El nombre científico de lo que yo tengo es Depresión Recurrente con Tendencia al Suicidio, y la explicación práctica es que siento una picazón intensa que hace que no soporte la carne de mi propio cuerpo. Es como un hormigueo desesperante que empieza en la palma de las manos y luego se apodera de todo el cuerpo. A los diez años me jalaba el pelo del desespero, pero no era suficiente. Me golpeaba contra las paredes y le pedía la máquina de afeitar a mi papá —a pesar de que no me salía barba aún— para cortarme la cara intencionalmente. Así creía que podría aliviar mi mal. Todo esto lo hacía a escondidas de mi familia por miedo a represalias.

Lea también: ¿Qué se siente ser mitómana?

No era buen estudiante. En lugar de poner atención en clase, pensaba en formas de morir para no sufrir más. Cortaba vidrio y me lo tragaba con guayaba porque me habían dicho que así se cortaban las vísceras. Luego intenté con jeringas, me inyectaba aire y agua con limón; las venas del brazo se me inflamaron mucho. Cuando le mostraba el boletín de notas a mis papás me recriminaban porque no me iba bien en el colegio, pero nadie sabía lo que me pasaba, nadie pensaba que tal vez me ocurría algo, solo me veían como un joven indisciplinado. Sentía que todos estaban en contra mía.

En el ejército me quise dar un tiro de fusil, pero un compañero me vio y alcanzó a quitármelo. Me tuvieron con psicólogo durante un tiempo y nunca más me dejaron solo para que no volviera a intentar suicidarme, pero no le pusieron más atención a mi caso. De ahí salí a una empresa de vigilancia privada, donde me pegué un tiro en el brazo. Aún no sé por qué no lo hice en la cabeza.

Los intentos de suicidio incluyen quererme ahorcar con unos cordones de zapato, beber una taza de veneno para insectos, tomar 50 antidepresivos y cortarme el pecho y el cuello con una botella picada. No siento nada cuando hago cosas así, estoy como anestesiado, minutos después es que entro en razón, siento el dolor y me arrepiento de lo que he hecho. Tengo 47 años y hace apenas unos cuatro empecé mi tratamiento. Fue gracias a mi esposa, que al poco tiempo de casados se dio cuenta de mis reacciones.

Lea también: ¿Qué se siente tener un embarazo psicológico? 

Con el psiquiatra me veo una vez a la semana y tomo tres tipos de pastillas, dos son tranquilizantes y otra para dormir. Si logro dormir puedo controlarme, pero si paso noches en vela, al día siguiente es que trato de acabar con mi vida. Pero es solo contra mí que atento, no contra otras personas. Si me da mal genio o peleo me da rabia, pero no con los demás, sino conmigo. Ahora que estoy más controlado, cada vez que vuelve el cosquilleo empiezo a caminar, a dar vueltas hasta que logro calmarme. Luego me siento y pienso en mi esposa, pero inevitablemente vuelven los pensamientos sobre la muerte. A veces sueño con mi funeral. Con esa visión siento que descanso. ¿Por qué no estoy muerto? Quizá hay una parte de mí que no se quiere morir, solo librarse del desespero que me invade.

Derecho de autor: stokkete / 123RF Foto de archivo

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.