Creo en el Padre, en el Hijo y, sobre todo, en el Espíritu Santo, quien me alcahuetea esta historia. No hubiera creído en Cristo de no haberme hecho digno de ello. He referido muchas veces de manera informal, no siempre con el ánimo de que me crean sino de que valoren la imaginación que me acuerdan, esto que me comenzó a suceder a los 26 años en Bogotá, tomándome de sorpresa y llenándome de luces por donde gire, especie de vértigo psicodélico que todavía no termina. Han pasado a partir de entonces otras dos terceras partes de mi vida, a todo dar las más fulgurantes, sin que haya encontrado el momento ni el lugar adecuados para manifestar pública y convincentemente la solicitada y esperada —por los maestros del Club de Arriba— y prometida confesión a los cuatro vientos —que ya se me está venciendo— de que no solo estoy con Cristo, sino embocado de todo corazón en la segunda gesta crística que será la definitiva. Eso debería hacerlo desde la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, donde ya he estado inspeccionando. Pero como tiene un tufillo a cisma, no lo veo posible. La mayor parte de las veces se me ha tomado a broma, considerando que las maravillas que narro obedecen sin duda a la buena suerte o a mi inveterada exageración. Para otros esas aparentes boutades merecen alta consideración y respeto. Han sido ensayos de cumplimiento con los maestros que me convocaron a su causa sin perder del todo la imagen de descreído que supe vender con mi grupo de escritores terrestres desde que surgimos como insurgentes. En la revista SoHo me han sucedido parte de estos fulgores, como la recuperación del pelo y el vuelo en parapente, en cuya última crónica recordé mi encuentro con Cristo y con su principado de conspiradores cismáticos. Si así ha de llamarse a quienes no tragan entero. Ahora es esta revista la que me abre sus prestigiosas y cotizadas y muy leídas páginas para que desnude mi alma en este rimbombante acto de fe. (Por qué no creo en Dios)

El jueves 23 de noviembre de 1967, deambulaba por Bogotá hecho un tango apache, había perdido a mi amante modelo, André Breton se había marchado en un camión de mudanzas, portaba una venérea de cariño, no tenía ni cinco ni dónde dormir, estaba sin un chimbo, como se dice, de modo que entré a tomarme mi última cerveza a ver qué pasaba en el bar Zhivago, en la esquina de la quinta con 23. De pronto se me acerca a la barra un hombre de barba y me pregunta si creo en profetas. Le contesto que sí, que incluso creo yo ser uno, pero que no tengo quién me respalde. Me pide entonces que lo acompañe al estudio de la terraza, donde está reunido con otros dos estudiosos terrestres y dos maestros de una dimensión diferente, quienes les han avisado de mi presencia en este bar y de la necesidad de convocarme a la reunión. Al llegar, mi acompañante, que se presenta como Reynaldo Coronel Arroyo, me relaciona con los otros dos caballeros, mucho gusto, Claudio Vernot y Libardo Escobar, quien aparentemente maneja el tinglado. Están frente a una tabla Ouija en el suelo, cuya aguja viajera emite su saludo según lee uno:

—Te presentamos a Jotamario.

—Bienvenido. Haced mayor confidencia y explicación y lo atiendo en 20 minutos. Hablaré por Rey y luego por Libardo. Claudio hace de escriba.

En son de relajo, los circunspectos personajes me cuentan que hace unos meses comenzaron, en la cárcel Modelo donde estaban, o están, encerrados y condenados (“¿Por qué?” —les pregunté ingenuamente—. “Por nada. Asalto a la fe pública, de eso nos acusan” —me contestaron) a invocar mediante el juego de la Ouija a interesantes personajes para emplear preciosamente el tiempo en el espiritismo: Marilyn Monroe, Adolfo Hitler, Jorge Eliécer Gaitán, José Gregorio Hernández, los mismos de siempre. Y que a pesar de que sabían que era un juego peligroso por factibles interferencias de espíritus tenebrosos que buscarían perder o extraviar a los convocantes, en una de esas sesiones se les apareció uno y luego dos y luego un tercer espíritu selecto, quienes les prohibieron ese tipo de prácticas, y si las hacían, solo debían invocarlos a ellos, quienes en vista de sus espíritus impetuosos deberían recibir un mensaje de Cristo que iba a sacudir de nuevo la Tierra. O la historia. O ambas. Se trataba de San Agustín de Hipona, San Nicolás de Tolentino y San Alonso Rodríguez. El tema era que la segunda venida de Cristo consistiría en que vendría a plantear cómo era en realidad su doctrina, libre de las alteraciones que se habían hecho para conformar un credo “al amaño”. Había que rescatar la imagen de Cristo de las falsas iglesias. Y para participar en ello se les necesitaba, y se me necesitaba. La cosa tenía sentido. Seguiría siendo rebelde, afecto a causas perdidas, y con las largas pláticas de los tres maestros, sobre todo de San Nicolás, quedé convocado y comprometido. Me habían revisitado el alma, escarbado mi drama como amante y como escritor y como pretendido profeta. A través del médium parlante Rey, uno de los maestros me dio la bienvenida y terminó con estas palabras: “Te he escogido porque eres significativo dentro de la lucha por la búsqueda de la autenticidad del ser humano cuya esencia has negado a veces más por escandalizar que por íntima convicción”. A lo que hube de responder: “Todo ser humano tiene algo de escandaloso. Tal vez haya sido el escándalo la piedra más poderosa de mi honda. Con algo tengo que atacar”. A lo cual el santo me replicó con estas palabras que aún me resuenan: “Jotamario, vamos a causar el mayor escándalo en la historia de este planeta. No lo dudes un solo instante. Te lo dice Nicolás de Tolentino”. Me hicieron revolcar por el suelo con el informe de que era la encarnación de Nerón, el implacable asesino de primeros cristianos y que me tocaría purgar esa falta. En un momento dado me pidieron que gritara hacia las estrellas: “¡Cristo, creo en ti!”; les confesé que no podía, pues algo interior me bloqueaba. Entonces esgrimieron sus cristos y brincaron en los asientos gritando al unísono: “¡Retírate, Satanás!”, y me arrebataron de las garras del demonio mientras aullaba de la impresión y el espanto y todo fue amenguando hasta terminar en un manantial de luces. (Qué pasa después de la muerte según el catolicismo)

Volvieron a ordenarme: “Ahora di fuertemente: ¡Cristo, creo en ti!”. Seguía sin poder, pero transigí: “¡Cristo, quiero creer en ti!”. “¡Creerás. Ese será tu escándalo!”, sentenció San Nicolás a través de Claudio.

Seguí teniendo ese tipo de comunicaciones, al principio con el grupo inicial, luego con dos, luego con uno y luego con los solos maestros mediante invocaciones directas. Han sido 50 años en que he sido llevado de su mano, ganado amigos espléndidos, amores fuera de serie, oportunidades laborales, libros inapreciables, viajes fantásticos, todo tipo de premios y reconocimientos literarios. Pero ya precisando, y en vista de la segunda venida de Cristo más bien cercana, no a juzgarnos a los vivos y a los muertos sino a replantear su doctrina de amor y de entendimiento a partir de Colombia, habrá que estar alerta para detener al contrincante anticristo. Y como yo seré su encarnación presente, la función es que ese anticristo actual sea ya un convencido cristiano; en vez de un enemigo, un aliado. Ya estoy en contacto con el viejo Nerón por el Sagrado Internet. Le hago una amplia entrevista acerca de su vida que se llamará Nerón Anticristo. Autobiografía no autorizada. Trataré de rescatar por lo menos los textos de sus poemas perdidos. En las pláticas lo conduciré hacia Jesús, buscando mediante su arrepentimiento redimirlo de sus horribles crímenes. Ya hay una hipótesis de que él no fue muerto ni por mano ajena ni propia, sino que se escondió de las contingencias del mundo con su amante cristiana y liberta romana, Claudia Actea. Nerón cristiano a la segunda llegada de Cristo, ¡qué maravilla! Misión en proceso de ser cumplida. A pesar de estar sufriendo en el presente duras pruebas de salud física y moral. Cómo no creer en Cristo si estoy trabajando para su causa futura. Tan solo queda un cabo suelto. Mis maestros preparan a un anticristo converso que sea el Nerón converso vaciado en Jotamario, J. Mario Arbeláez. Se contempla en la parusía que a la segunda venida el anticristo enemigo feroz que espere al Señor sea nada menos que un papa. Y el papa actual también lleva el nombre de Jotamario, J. Mario Bergoglio. Y ya viene para Colombia. Esperemos que en son de paz. Para no tener que aplicar el plan B. Doy fe. (La muerte según la filosofía)

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