Desde que tengo uso de razón me siento incómoda cuando tengo cerca a una persona amputada. Cuando era muy chiquita, si por ejemplo me cruzaba con una señora con una sola pierna por la calle, me asustaba muchísimo, me ponía a llorar y me escondía detrás de mis papás para no tener que mirarla. Ellos no le prestaron mucha atención al principio, supongo que pensaron que era normal que una niña se impresionara con ese tipo de cosas. Lo realmente preocupante, tanto para ellos como para mí, llegó cuando tenía ocho años y vi una película llamada Hombres de honor, en la que Cuba Gooding Jr. interpreta a un buzo que pierde una pierna haciendo su trabajo. Hay una escena que me impresionó muchísimo, pues le hacen un zoom a la pierna recién cortada: todavía revivo el pánico, las lágrimas, la angustia, las pesadillas…

No pude dormir bien esa noche ni las siguientes: soñaba que mi mamá se bajaba de un bus ¡pero no tenía piernas! O que estaba con mi familia en medio de una guerra cuando alguien, no recuerdo quién, pisaba una mina y perdía alguna parte de su cuerpo. Desde entonces entro en crisis cuando veo a un amputado. No importa si es en televisión, en cine o de frente: tiemblo, se me escurren las lágrimas, quedo como paralizada, no me puedo controlar.

Hace poco me pasó algo horrible: estaba con mi novio en la Terminal de Transportes de Bogotá, cuando pasó un señor en muletas y con una sola pierna. Como el tipo tenía puesta una pantaloneta y yo estaba sentada, le alcancé a ver el muñón (juro que me duele el simple hecho de digitar esta palabra). Sentí como si estuviera frente a un bus que avanzaba hacia mí rapidísimo para atropellarme. Entonces bajé la cabeza, cerré los ojos y apreté los puños. Me puse a llorar como una niña chiquita, me ahogué, deseé con todas mis fuerzas que se fuera. No pude moverme hasta que mi novio me dijo que el hombre ya se había montado en un bus. De solo acordarme me pongo nerviosa, se me acelera el corazón.

Aclaro que no es algo de lo que me sienta orgullosa. Tenerles fobia al señor de la Terminal y al resto de mutilados me da vergüenza. 

No quiero discriminar a nadie, y menos a ellos, que sufren tanto. Pero ¿qué hago? Es algo irracional, inevitable.

Nadie cercano a mí ha sufrido una amputación, hasta ahora. Por eso suelo preguntarme qué pasaría si algún familiar o un amigo perdiera una pierna, un brazo u otro miembro. Sería terrible. En principio creo que no podría volver a verlo. ¿Y si es alguien muy cercano, como mi mamá? No sé, no sé. Creo que haría todo lo posible para acercarme poco a poco, pero ni idea. De hecho mi novio me ha preguntado: “¿Si me pasa algo así me dejarías?”. Y lo peor es que creo que la respuesta sería “sí”.

He visitado a dos psicólogas. La primera lo tomó como algo normal y se centró en otros temas. No me gustó. La segunda no me convenció tampoco. Debe ser porque estudio Psicología y sé cuándo me están ayudando y cuándo no. 

La carrera también me ha ayudado a darme cuenta de que no podría trabajar en la parte clínica. Si no puedo ayudarme a mí misma, ¿cómo voy a ayudar a otros? ¿Qué podría hacer si un paciente mutilado entra a mi consultorio? He aprendido, por ejemplo, que esta fobia se puede tratar con terapia de desensibilización, enfrentando el miedo hasta que desaparezca. Pero yo no soporto ni ver una prótesis en una foto, ni ver la película 127 horas, ni ver el video que circula en internet del señor sin brazos que toca guitarra con los pies. Así, ni modo de hacerlo.

Tengo veinte años y ya estoy resignada a vivir con esta fobia. Pero ¿y si me pasa a mí? Creo que no podría vivir así. No niego que existe la posibilidad de que uno se termine acostumbrando, aunque en mi caso lo dudo. Suena extremo, yo sé, pero si pierdo una parte de mi cuerpo creo que preferiría morir.

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