El centro de ese mundo era mi casa, que estaba ubicada en el marco de la plaza, tenía un gran patio central, solar al fondo y cinco o seis habitaciones sombrías, comunicadas unas con otras. Como a casi todo el mundo, en esa primera etapa de mi vida me sucedieron cosas definitivas; en mi caso, la experiencia del sarampión, que hizo que me encerraran en mi cuarto con los bombillos envueltos en papel celofán rojo: un extraordinario mundo fantasmagórico. Poco después me enteré, con horror, por boca de alguien imprudente, de que los niños también se mueren, y esa certidumbre empañó un tanto mi felicidad de aquellos años. También supe que no muy lejos del pueblo, en el monte, había “chusmeros”, unos hombres que se mataban entre sí en nombre de liberales y conservadores. Cada tanto bajaban sus cadáveres envueltos en costales. También tuve allí mis primeras y peores pesadillas: como alguna empleada tuvo a bien contarme de la existencia de la patasola, de la monja sin cabeza y de otras atroces apariciones, a medianoche yo abría los ojos en mi habitación a oscuras y temblando de pavor, tapada hasta la cabeza con las cobijas, oía cómo aquellos engendros arrastraban sus pies por los corredores. Muchas veces, claro, el pavor me llevaba hasta mis padres, que trataban de disuadirme de la existencia de mis monstruos. Una vez, sin embargo, en que me encontré, estupefacta, con que ellos no estaban en su cama, me armé de valor, y sin decirle nada a la empleada ni a mi hermana, que nació con hígados de acero y dormía plácidamente, me chanté un abriguito sobre la piyama, me calcé los zapatos sin medias, y salí en su búsqueda a las calles oscuras. Me veo, minúscula, atravesando la calle empedrada, en la que los caballos diariamente hacían sonar sus cascos. Y es que, aunque suene a que tengo la edad del profesor José Galat, hay que decirlo: yo nací en un pueblo donde no había carros. Y no porque no existieran, sino porque no eran necesarios. Solo una especie de bus de escalera, pintado de colores —o así lo recrea mi imaginación— llevaba a los viajeros hasta el aeropuerto. Cómo llevaron ese aparato al pueblo, sigue siendo un enigma para mí. Pues bien; de pronto, atraída por unos cantos, me vi a las puertas enormes de un lugar iluminado y lleno de gente: eran los parroquianos que asistían a la misa de cinco, entre los que se contaban mis papás.

Fue así como descubrí uno de los escenarios más poderosos de mi infancia: la iglesia. Allí pasaban cosas asombrosas, fascinantes, aterradoras: había unos vitrales que, cuando hacía sol, coloreaban de azul, rojo, verde, las caras de los feligreses; y también unos santos atroces, con ojos vidriosos, cuyas miradas estaban destinadas a mí exclusivamente; y un cura vociferante que hablaba del pecado y que me reveló que, en razón de mis malos pensamientos, ya estaba condenada al infierno. Todo eso en medio del olor más exultante y místico de todos los olores: el del incienso, que como en el poema de Baudelaire, “al expandirse incitan a un indecible ascenso”. Pero era en Semana Santa, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, que sucedía lo más impactante de todo: mientras afuera, alrededor del parque, alguien hacía sonar una matraca ensordecedora, la enorme tela morada que cubría el altar se rasgaba al filo de la última de las siete palabras, en medio de un estruendo de tambores, y un juego de falsos relámpagos. Años después, cuando estudiaba la historia del teatro, pude entender que en aquel pueblo yo viví mi propio medioevo. El día del Corpus Christi, por ejemplo, en muchas esquinas del pueblo había pequeñas representaciones, y el carnicero podía estar disfrazado de Judas, y la maestra de Virgen y el dentista de diablo. Ni qué decir de las rogativas para que lloviera: los niños nos despertábamos una o dos veces al año con un murmullo de letanías sollozantes. Y cada tanto veíamos pasar al cura con los ornamentos y debajo de un palio llevado por cuatro monaguillos llevando la eucaristía a un moribundo.

No, señores, no fue en el siglo antepasado, sino a finales de los años cincuenta del siglo XX. Pero como en el medioevo, en aquel pueblo no había luz. Por lo menos durante el día. Cuando llegaba, a las seis de la tarde, y se encendían todos los bombillos y los radios del pueblo, yo corría a oír mi programa favorito: el de Alejandro Michel Talento. Fuera de aquella pequeña dosis de radio —a veces al lado de mi papá, que oía emisiones de otros países que nos parecían un milagro—, no había mucho más, pues la televisión no había llegado hasta allá. De vez en cuando una película, en un teatro cuyas máquinas eran manejadas por mi padre y por mi abuelo. La voz de mi papá por el altoparlante nos sobresaltaba, por inexplicable. Y lo demás era el aburrimiento, acompañado de una frase indefectible —mamá, ¿qué hago — o unos cuantos juegos, más bien elementales: jugar a “la comidita” con ollas, platos, teteras, algo que no me llamaba la atención; hacer vaciados en tapas de mermelada con esperma derretida a las que les insertábamos alguna figurita; recortar en cartón una mesa con sus taburetes; dibujar (más tarde, a los 8 o 10, recibí uno de los más maravillosos regalos de mi vida: una caja de Prismacolor de dos pisos, de 72 colores. El que más curiosidad me causaba era el color “carne”). Elevar cometa, qué emoción. Y muñecas, sí, claro, sobre todo una que adoré, negra ella, que me regaló una tía que ya era consciente de la importancia de apreciar la diferencia. Y también una lista de regalos frustrantes: todos los juegos de monopolio que me llegaron el día de la primera comunión, ya en Bogotá. Los patines ordinarios, con “uñas” que no apretaban, mientras los vecinos tenían unos Chicago. Y la falda escocesa y la maleta del colegio que llegaron en vez de la bicicleta que esperaba.

Desde los 5 años, cuando aprendí a leer, los libros se me volvieron manía. Las mejores horas de mi infancia las pasé en un cuarto de techo muy alto, donde había una biblioteca, leyendo cuentos infantiles. En Bogotá, descubrí los cómics —Supermán y Luisa Lane, la pequeña Lulú y la bruja Ágata, Bugs Bunny, Archie y Periquita— que cambiábamos después de matinal en la puerta del Teatro Santa Fe, al lado de la Parroquia del Divino Salvador. Fueron los últimos días de mi infancia, antes de que la adolescencia me llevara a Dostoievski y a Balzac, al internado al que me enviaron por rebelde, y a la poesía, que durante un buen tiempo se nutrió de mi infancia macondiana.

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