A las 8:09 de la noche, Daniel Salazar, un administrador de empresas, parquea su Nissan Pathfinder, de color negro, junto a uno de los surtidores de gasolina de la estación K.L., de la carrera séptima con 85, en el norte de Bogotá. 

—¿Corriente o extra? —le pregunta el bombero después de saludar. 

—Corriente. Lleno, por favor —responde el hombre. Tiene 33 años. Viste de traje y corbata oscuros. 

El bombero abre la tapa del tanque, empuña la pistola de la gasolina y acciona la palanca del surtidor.

—¡Marcador en ceros! —advierte en un tono de voz más alto al tiempo que oprime el gatillo. 

Para llegar a este momento tuvieron que ocurrir una serie de acontecimientos que involucran a cientos de trabajadores e ingenieros de la industria petrolera, pozos, oleoductos y una refinería donde se destila todo el combustible que consume el país. 



Así nació Pompeya

A unos 200 kilómetros de la estación de gasolina, pocas horas antes de que Daniel Salazar llegara a tanquear, una cuadrilla de hombres sudorosos luchaba en un campo petrolero del Meta para controlar una emisión inusual de gases en el pozo Tanané 3, cuya producción se detuvo debido a la emergencia. 

A pocos metros del pozo, Arnulfo Isaza, un curtido trabajador petrolero, revisa una planilla e instruye a un operador para que mantenga constante la inyección de salmuera. Con esa mezcla de sal y agua intentan mantener a raya a los gases, que llevan más de cinco horas quemándose en forma controlada en la punta de un tubo conectado al fondo del pozo. 

Luis Moreno Crespo, el operador de la máquina inyectora, calcula que la llama mide un poco más de 3 metros, pero advierte que hasta hace poco era casi el doble. Los dos hombres visten trajes especiales, confeccionados con un material que retarda el efecto de las llamas, en caso de un accidente. 

—Si oyen tres pitos, es conato de incendio; cuatro pitos, es una contingencia ambiental y pito continuo, evacuación inmediata —nos advirtió el encargado de seguridad antes de ingresar a la explanada donde se encuentra el pozo. Nos pidió apagar los celulares. Revisó que lleváramos casco, botas, gafas de seguridad y camisa de jean de manga larga para proteger los brazos de posibles raspaduras. A Camilo Rozo, el fotógrafo, le preguntó si su cámara era ‘intrínsecamente segura’. 

—¿Y eso qué es? —le preguntamos. 

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El hombre explicó que tanto los celulares como las cámaras deben llevar un aislante especial para evitar posibles chispas. 

Como la Nikon de Rozo no resultó ser ‘intrínsecamente segura’, le advirtió que solo podía tomar fotos cuando lo autorizara un operario que permanecía armado con un medidor de atmósferas. 

De todos modos, no nos permitieron acercarnos a menos de unos 10 metros del lugar donde seis hombres maniobran en medio del calor y del ruido ensordecedor de las máquinas. 

—Debemos mantenerlo controlado hasta que el pozo quede muerto en tea (sin llama) y se analicen las condiciones de seguridad —dice Arnulfo Isaza, cuyo cargo es supervisor work cover. Buena parte de la terminología petrolera viene del inglés, como el company man, que es el representante de Ecopetrol en este pozo.

Isaza es de Sabana de Torres, Santander. Es un experto, pero no fue a la universidad; aprendió en campos petroleros como los de Tibú y La Lizama. A veces, le ha tocado aprender de los errores, como la vez que un amigo suyo perdió cuatro dedos en un accidente en un pozo de La Lizama. Fue hace unos ocho años, cuando él y su amigo trabajaban para una empresa contratista de Ecopetrol.

El accidente ocurrió en lo alto de una torre metálica. El hombre se descuidó por unos segundos con una polea y, en fracciones de segundo, los dedos, aún enguantados, volaron hasta los pies de sus compañeros de trabajo. El obrero, aterrorizado, logró bajar de la torre y se desmayó antes de que llegara la ambulancia. Sus compañeros abrieron un hueco en el monte y enterraron los dedos. 

Por casos como este es que la industria petrolera ha incrementado sus medidas de seguridad. Algunos obreros, además, refuerzan las normas con oraciones en las que le piden al “padre celestial” que “cuide nuestras manos y nuestros pies”. 

Arnulfo Isaza dice que mientras se mantengan las inyecciones de salmuera en las cantidades apropiadas, el Tanané 3 no representa ningún peligro. En los alrededores hay otros 145 pozos. El primero de estos se perforó hace unos 25 años y aún sigue produciendo, aunque ayudado por una especie de motobomba, porque el crudo ya no tiene la presión suficiente para salir a la superficie por sus propios medios. Ese pozo se llama Apiay 1 y lo han pintado de amarillo, azul y rojo. 

Cuando el petróleo brotó en este pozo, solo había unas cuantas casas de campesinos y de arreadores de ganado en varios kilómetros a la redonda. Pero con la llegada de trabajadores de otras regiones, apareció Pompeya, un caserío construido a lado y lado de la vía pavimentada que une a Villavicencio con Puerto López. 

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Casi todos sus habitantes viven de la actividad petrolera. Algunos son obreros rasos y otros tienen negocios de comida (hay ocho restaurantes y diez piqueteaderos), dos billares, cinco talleres de mecánica y cuatro chongos a los cuales llegan unas 20 prostitutas los fines de semana. La ilusión de muchos es comprar una camioneta para arrendársela a las empresas contratistas. 



Con el pintalabios intacto

A esta zona llegamos, con el fotógrafo, en busca de crudo para explicar cómo se transforma esa sustancia en gasolina como la que le vendieron a Daniel Salazar en la estación de combustible de la séptima con 85. 

Nunca había estado en un pozo petrolero, así que de camino a Apiay, recordaba las manos ennegrecidas de Daniel Day Lewis en Petróleo sangriento y también el crudo brotando a borbotones por lo alto de la torre, hasta bañar a los eufóricos trabajadores. 

Pero ya han transcurrido unas tres horas desde que llegamos al campo y no hemos visto ni una gota de petróleo y mucho menos a obreros empapados en caldo oscuro, como en la película ambientada en los primeros años del siglo pasado. Si hasta las ingenieras —que hay muchas en Ecopetrol, como nuestra guía, la ingeniera química Carolina Barrera— andan con las uñas esmaltadas y el pintalabios intacto. 

Definitivamente, la tecnología también ha transformado la industria petrolera. En Apiay, los pozos están dispersos en un área equivalente a unas 30.000 canchas de fútbol. El crudo sale de las profundidades por un tubo y es bombeado hasta unos gigantescos tanques de almacenamiento. De allí es enviado por un oleoducto hasta la refinería de Barrancabermeja, en Santander. 

Casi toda la operación es interna y automatizada. No se ve el crudo. Tan solo una maraña de tubos plateados y rojos, que se conectan con estaciones intermedias, de donde salen más tubos. En las edificaciones del campo petrolero hay salas con tableros de lucecitas y, sobre todo, con terminales de computadores. 

Allí, los obreros que antes recogían el crudo con baldes y abrían válvulas a fuerza de brazo, han sido reemplazados por ingenieros y tecnólogos que manejan todas las operaciones del campo a control remoto. Miden, analizan, revisan la programación de envío, presionan enter y ¡listo! Salen 20.000 barriles de crudo por el tubo que va para Barrancabermeja. 

Lo más artesanal es la operación de los carrotanques que vienen de los yacimientos de Puerto Gaitán. Pero tampoco dejan caer una gota de crudo. Los operarios simplemente conectan unas mangueras y vacían las cisternas en media hora. 



Un asunto de fe

Como la siguiente fase en la producción de gasolina es la refinería de Barrancabermeja, para allá nos fuimos con Camilo Rozo, a seguirle la pista al crudo. Ese puerto sobre el río magdalena tiene unos 200.000 habitantes. Hace un calor endemoniado y, al igual que en Pompeya, todo gira alrededor del petróleo. 

En la refinería se complicó nuestra intención de conocer y fotografiar cómo es que el crudo se transforma en gasolina. A primer golpe de vista solo se ven tanques, edificios, tubos, ¡cientos de tubos!, y algunas iguanas entre los arbustos que rodean la ciénaga de Miramar, ubicada dentro de las instalaciones. Es un lugar más bien solitario, salvo por cuadrillas de obreros que permanecen listos en caso de alguna emergencia o que realizan labores de mantenimiento. 

Nuestros anfitriones resultaron ser ingenieros o técnicos que hablan con un lenguaje de ingenieros. Debe ser el lugar de Colombia donde hay más ingenieros por metro cuadrado: hidráulicos, electricistas, químicos, industriales, de petróleos. 

Solo se entienden entre ellos, pero fueron bondadosos y se esforzaron —algunos con tablero y marcadores de colores— para que, al menos, comprendiera lo básico: “La gasolina se compone de ocho cadenas de carbono: una de seis carbonos, otra de siete, otra de ocho… por debajo de cuatro cadenas son gases y por encima de ese rango empiezan a convertirse en aceites”.

¡Fácil! Me acordé de las clases de Química allá en el Instituto Técnico de Popayán. Pasé raspando la rehabilitación solo porque mi Dios es muy grande. Lo más excitante de la materia era la profesora. 

De todos modos, la explicación me sirvió para entender luego que el crudo lo hierven en una gigantesca torre de destilación y como las fracciones que lo componen tienen peso y estructura molecular distintos, se vaporizan a temperaturas diferentes. ¡Ya me contagié! 

Lo anterior significa que la torre de destilación captura en la parte inferior las sustancias más pesadas, como el ACPM y los elementos que usan para fabricar llantas y pavimentar calles. Más arriba, captura la nafta (de la que luego sacan la gasolina corriente y extra) y también separa la gasolina de aviones y helicópteros. A la parte más alta de la torre solo llega el gas. 

Esto, dicho en palabras sencillas, porque el asunto es muchísimo más complejo y consta de varias etapas, como el cracking, por ejemplo. También le dicen craqueo catalítico. En este proceso toman sustancias pesadas y de poco valor y sacan gasolina. Un ingeniero lo explica así: “Es coger una molécula pesada y partirla en moléculas pequeñitas mediante un catalizador…”. ¡Plop! Es cuestión de fe: no entendí, pero le creo. 

Por fin salimos con la ingeniera Wendy Zuluaga a hacer un recorrido por la refinería de Barrancabermeja y por el campo petrolero vecino, que lleva el nombre de Campo Casabe. Una parte está en Barranca y otra en Yondó, al otro lado del río Magdalena. 

A la refinería llegan entre 230.000 y 260.000 barriles diarios de crudo. Todos vienen por tuberías, algunas de las cuales atraviesan medio país. Aquí se refinan, en promedio, unos 240.000 barriles diarios. 



La fórmula secreta de Ecopetrol

Casi todo el personal se encuentra en salas con aire acondicionado y terminales de computador desde los cuales gobiernan todas las actividades del complejo petrolero. No necesitan moverse de su escritorio para realizar las operaciones y las mezclas necesarias para obtener gasolina extra, corriente y de avión.

Terminamos la visita a la refinería y las únicas muestras de crudo y de gasolina las vimos en un recipiente de laboratorio. De aquí en adelante, ya el crudo ha sido transformado en diferentes productos. Uno de ellos es la gasolina, que sale de la refinería por diferentes tubos que van para lugares como Buenaventura, Neiva, Yumbo y Bogotá. 

El tubo que surte a Bogotá entra por Fontibón y finaliza en la planta de Puente Aranda, en el corazón de la ciudad. Le dicen poliducto, porque por allí mismo envían en forma permanente ACPM, gasolina extra, corriente y gasolina de avión. El ingeniero Juan Carlos Ramírez explica que el combustible viaja como los vagones de un tren: cada vagón es un ‘bache’ de un producto. Los ‘baches’ van separados por lo que ellos denominan ‘cuñas’, otro líquido que no deja que se mezclen. Otro asunto de fe, de física y de química. 

El asunto es tan delicado como una cirugía. Un operario experto permanece atento frente a la pantalla de un computador para cerrar la compuerta del ACPM, por ejemplo, justo cuando termina de llegar el ‘bache’ de esa sustancia, y abre la compuerta para el siguiente ‘bache’, que podría ser gasolina de avión. 

El viaje de la gasolina desde Barrancabermeja hasta Bogotá demora unas ocho horas, casi lo mismo que una flota de expreso Brasilia. 

La coordinadora de la planta, la ingeniera Ana Lucía Castro, explica que en Puente Aranda, Ecopetrol marca la gasolina con un químico cuyas características solo conocen ellos y la policía de hidrocarburos. De esa forma, las autoridades pueden detectar si una estación vende gasolina ilegal. 

Esa fórmula es, quizá, el secreto mejor guardado de Ecopetrol, pues de caer en manos de delincuentes podrían convertir gasolina de contrabando en gasolina legal. 

Por esa razón, el tanque donde se le adiciona la sustancia química a la gasolina permanece dentro de una celda con barrotes, malla, alambre de púas, cámaras de vigilancia, sellos plásticos y cuatro candados de seguridad. 

Una vez marcada, la gasolina sigue su camino hacia los tanques de las empresas mayoristas: Chevron, ExxonMobil, Petromil, Petrobras y Terpel, ubicados en un lote vecino. 

En uno de estos depósitos se abastece un camión cisterna que, dos o tres veces a la semana y siempre de madrugada, descarga gasolina y ACPM en los tanques subterráneos de la estación de combustible K.L., de la séptima con 85. 

Así llegaron los 18,5 galones de gasolina corriente con los que le llenaron el tanque a la camioneta Pathfinder de Daniel Salazar.

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