Desde mi adolescencia he sido como me llaman algunos de mis detractores: un enano resentido. De fondo, la descripción no me ofende, ya que se ajusta a algunas grandes personalidades como Napoleón o Álvaro Uribe. (Al presidente Santos no lo metamos en esta colada porque a lo mejor sea enano, pero no resentido; aunque arribista, de pronto). La mayoría de enanos, en efecto, somos resentidos, y creo que eso tiene que ver con el sexo: los enanos necesitamos desesperadamente llamar la atención y hacer berrinches, de viva voz o por Twitter, para compensar nuestra falta de estatura.

Tengo un amigo gay que el año pasado me dio un regalo: un perrito York Shire Terrier de esos que las divas cargan en las carteras. No es un perro muy masculino, pero Evelio (así se llama) es un mero macho.

Hace días, Evelio se topó con una perra labrador que estaba en celo. Como el pobre se está desarrollando, se dedicó toda la tarde a tratar de alcanzar lo imposible. El espectáculo era entre tierno y patético. La perra prácticamente lo arrastraba, colgado de una pata, y él, con la lengua afuera y visiblemente mamado, insistía e insistía. Tuve que llamarlo al orden antes de que le diera un infarto, porque al pobre Evelio nadie le metía en la cabeza o, mejor, en el ADN, que no iba a alcanzar.

Fue en ese momento en que me di cuenta de que los perros se parecen a sus dueños. Y que definitivamente el tamaño sí importa.

En la adolescencia, por un problema endocrinológico, medía 1,45. No cambiaba de voz. La zona pélvica permanecía como la de un metrosexual: sin un solo pelo. Entonces, al igual que Evelio, insistía e insistía con la esperanza de aparearme o de, al menos, darle un beso francés a alguna chica. Pero, escasamente, y con dificultad, lograba que alguna bailara conmigo. Finalmente me enamoré. Ella era divina y muy divertida, y cuando por fin le pedí el cuadre, me miró con ternura y me dijo: “Pirricito, yo también te quiero, pero como un amigo”. Trágame tierra, lo sabía: me hubiera quedado callado.

La diferencia entre Evelio y yo es que después de su desafortunado intento sexual, él siguió su vida tan tranquilo. Al otro día no estaba frustrado ni acomplejado. En cambio yo, como todo humano, caí en los horrores del pensamiento racional, dispuesto a compensar el fracaso llamando la atención de otras maneras. Hay que ver de lo que un enano resentido es capaz para nivelar el juego: reinos han caído, guerras se han declarado y grandes inventos y talentos se han parido en la frustración de un bajito, algunos maravillosos como los de Toulouse Lautrec, Prince, Roman Polanski o, por qué no, Tom Cruise, que le prohibía a Nicole Kidman ponerse tacones para que no se hiciera aún más evidente su corta estatura (¿sabían que usa zapatos con plataformas escondidas para ganar centímetros, y que Lenny Kravitz también?). Otros nefastos, como Hitler, y Franco, y Mussolini y…

Finalmente crecí; poco, pero crecí. Alcancé esta estatura de 1,66 y hoy estoy seguro de que mi poca altura determinó mi personalidad, la tendencia para burlarme de mí mismo aun en situaciones como las que viví con “Laura”, nombre cambiado para efectos de este artículo.



***

No hay nada más intimidante que una mujer bonita, o peor, una mujer bonita que sea más alta que uno. ¿Sabe qué se siente estar parado frente a una chica desnuda que le lleva 20 centímetros de estatura? Para ser gráficos, lo que se experimenta es una contracción violenta del esfínter anal: no entra ni una aguja. Ese día en que ‘Laura’ por fin decidió dármelo, todas mis inseguridades me llevaron al pánico y entendí por fin, de manera física, el significado de la palabra ‘culillo’.

Nos habíamos besado por un rato en el sofá. Pero las cosas empezaron a fluir con más velocidad de la que yo esperaba. Después de haber pasado por primera, segunda y casi tercera base, mi mano derecha se había deslizado por su abdomen plano y bronceado, separando el encaje de sus pantis de algodón, rozando unos incipientes vellos rubios y suaves para finalmente encontrar ese punto mágico que corona la parte superior de los ‘labios menores’. Como por instinto, mi cabeza siguió a mi mano y en pocos segundos sentí por primera vez su sabor. Ninguno de los dos pensaba, solo sentíamos. ‘Laura’ no solo era la primera mujer más alta con la que yo estaba, sino también era la primera de esa exótica especie bogotana que pasta en las llanuras de la Uncoli. No sé qué habrá visto en un tipo bajito y foráneo como yo, pero ahí estábamos, y, paradójicamente, yo era el de las dudas. Con una arrechera como de película, ella sacó mi cara de entre sus piernas, se paró y comenzó a arrancarse el resto de la ropa, yo hice lo mismo y ese fue el problema: cuando levanté la cabeza estábamos desnudos frente a frente, ella me deseaba y yo pensaba: “Jueputa, es más alta que yo, y yo no bailo”. Sí, miedo, pavor…

Hay que ver la cantidad de videos que una mente asustada es capaz de fabricar, cuántas veces hemos matado el tigre y nos hemos asustado con el cuero. Y así la tenía yo ahí, frente a mí, en cueros. La indecisión me poseía, las piernas me temblaban y la erección amenazaba con terminarse: “Dios mío, ¿qué hago?”. El miedo es como una bola de nieve y el pánico, el mejor amigo de la disfunción eréctil. Fingiendo seguridad, la tomé de la mano y la llevé corriendo hacia mi habitación. Habrá pensado que yo era un gran polvo cuando la arrojé súbitamente sobre la cama, pero en realidad lo que quería era eliminar el factor vertical y llevarla a una horizontalidad que me fuera más propicia, y mientras ella me abrazaba con las piernas, gemía, me besaba y se agarraba los pechos con un dejo de desesperación, yo fingía unos tímidos gemidos “uh uh uh”, mientras hacía cuentas: “Si su tronco mide tantos centímetros y el mío tantos centímetros y la estoy besando, ¿cómo voy a hacer para metérselo? Seguramente no voy a alcanzar. Mierda, por el lado del misionero no es...”. Entonces tomé un impulsito y giré sobre mí mismo para que ella quedara encima de mí, se sentó a horcajadas y con la mano empezó a buscármelo para sentarse sobre él, y entonces sí que la vi inmensa. “Diablos, si todo es proporcional y ella es tan grande con respecto a mí, ¿su coño también será tan grande con respecto a mi penecito?”. Para mi sorpresa, las cosas parecieron encajar muy bien y podría jurar que ella se lo estaba pasando de maravilla; comencé a tranquilizarme, a dejarme ir y aunque me quedaba lejos la traje un poco hacia mí para alcanzar a tocarle esas tetas divinas que tenía antes de que se las operara. Mis temores empezaron a desaparecer, al menos por el momento, entonces aceleró un poco y de pronto dejó caer sobre mí todo ese pelo liso y rubio que la hacía aún más espectacular. Había ‘terminado’. Así, jadeante, se recostó a mi lado y me abrazó contra su pecho. Yo seguía más tieso que guadua de retén, pero en esa posición tan maternal no era capaz de insinuarle nada hasta que me preguntó: “¿No te has venido, cierto? Le contesté con un tímido “no, señora”, y con una mueca picaresca como de querer seguir, me dijo: “¿Cómo te gusta?”. No atiné a decir nada, ella respondió por mí. En cuatro, me dijo: “Hummm, delicioso”. ¿Qué podía decir? “Bueno, sí, señora”. Apoyada en las rodillas y los brazos, me ofreció ese culo divino como si fuera la mismísima fruta del pecado original. Para qué lo describo, era perfecto. Solo había un problema: me quedaba justo a la altura del pecho. “Ánimas benditas, ayúdenme; José Gregorio Hernández, ilumíname”, pues ya había practicado la famosa posición del perrito y se puede acceder de dos maneras, arrodillado o desde un ángulo un poco superior ligeramente en cuclillas, el problema es que en ninguna de las dos llegaba, lo que es la falta de confianza, ¿no? En vez de reírme de la situación y pedirle que se acomodara empecé a tratar de arrastrar los cojines hacia mí pretendiendo que no se iba a dar cuenta. Finalmente logré poner la rodilla izquierda sobre la improvisada plataforma y apoyarme un poco en el pie derecho. No, qué dolor, me estaba dando un calambre, y la posición apenas me había dado para una mínima penetración, se me corría el cojín, se me salía el pipí, me volvía a acomodar, cambiaba de rodilla, hasta que ante tan torpes movimientos, ‘Laura’ paró, se volteó y me dijo: “¿Qué te pasa?”. Entonces vio las almohadas, tal vez las había sentido, pero no las había visto apiladas, soltó una estruendosa carcajada, se dejó caer de lado sobre la cama y otra vez patas arriba le dio un ataque de risa de esos que hacen doler la barriga y todo. “Pirricito —me dijo—, no seas tan chistoso”, y con los cachetes colorados que me caracterizan aún más colorados, el pipí reducido a su mínima expresión y absolutamente achantado, me senté en la cama, de espaldas, quería llorar, esconderme, qué oso. Pero ella me abrazó, me besó, y aunque es casi diez años menor que yo, me dijo: “No seas bobito, ven”. Algo que entendí como fresco, sé tú mismo. No sé si eso habrá querido decir, pero unos minutos más tarde, exactamente dos, yo estaba experimentando un orgasmo espectacular de las dimensiones de una mujer espectacular como ‘Laura’, la primera mujer que me enseñó que cuando alguien en verdad te gusta la estatura es lo de menos.

FOTOGRAFÍA: NATHALIE GUíO / ASISTENTE: JOHAN BELTRÁN

PRODUCCIÓN: NICOLÁS PINZÓN / ALEJANDRA MUÑOZ

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