de la paz en Colombia tiene que ver con la presencia y la soberanía del Estado en todo el territorio. En todo el sentido de la palabra, es un republicano que entiende el país como una nación en construcción.

De hecho, el centro de gravedad de la seguridad democrática en aquel documento era la legitimidad del Estado. Se concebía como un juego de suma cero: había que quitarles todo piso de legitimidad a las Farc e incrementar la de las instituciones. Sin embargo, algunos de quienes estaban conduciendo la guerra estaban en otro cuento: contando muertos o haciendo capturas masivas en pueblos influenciados por la guerrilla. La puja entre esas dos visiones haría crisis, y a Jaramillo le tocaría ser protagonista.

Cuando salió Ramírez del ministerio, Jaramillo se fue a dirigir la fundación empresarial Ideas para la Paz. Desde allí se metió a fondo en el tema de la justicia transicional, que se empezaba a abrir paso en el país con la Ley de Justicia y Paz. Sus observaciones sobre el conflicto y, sobre todo, sobre los errores y aciertos en las negociaciones con las AUC y su implementación quedaron en la bitácora de esta fundación.

En esas estaba cuando Juan Manuel Santos, como ministro de Defensa, le ofreció ser viceministro de la parte política. En el otro viceministerio estaba Juan Carlos Pinzón. Dos personalidades opuestas, con talentos diferentes, que estuvieron siempre en tensión.

Jaramillo se dedicó con fruición a la inteligencia, a los derechos humanos, a la desmovilización y a los asuntos territoriales. Promovió un concepto estratégico de intercambio de información entre agencias locales e internacionales. Se crearon “burbujas” de información para dar con los “blancos de alto valor”, es decir, con los jefes de las Farc. En derechos humanos se centró en el derecho para regular el uso de la fuerza. Dedicó horas a hablar con los desmovilizados de las Farc y a leer los computadores que se incautaban después de los bombardeos.

Lo territorial pudo materializarlo en una estrategia que quedó mejor en el papel: la consolidación territorial, que era su idea de llevar el Estado a las regiones donde las Farc eran un gobierno de facto.

Dicen que un estratega se reconoce porque es alguien que puede imaginarse un final. En el año 2008, Jaramillo ya planteaba que estaba llegando el fin del conflicto y que había que saberlo terminar. Ese año se rompió el mito de la invulnerabilidad de las Farc, con la muerte en menos de un mes de tres miembros del secretariado: Raúl Reyes, en un ataque en Ecuador; Iván Ríos, a manos de su segundo hombre de confianza, y el deceso natural del Manuel Marulanda. A eso se sumó la operación Jaque, que les dio la libertad a los secuestrados de mayor impacto internacional y clausuró la idea de un intercambio humanitario.

Desde entonces, Jaramillo decía que “había que tenderle un puente de oro al enemigo”. Hasta ahí la balanza de la guerra parecía inclinarse hacia una victoria del gobierno, en la que Jaramillo tenía mucho que ver. En el horizonte se veía una negociación con una guerrilla en desventaja. Pero pocos meses después estalló el escándalo de falsos positivos, y eso cambió todo. Jaramillo fue quien documentó la denuncia pública sobre las ejecuciones extrajudiciales en las que estaban incurriendo algunos batallones. Era otro síntoma de que la guerra estaba llegando a su fin.

Esa denuncia nunca se la ha perdonado un sector de los militares que hoy está rindiendo cuentas ante la justicia. Otro sector, el que llevará la batuta del posconflicto, se lo agradece. El golpe a la legitimidad de un Estado que se sentía en ventaja en la guerra estaba herida y esto tuvo implicaciones severas en la mesa. Sin los falsos positivos, posiblemente nunca se hubiese hecho una negociación en el nivel de simetría que tuvo la de La Habana, especialmente en el tema de justicia.

En su obsesión por la legitimidad de las instituciones, Jaramillo se fue del ministerio cuando Uribe estaba buscando desesperadamente una segunda reelección. Se retiró con una carta publicada en El Tiempo en la que reflexionaba sobre la importancia de respetar las reglas del juego y en la que planteaba que “el articulito” que pretendía cambiar en la Constitución tendría graves implicaciones para la democracia y los logros en seguridad.

Pero duró poco tiempo por fuera del gobierno. Recién elegido Santos como presidente, Jaramillo fue nombrado consejero de seguridad y, poco después, alto comisionado para la paz.

Jaramillo estuvo al frente de la fase exploratoria de los diálogos con las Farc. Entre febrero y agosto de 2012 hubo por lo menos 17 reuniones en Cuba en las que se pactó una agenda de seis puntos. Encuentros secretos, dignos de una película de James Bond, en los que participaron también Frank Pearl, Alejandro Éder y el hermano del presidente Enrique Santos.

Del lado de la guerrilla, el hombre fuerte era Mauricio Jaramillo, y a su lado, Marcos Calarcá, Andrés París y Sandra, entre otros. Cuentan los miembros de las Farc que Sergio Jaramillo llegó con una propuesta en dos puntos: uno, desarme y reincorporación; y dos, participación en política. La guerrilla, por su parte, puso sus doce puntos estratégicos o el programa mínimo de un gobierno popular.

El pulso duró seis meses, en los que hubo crisis que estuvieron a punto de romper todo, como con el tema de la dejación de armas. Jaramillo recuerda esta como una gran época, por la manera como se construyó el acuerdo: con un tablero, escribiendo conjuntamente palabra a palabra. Y el hecho de no tener la presión pública ayudó a fijar confianza. Posiblemente un error de percepción que surgió de esta etapa es que la negociación sería corta. De meses, no de años. Le faltaba todavía conocer a las Farc mucho más a fondo. Y los avatares de la última fase de la negociación. “Ellos son el otro, el adversario”, dice.

Se ha dado cuenta de que hay una dimensión sociológica que pocos conocen de ese grupo insurgente y del orden social que han instaurado en las regiones del país. Además, admite que el tiempo que ha tomado construir el acuerdo es también el tiempo del cambio psicológico que han te-nido que vivir todos quienes están involucrados en él: guerrilleros y militares, políticos y la sociedad que aún termina de asimilar el fin del conflicto.

Sergio Jaramillo fue el arquitecto del acuerdo, en llave con el jefe de la delegación, Humberto de la Calle, quien tejía la filigrana política. Al lado de Sergio siempre hubo un batallón de asesores en cada tema y un grupo selecto de personas que lo han acompañado desde el Ministerio de Defensa y que son a la vez sus escuderos, o escuderas, porque casi todas son mujeres. Para nadie es un secreto que Jaramillo tuvo muchas tensiones con sus propios colegas de delegación por los dos rasgos que lo han caracterizado como negociador: un manejo celoso de la información y el perfeccionismo.

Respecto a su contraparte, otros dos rasgos causaron fricción: el estilo “escritural” de la negociación (como lo ha llamado Roy Barreras) y la falta de espacios informales para construir confianza con los miembros de las Farc. A Jaramillo le salió su álter ego, pues Jesús Santrich es tan perfeccionista con el lenguaje como él. Sin duda, Santrich e Iván Márquez le sacaron canas. Jaramillo era percibido como enigmático y difícil, alguien que ponía problema por cada coma.

“Esto no es un regateo. Uno hace una propuesta y la defiende hasta el final”, dice. En cuanto a los espacios informales, aunque muchas personas creen que es un solitario monje medieval, en realidad es bastante dado a construir amigos. En La Habana solía cenar en La Corte del Príncipe, un restaurante italiano donde le guardaban una salsa picante exclusiva para él. Sacó también tiempo para hablar con uno de sus escritores favoritos en Cuba, Leonardo Padura, y trabar amistad con el periodista Jon Lee Anderson. Ha sido un aficionado a los habanos, los cuales, claro, abundaron en las negociaciones.

Sin embargo, sí es cierto que no tuvo espacios de intercambio que lo acercaran a los miembros de las Farc desde una perspectiva más humana. A lo mejor consideró que ello le quitaría margen de maniobra o evitó cualquier parecido con imágenes como las de El Caguán, que rondaron siempre como fantasmas.

El inicio de la negociación coincidió con uno de los episodios más difíciles de su vida: su hermano menor empezaba la batalla contra un cáncer en la cabeza, al que no sobrevivió. Por eso en sus viajes a Colombia siempre de-dicaba tiempo para él.

Tal vez lo más difícil que tuvo en estos cuatro años fue el tema de justicia. Él se había encargado de hacer aprobar en el Congreso el Marco Jurídico para la Paz, que partía de una premisa que fue derrotada en la mesa: la cárcel para los máximos responsables del conflicto. Aún así, se declara muy satisfecho y lo asume como el mejor modelo pactado hasta ahora en el mundo.

El punto de inflexión que produjo este apartado de la agenda es que la mesa se ensanchó a ambos lados. El presi-dente echó mano de cartas más “políticas” en el tramo final, como la canciller María Ángela Holguín y el senador Roy Barreras. Del lado de las Farc, el abogado español Enrique Santiago y el político conservador Álvaro Leyva se convirtieron, en la práctica, en negociadores. Con este último hubo una relación distante y desconfiada, a pesar de que viven en el mismo edificio, a un piso de distancia. Al fin y al cabo, los últimos pun-tos de la agenda tocaban la fibra más profunda de la guerrilla: la lectura de su pasado y las definiciones sobre su futuro.

Foto: Juan Carlos Sierra

Jaramillo ha estado también detrás de gran parte de la estrategia de participación internacional, fue quien insistió en que la ONU cumpliera el papel de verificador del cese del fuego y hostilidades y la dejación de armas. Haber logrado la misión política del Consejo de Seguridad y, en general, el posicionamiento internacional del proceso es uno de los logros que más lo enorgullecen.

Para él, lo que acaba de ter-minar es apenas la parte fácil. Lo que sigue es lo difícil. Quiere cumplir su convicción: que el Estado llegue a todo el territorio con una oferta de derechos y deberes para los ciudadanos. Él no ha dejado sus huesos en La Habana, como dijo María Isabel Rueda. Va a seguir trabajando por una paz a la que tildó de “estable y duradera”. Y lo hará con todos sus huesos.

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