También es atractiva la condolida reflexión de Eduardo Galeano, según la cual América Latina sigue trabajando de sirvienta, enviándoles materias primas y alimentos a los países ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo que nuestro continente gana produciéndolos.


Comprendo también que muchos jóvenes, como me ocurría a mí cuando tenía su edad, consideren más que justo una mejor distribución de la riqueza a cargo del Estado, de modo que el rico sea menos rico y el pobre menos pobre, así como la eliminación de latifundios acompañada de un equitativo reparto de la tierra. Es decir, lo que se propuso Fidel Castro y su revolución.

No me extraña tampoco que a estos sueños se sume ahora el que propagaba Chávez y que se identifica hoy con el llamado socialismo del siglo XXI. No parece a primera vista impugnable que los gobiernos identificados con esta corriente ideológica busquen dar prebendas, almuerzos gratis y otros muchos subsidios del mismo género a los sectores marginales que viven en cerros y suburbios.

En resumen, tales sueños identificados con la izquierda desde luego me gustan. Lo único malo es que la realidad no se compagina con ellos. Si volvemos al sueños de Marx, aquel de una sociedad sin clases, vemos que quienes intentaron llevarlo a la realidad, como stalin, Mao Tse Tung o Pol Pot, produjeron en sus países millones de muertos. Cuba, que los alimentó también, pasó de ser el tercer lugar en desarrollo de América Latina al penúltimo, antes de Haití, con una economía rota, vertical caída de la producción agrícola, escasez alarmante de productos básicos, deuda externa impagable , muy bajos salarios (equivalentes a solo 20 dólares mensuales), y una pobreza extendida a todo el mundo con excepción de una nomenclatura llena de privilegios. Algo parecido podría decirse del llamado socialismo del siglo XXI, que ha hundido a Venezuela en una devastadora crisis.

El izquierdista elemental, que cuidadosamente Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa y yo bautizamos como el perfecto idiota latinoamericano, comulga con todos estos mitos.

Hay, desde luego, una izquierda moderna y realista que me gusta. Presente hoy en Basil, Chile y Perú y Uruguay, respeta la democracia y combina la libertad política con la libertad de mercado, poniendo especial énfasis en la educación técnica y científica al alcance de todos, a fin de que mediante la creación de pequeñas y medianas empresas se absorba a los sectores marginales para ampliar la clase media. Esa es una buena vía, alejándose cada vez más del mito y acercándose, por fin, a la realidad para obtener resultados.

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