Por: Eva Catalán / Fotos: Getty Images

En una vitrina, a un lado de la entrada, discreto y del tamaño de una cigarrera, está el frasco del perfume para hombres más caro del mundo. Es un envase único que cuesta medio millón de dólares y, sin embargo, ahí expuesto, nada llamativo, negro y plateado, pasa desapercibido. Pero lo negro son 300 piezas de piedra semipreciosa ónice, u ónix, cortadas a mano. Lo plateado es un sello de platino, en cuyo centro se lee: “SILLAGE”, en elegantes mayúsculas. Y debajo del nombre aparece otro letrero que dice: “House of”, rodeado de decenas de diamantes, sellado con otros cuatro diamantes negros de cabujón y con una base de oro blanco que descansa sobre cuatro soportes, también engarzados con diamantes. (Cata a ciegas del perfume de Nacho Vidal)

El interior está forrado con piel de raya marina. “Específicamente, una parte de la piel con una forma muy determinada, muy difícil de cortar y manipular, que tiene un tacto muy especial —me explica su creador, el diseñador jefe de la casa perfumera House of Sillage, Theo Tanini—. No hay nada igual en el mundo —dice Tanini, con un muy perfumístico acento francés—. Es muy difícil para mí definir exactamente lo que es, si es un perfume o una pieza de arte. Digamos que está abierto a la interpretación”. No se ha vendido todavía, pero Tanini afirma que hay “mucho interés en él”. En realidad, no fue hecho tanto para venderse como para crear expectación. Y eso ya se logró.

Estoy en la sede de House of Sillage, en el sexto piso de un moderno rascacielos en un parque empresarial de Newport Beach, California, con espectaculares vistas al océano Pacífico. Tras cinco años de vida, esta pequeña casa francesa ha logrado hacerse un nombre en el mundo de la perfumería de lujo, pero más por los diseños de joyería de sus botellas que por las esencias naturales que albergan.

El perfume para hombres más caro del mundo es, en realidad, este frasco ostentoso, preparado para contener cualquiera de las cuatro fragancias masculinas que elabora House of Sillage. Aunque lo ideal es que lleve dentro el Dignified, su perfume masculino más vendido, hay otras tres fragancias que podrían ir en el mismo recipiente: el HOS 001, el HOS 002 y el HOS 003. Según los que llevan el negocio, cada una evoca a un tipo de hombre o a una faceta: clásico, deportista o fuerte.

Me cuentan los expertos que el Dignified tiene una nota inicial de bergamota, con toques de clavo, sobre una base de oud o madera de agar, una de las más caras y exclusivas del mundo por el olor intenso que da a su resina el hongo que la invade. Huele bien, desde luego. Podría decir que increíblemente bien. ¿Pero huele al “hombre que toda mujer querría conocer”, al “hombre que todo hombre querría ser”, como me explican? Pues… seguramente, depende de quien lo lleve. Aunque es probable que ayude a sentirse así.

La edición normal de este perfume —sin el frasco— cuesta 360 dólares (poco más de un millón de pesos) y viene en una botella de fibra de carbono, con un sistema ingenioso de apertura que puede hacerse con una mano. Solo un clic del pulgar y el dispensador queda libre de su protección, como si se tratara de un encendedor antiguo. Un gesto muy viril, que contribuye a haber hecho del perfume el más vendido de la casa. (Test ¿está perdiendo en buen gusto?)

En el competitivo mundo de los perfumes de lujo, el envase empieza a hacerse tan vital como el líquido que lleva: las botellas, auténticas piezas de orfebrería artesanal, son exquisitamente decoradas con piedras preciosas, y diseños exclusivos acompañan los nombres más caros. House of Sillage ha traído el diseño y la joyería de lujo al mundo del perfume masculino y se ha hecho rápidamente un hueco en un sector difícil. La creación de su frasco ha sido un golpe de efecto magistral. La frase “el perfume masculino más caro del mundo” no para de acaparar titulares.

Nicole Mather, la fundadora de la casa perfumera, juega con dos ideas: una, que el olor es el único sentido con la capacidad de transportarnos en el tiempo y en el espacio, por lo que los perfumes deben contar una historia, inspirar una memoria; dos, que las botellas donde se contiene un líquido con semejante poder evocador deben ser más especiales que la fragancia en sí.

“Inspiración” es una palabra que se repite mucho en la sede de House of Sillage. La usa Ryan Clear, jefe de mercadeo, para explicar el proceso de creación de cada fragancia; la mencionan los perfumistas o “narices” que trabajan con ellos, los reputados Francis Camail y Mark Buxton; incluso Michael Johnson, el jefe de ventas, la dice de vez en cuando. “No se trata de que busques una fragancia determinada, no se trata de que mezcles unos ingredientes con otros porque te gustan o porque crees que pueden quedar bien combinados; se trata de que pienses cuál es la inspiración para esa fragancia… en qué te hace pensar, qué te recuerda”.

Acepto un tour por los olores de la casa. Conocer los diez perfumes que forman la colección limitada de fragancias femeninas, con precios que varían entre los 895 y los 1500 dólares (entre 2.700.000 y 5 millones de pesos), es entrar en el particular mundo de Nicole Mather y sus recuerdos. El resto de la plantilla de la firma ha interiorizado de manera casi perfecta estas memorias. Clear me describe hábilmente cada una de las fragancias, antes de ofrecérmelas. Hay que reconocer que la estrategia funciona. Antes de percibir el aroma de Tiara, por ejemplo, el primero de sus perfumes, me cuenta la historia de Mather y sus juegos de infancia: cuando se disfrazaba de princesa, creaba pequeñas tiaras de papel y, como toque final, les echaba un poco del perfume de su madre. Sencillo, casi obvio, ¿qué mujer no ha jugado a eso? Y así, al oler la fragancia que “evoca a la princesa que hay en todas las mujeres”, parecería que, con las esencias de mandarina de Calabria, aceite de rosa búlgara y vainilla de Madagascar, llega la niñez.

La casa House of Sillage se caracteriza por sus frascos lujosos, con tapas de oro y diamantes, que hacen de sus perfumes algunos de los más caros del mercado.

Sillage significa “estela”, el aroma que uno deja tras de sí. Los perfumes contienen entre un 20 y un 30 % de aceites esenciales, que se obtienen en diferentes partes del mundo, lo que, asegura Clear, los diferencia de la mayoría, que usan componentes sintéticos. No solo hacen la fragancia más duradera, sino que en ese tiempo, desde que uno se lo echa hasta varias horas después, el olor cambia. Según el jefe de mercadeo, tras una noche de sueño y una ducha, las fragancias todavía se perciben. Cada valiosa composición, incluida la del perfume masculino más caro del mundo, se ha elaborado durante meses de pruebas y descartes, dejando macerar las mezclas y empezando de nuevo si, con el paso de los meses, la química entre los elementos no da el resultado esperado.

La marca es 100 % de fabricación francesa y se enorgullece de tener un cuidado casi enfermizo por el detalle. Las botellas, con esa forma tan característica —empiezan por una burbuja de cristal, a partir de una gota de vidrio incandescente—, se pulen a mano. Hasta el tubo que sube el perfume al vaporizador está discretamente diseñado para que apenas se vea, y Clear me enseña un detalle minúsculo pero fundamental: al apretar el dosificador, el chorro vaporizado sale en línea recta primero y no se abre en un ángulo más ancho hasta que no ha pasado el borde de la botella, “para que no caiga en el cristal”. Por cierto: ese gesto de vaporizar perfume en las muñecas y frotar una contra la otra es una aberración. La fricción cambia todo el equilibrio molecular. Mejor, echarlo y sellarlo, pero no moverlo, me explica Johnson, el de ventas. (El cóctel inspirado en el perfume de mujer)

Pero lo que ha dado a la firma su estilo característico y original son, sobre todo, las tapas, redondas y tan grandes que se han de coger con la mano abierta. Cada una tiene un diseño particular que coincide con la historia del perfume. Nouez Moi (“Átame”) lleva un lazo de cristales Swarosky blancos, inspirado en la Audrey Hepburn de Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con diamantes); Cherry Garden, que se inspira en el campo y los placeres sencillos, tiene una intrincada talla en oro amarillo de 18 quilates, flores y mariposas; Emerald Reign trae un tigre siberiano con ojos esmeralda, para un perfume que busca inspirar calma y seguridad.

Sus diseños han ganado cinco veces seguidas el premio del certamen de Luxe Pack de Mónaco, uno de los más prestigiosos en el sector del empaquetado de perfumería. Y aunque Dignified todavía no tiene ni una venta, ya hay una de las fragancias, Emerald Regin, que ha agotado su edición limitada de 1000 botellas numeradas.

Para terminar, pregunto quién gasta un platal en un frasco de 75 mililitros de perfume. “Los clientes son tan variados como los propios perfumes —asegura Johnson, quien también es embajador de la marca—: desde millennials que convencen a sus padres de que les regalen el perfume hasta personas que se compran uno para cada ocasión y tienen un armario de fragancias así como uno crea un armario de ropa”. Johnson recuerda a la mujer de Arabia Saudita que compró cinco frascos para regalar, pero que antes aseguró que nunca se gastaría ese dinero en sí misma. También, a la mujer que no sabía por cuál decidirse y terminó por comprarse la colección entera: le costó 10.000 dólares (30 millones de pesos) y tocó fabricarle un estuche especial, con luces y todo.

Yo, por supuesto, no compré nada. Pero salgo del rascacielos con cientos de dólares de fragancias sobre mí. E imagino que si algún hombre busca una “masculinidad fortificada y eterna”, si quiere reinventarse o disfrutar de la adrenalina —y si tiene el dinero—, no es de extrañar que decida quedarse con la colección entera. ¿Que si el perfume de medio millón de dólares le dará la hombría deseada? No lo sé. Supongo que depende del sujeto, no de la fragancia ni de su empaque.

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