A mi viejo lo tenía Amenazado:

—Un día voy a escribir la verdadera canción, así se enteran verdaderamente quién sos y cómo sos. La canción también se va a llamar Mi viejo... pero Mi viejo verde. Se llamaba Pascuale Anunciato De Benedictis. De Pacuale a Pascualino y de ahí a Lino. Y, finalmente, don Lino. (Mi papá es Pascual Guerrero (el del estadio de Cali))

Él se vino desde Italia “a hacer” la América en 1947, terminada la Segunda Guerra Mundial. Después de un largo año, nos mandó los pasajes a mi madre, a mi hermana y a mí. Nos instalamos en Banfield, al sur de Buenos Aires. Puso un negocio muy bonito donde vendía radios, tocadiscos y discos. Una mañana fue a abrirlo, y su socio le había robado todo, hasta las vitrinas y los mostradores. Ya que debía comenzar de nuevo, un amigo lo animó a mudarnos a otro sitio, a tomar otros rumbos, y fue así que nos establecimos en Allen, en el Alto Valle de Río Negro, a unos 1200 kilómetros de Buenos Aires.

Mi padre padecía una “enfermedad crónica” corroborada por especialistas, festejada por los amigos y motivo de intensas peleas con mi madre, de quien se separó a mis 12 años. Su enfermedad no era otra que la de ser un mujeriego incurable, un amante de la noche. Siempre de punta en blanco, repartía caramelos a las vendedoras de las boutiques de la famosa calle Florida con el objetivo de robarles un beso —cuanto más cerca de la boca, mejor—, antes de llegar finalmente a su destino, que era jugar al billar con sus coetáneos.

Don Lino se destacaba por ser amigo de sus amigos. Siempre una cena era motivo para charlas interminables con Facundo Cabral, con Nicola Di Bari, con Alberto Cortez, con Gian Franco Pagliaro, entre otros. Amante de la cocina fatta in casa, su soltería obligada lo condujo a ser un chef muy exitoso. (Test: ¿La vida le está pidiendo un hijo?)

Era increíble: vivíamos a 50 metros de distancia sobre la misma vereda, él venía a visitarme periódicamente y yo, normal y desprevenido, le preguntaba: —¿Cómo andas, papá? —Do polvo... Yo llegaba de viaje, lo saludaba, y nuevamente: —¿Cómo vas, papá? —Un polvito, ¡pero maraviyoso!, ¡espettacolare! Y así siempre. No terminaba de acostumbrarme. Sus respuestas al “¿cómo andas?” eran “un polvo”, “do polvo”, “tre polvo”... alguuuna que otra vez.

Claro, el tiempo pasaba, y ya con 80 y tantos... —¿Cómo andas, papá? —Non sirve má, te juro que e una porquería... ¡Non sirve ma! ¡Parece un pincelito! Y te digo lo peor: ante, de vez en cuando, ma ahora ni aldente se pone... ¡Mamma mia, qué tristezza!

Respecto a la canción, todos los días nos juntábamos de 12:00 del día a 8:00 de la noche, en el monoambiente que alquilaba José Tcherkaski. Allí trabajábamos en las nuevas ideas y compusimos nuestras primeras canciones: Juan Boliche, No te vayas, Llegando llegaste, Como somos, Tengo la piel cansada de la tarde, Si vos te vas, entre otras. Y surgió: habría que hacerle una al padre, pero que no fuera “papito lindo, te quiero mucho y hoy te canto esta canción...”. Sentíamos que debíamos escribir algo más pesado. Un homenaje, un agradecimiento. El tipo nos dio la vida, nos dio toneladas de energía. El tipo fue nuestro superhéroe y tantas cosas más. Durante varios días hablamos de la idea sin meternos en la canción, solo hablando. (No tengamos hijos. Por: Alejandra Omaña)

Un día de pronto llegamos, nos pusimos a trabajar y salió de una, en un ratito estaba hecha. Y nos gustó, tenía fuerza. Al terminar, me dieron unas ganas locas de cantársela a mi papá, pero, claro, mi papá era joven, apenas tenía 48 años. Igual me fui corriendo, moría por cantársela y ver su reacción. Justo estaba solo en casa. Así que cierro la puerta, descuelgo el teléfono y me lo llevo al living; agarro la guitarra, saco la letra, la pongo sobre la mesita y le digo: “Escucha este temita nuevo”. Y arranco a cantárselo: Es un buen tipo mi viejo... Yo lo miro desde lejos... Con tranvía y vino tinto... Entonces levanto la vista y lo veo llorando. Nunca lo habíavisto así. Empecé a llorar yo también, apenas si podía hablar:Viejo, mi querido viejo... Y así la tercera, la cuarta estrofa. Un verdadero parto hasta el estribillo final. ¡Por fin terminé! ¡Uf! Ahora, que diga lo que quiera.

Esperé. Él seguía llorando descaradamente. Yo también. No me contenía, llorábamos a la par. Pasaron como tres minutos de silencio: una vida, una eternidad. Saca el pañuelo, seca sus ojos, me mira, limpia sus anteojos, se organiza, se incorpora, me mira fijo y me dice: —¡Ma quien camina lento, la puta que te parió! (La carta de Pedro Santos a su papá)

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