El arte, entendido como el disfrute de los sentidos, es idéntico al sexo: o entra bien o no entra.
A estas alturas de la humanidad, todos podemos aceptar que nuestro individual sentir y nuestros sentimientos son los que más contribuyen a hacernos y a definirnos. Configuran nuestro "YO PROFUNDO", esas raíces ocultas y a veces incluso no detectadas ni por nosotros mismos, que generan y condicionan muchos de nuestros comportamientos.
Tratar de penetrar e influir en el sentir de los demás es ambición que desde siempre ha ocupado a mucha gente. Políticos, religiosos, empresarios, publicistas, columnistas, cada uno por su lado trata de influir en el sentir de todos para convencernos o imponernos lo que ellos creen la verdad.
Cuando hablamos del arte en cualquiera de sus múltiples vertientes, la pintura, la literatura, el cine, el teatro, la música y el etcétera, quienes tratan de influirnos con su personal sentir son los conocidos como "críticos de arte".
Por principio, se entiende que un crítico de arte es alguien que como consecuencia de sus estudios, sus conocimientos y su experiencia, viendo lo mismo que nosotros, siempre ve más. Y este ver más le autoriza a definir, alabar o destripar la obra que se le ponga por delante, de acuerdo con algo que es determinante y de lo que nunca se habla: SU concreta, personal e intransferible forma de sentir.
-¿Te gusta María Victoria? A mí me vuelve loco.
-¿Qué le encuentras?
-Es profundamente inteligente. Y físicamente es un diez. ¡Tiene cuerpo de sirena!
-Pues a mí, ni regalada. La encuentro diezaburrida y diezflaca. Es que yo soy muy exigente, yo siempre he sido muy crítico con las mujeres.
¿Dijo exigente? ¿Dijo crítico? ¿Exigente y crítico de qué?
Aclarémoslo. Solo de su personal e intransferible forma de ver y entender al otro sexo. Y cuando pretende elevar sus criterios a nivel de principio universal, estamos asistiendo al principio del fascismo sexual.
A mí, como escritora, también y a mucha honra me han apaleado. Honestamente, han sido pocos, pero en cualquier caso sabrosos, lo cual, por el solo hecho de romper con la vulgaridad organoléptica, siempre es de agradecer. Para algunos, porque parece ser que no acabo de cumplir con los parámetros-perfiles-tendencias al uso. Si quieres ser aceptado como buen escritor debes ser visto como ligeramente distante, medianamente afable y soberbiamente complejo. ¡Uf! ¡Debo reconocer que soy definitivamente penosa para los críticos plastificados de humanismo! Me fascinan los seres humanos, lo normal-habitual y el imparable poder de la sinceridad sin cirugía estética. Y me fastidia, por su carga de soberbia y, en consecuencia, de inutilidad, la distancia, el rictus sabioviviente y la cool-pose "no te me acerques demasiado-en exceso".
Apaleos, poquitos pero los tengo. Hoy por hoy, aún soy capaz de recordarlos y enumerarlos.
El crítico: -Los nombres que Ángela pone a algunos de sus personajes son intelectualmente facilones. Concepción Cienfuegos para una pirómana, Martín Amador para el amante, Ilusión Oloroso para una pesimista, David Piedra para un escultor. Y así. ¡Es inadmisible!
Ángela: -¡Socórreme, Miguel! ¿No fuiste tú quien en El Quijote, al gordito le pusiste Sancho PANZA, y a la divinidad de tus sueños eróticos, DULCINEA?
Otra.
El crítico: -No podemos editarla. Un libro no puede ser a la vez profundo y divertido.
Ángela: -¿Y usted, qué? ¿Se pasa el día riendo? ¿O le gusta más llorarlo de a.m. a p.m.? ¿Aún no se ha enterado de que la vida es el resultado de sumas menos restas más divide mientras multiplicas? Entiendo: usted es un crítico de clausura.
Otra.
El crítico: -En su novela existe una excesiva disgregación. Usted separa, disgrega lo que para muchos debe permanecer unido. ¿No entiende que puede sorprender en exceso? La veo excesivamente ambiciosa.
Ángela: -Todos somos trapecistas de la vida y, lamentablemente, se acabó el salto con red. Mejor saberlo y recordarlo a cada instante.
Otra y última (por ahora).
El crítico: -Ángela Becerra abusa del neoplasmo.
Ángela: -De neoplasmos, ni idea. Ni sé lo que es ni me interesa saberlo. Pero consultado, para reafirmarme en plan morbo, el diccionario, lo más parecido es "neoplasma": tejido celular de nueva formación.
Deduzco: puesto que mi tejido celular son las palabras, parece ser, o al menos entiendo, que les estoy dando una nueva formación.
Y pienso en mis lectores. Y en la vida de a diario, hecha en su parte más constructiva de hermosas nostalgias y prometedores futuros. Y en la cara amable, bella, buena y mágica de mi entrañable Colombia. Y al final, cuando en uno de los últimos pestañeos de la noche me merodea la crítica, suspiro y pienso en la vida. Y en la sinceridad que a ella le debo. Y me duermo, pensando que mañana tendremos que construir otro día.

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