Si no es por Alberto Peñaranda, fundador y dueño de Punch Televisión, yo nunca habría salido en televisión. En 1954 yo trabajaba como mayordomo en un buque de la Flota Mercante Grancolombiana. Un día, estando en Buenaventura para zarpar hacia Inglaterra, el señor Peñaranda me vio cantando y diciendo unas cuantas bobadas y se le ocurrió proponerme hacer lo mismo, pero para la televisión. Le contesté que no me interesaba y me retó al decirme que si más bien no era capaz. Así terminé viajando a Bogotá sin saber que a eso me dedicaría por el resto de mi vida. Mi primera participación fue en Agencia de artistas y mi primer error lo cometí al presentar al aire la canción de Agustín Lara, Noche de ronda, como Noche "berrionda". Como la televisión en ese tiempo era en vivo y en directo aprendí algo que es muy difícil de aprender en Colombia: la puntualidad. Lo que definitivamente nunca aprendí a manejar fue la memoria. Por eso siempre escribía apartes de los libretos en pequeñas hojas que me pegaba en las suelas de los zapatos; así, si en algún momento se me olvidaba algo, simplemente cruzaba las piernas y me ponía a leer.

Son muchos los programas que recuerdo de manera especial. Animalandia fue el que me hizo popular, porque los niños empezaron a reconocerme en la calle. El programa del millón logró que, aún hoy, en la calle, me sigan diciendo "Pacheco, dame la a". Con Música maestro pude satisfacer una frustración de toda mi vida: aprender a tocar un instrumento para poder dirigir una orquesta. Quiere cacao ha sido, quizás, el de mayor rating y en Charlas con Pacheco no hice periodismo; Bernardo Romero Pereiro me dijo que lo que tenía que hacer era charlar con los entrevistados pues, al fin y al cabo, mi mayor virtud era la de ser un gran conversador. Solo por eso, y por nunca haber posado de intelectual, fue que Ómar Torrijos me dio una entrevista memorable: cuando me preguntó que a qué tipo de personas entrevistaba yo, le respondí que a gente común y corriente. Recuerdo muchas cosas, como las veces que terminé en las enfermerías por hacer de torero, o la vez en que me fracturé una rodilla por haberme tirado en paracaídas. Pero lo que nunca olvidaré es el comercial de la Lotería de la Cruz Roja, que sirvió para inventarme una frase que le daría recordación a la marca: "Por los mismos doscientos pesitos".

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