Un hombre desesperado, atormentado por la tristeza y la nostalgia, jubilado prematuramente como todo futbolista, separado de su mujer, alejado de sus hijos, apodado Loco como tantísimos arqueros, con dos internaciones previas en un neuropsiquiátrico, camina rumbo a su muerte. Las cartas están echadas. (Gianluigi Donnarumma, el arquero más caro del mundo)

—Dejó la moto a un costado, una moto grande, de buena cilindrada, eh, y se puso así, delante del tren.

Claudio tiene 57 años y habla desde el otro lado del mostrador del puesto de diarios y revistas de la estación de trenes de Vicente López, en el límite norte de la ciudad de Buenos Aires. Claudio trabaja allí desde hace mucho tiempo. “Acá me trajeron en cochecito, ni siquiera caminaba”, sonríe, exagerando, un modo de expresar que vio todo lo ocurrido allí en los últimos 50 años. Basta que alcemos la foto en blanco y negro que recorre nuestro reportaje para que enseguida mueva la cabeza verticalmente y confirme ciertos datos que aún manteníamos en duda. El lugar, el modo, las circunstancias…

—El Beto Vivalda, claro, ¿cómo no lo voy a conocer? Se mató en el cruce de Yrigoyen, a 300 metros de acá. Dejó la moto a un costado, una moto grande, de buena cilindrada, eh, y se puso así, delante del tren.

El “así” lo acompaña levantando los brazos y formando una especie de V gigante con vértice en su cabeza. Ocurrió el viernes 4 de febrero de 1994, aunque misteriosamente la noticia recién salió en los diarios 15 días después. Luego, apenas algún recorte perdido repasando la trayectoria del protagonista. El archivo de la revista deportiva El Gráfico es completísimo, y de Alberto Pedro Vivalda después de muerto no hay casi nada. Solo misterio y preguntas. Hacia allí vamos.

CONOCIENDO A BETO

Antes que nada, en especial para la muchachada sub 40 que casi no lo vio jugar, lo presentamos. Alberto Pedro nació el 10 de febrero de 1956 en la ciudad de Buenos Aires. Pedro, su padre, era delegado de las divisiones juveniles de River Plate, por lo que desde muy pequeño el único hijo varón se incorporó a la escuelita de fútbol del equipo ‘millonario’. “Era muy malo como delantero, así que un día me dijeron ‘pibe, andá al arco’. Me empezó a ir bien, me di cuenta de que las ganaba todas, me entusiasmé y me quedé, pero en el barrio seguía jugando como defensor”, destacó en una de sus primeras entrevistas, en la revista Goles, y de esas palabras entendemos por qué fue un adelantado a la época utilizando tanto los pies. (El arquero de la Eurocopa que juega en sudadera)

“El Beto era el arquero de más futuro en River —revive Luis Landaburu, compañero en el club de la Banda Roja, luego amigo, ídolo del Bucaramanga entre 1983 y 1988—. Tenía unas condiciones físicas impresionantes, técnica depurada de arquero-jugador. En el club, el estereotipo es Amadeo Carrizo, y los que salíamos de River teníamos ese sello de jugar adelantados, de saber usar los pies, de pegarle con estilo. Fue lo más parecido a Amadeo que vi. Venía el córner de la derecha, la agarraba con una mano y hacía la faja, como en el básquet, o sea pasaba la pelota por detrás de la espalda y la sacaba por el otro lado, una cosa espectacular. Yo le llevaba tres años y tengo que agradecerle que se haya ido de River, porque si no, no hubiera atajado nunca, ni le lustraba los zapatos”.

De River se fue por la puerta de atrás. Tanto a Vivalda como a Landaburu les tocó tener por delante al que fue, quizá, el mejor arquero en la historia del fútbol argentino: Ubaldo Matildo Fillol, campeón del mundo con su selección en 1978, dueño del arco millonario por una década (1973-1983). “Tenía un estilo más similar al de Gatti que al mío, pero era un arquero de tremenda personalidad, arquero de equipo grande”, lo evalúa justamente el Pato Fillol para esta semblanza.

Vivalda debutó en julio de 1975 por la lesión de ambos en un partido contra Atlanta. River atravesaba la etapa más oscura de su historia, la de los 18 años sin títulos. Al mes siguiente, a punto de disputarse la anteúltima fecha, se decretó una huelga de futbolistas. La AFA obligó a que se jugaran los partidos y todos los equipos presentaron formaciones juveniles. El 14 de agosto de 1975, en cancha de Vélez, River venció 1-0 a Argentinos Juniors y se coronó campeón. Los hinchas ingresaban al campo de juego y arrancaban el pasto para masticarlo. Esa noche, el arquero de River fue Vivalda. Y también jugaron muchos otros chicos que tendrían su debut y despedida con la Banda. Los futbolistas profesionales, imposibilitados de jugar por la huelga, no toleraron mirarla desde afuera después de cargar durante 36 fechas la mochila de una presión desmesurada y les hicieron la cruz. (El mejor arquero de la historia)

“El Beto era de mi misma edad y nos criamos juntos en las inferiores de River, tenía un temperamento brutal, no pensaba dos veces las cosas”. El que lo retrata ahora es Ramón Gómez, el Mono, centrodelantero que jugó en River solo un partido, el citado frente a Argentinos, y luego siguió su carrera en Colombia, defendiendo los colores de Once Caldas, Pereira y Tolima. Y se detiene en la antesala de aquel partido consagratorio y a la vez condenatorio: “Cuando se decretó la huelga, Vivalda habló delante de todo el plantel de profesionales y les dijo: ‘Yo voy a jugar este partido porque estoy desde los 8 años en el club, llevo la camiseta en la sangre, no como varios de acá. Si alguno tiene un problema personal, que lo hable’. Y te aseguro que nadie habló”. Hugo Santilli, un novato dirigente en aquellos años, quien luego como presidente llevaría a River a la cima del mundo en 1986, no duda: “Después de aquel partido, los pibes no tuvieron más cabida en el club, estoy convencido de que hubo un sabotaje y que la Comisión Directiva recibió alguna presión por parte de los jugadores”.

A Vivalda no le quedó otra que irse de su casa. Al año siguiente pasó a Chacarita y luego a Racing, donde le tocó otra vez ser suplente de un emblema del club, Agustín Mario Cejas. Pero allí se toparía con un hombre decisivo en su carrera, José Omar Pastoriza, quien le terminó dando la titularidad y luego lo llevaría a Colombia junto a otros compatriotas para jugar en Millonarios.

“Éramos bastante amigos con el Beto en aquella época de Racing —relata el Vasco Olarticoechea, luego campeón mundial con la selección en México 86—. Recuerdo que un día, a la salida de la práctica, me pidió que lo acercara hasta la estación de servicio. Ahí me enteré de que el Loco se venía en bicicleta desde su casa de Caballito, eran como 100 cuadras. Le daba vergüenza ir hasta el club por las cargadas. Él decía que lo hacía porque le venía bien para las piernas, yo creo que era para no gastar, lo cual confirma una característica que no falla: los arqueros son muy agarrados del bolsillo. Otra característica de los arqueros es que son loquitos, arriesgan todo por una pelota. Vivalda también encajaba perfecto ahí”.

De la bolsa de mitos urbanos fabricados en el fútbol, uno es que, en Racing, Vivalda se trenzó a trompada limpia con el uruguayo Juan Ramón Carrasco, otro muchacho al que le saltaba la térmica con facilidad. “Jamás me trompeé con el Beto, es un bolazo —se queja desde Montevideo este otrora eximio ejecutor de tiros libres—. Lo que sí te puedo confirmar es que era un hombre de carácter y si había que pelearse con alguien, no le disparaba al asunto. A lo que sí nos desafiábamos con Beto era a los tiros libres. Me cargaba con que no le podía meter goles de afuera del área y nos quedábamos pateando después de la práctica. Era un gran profesional, amaba el puesto y nunca le sacaba el cuerpo al trabajo”. (Franco Armani: Escudero de hazañas)

Miguel Ángel Giachello, centrodelantero que le dio a Independiente la Copa Libertadores de 1973 al convertir un gol en el desempate contra Colo Colo, fue primero rival de Vivalda y luego su compañero en Racing. “El Beto me rompió los ligamentos de la rodilla cuando yo jugaba en Unión —repasa—, se la quise tirar por arriba y este animal salió como una locomotora y me rompió todo. Como compañero era muy jodón y divertido, pero en las prácticas le tenía miedo, porque no medía nada, era medio colino el Beto”. Y traducimos. En lunfardo, colino = loco.

LA CONSAGRACIÓN

Jorge Mario Neira Niño tiene 62 años, es colombiano y se ha sumergido en la historia de su querido club para escribir, entre otras cosas: Las 1001 anécdotas de Millonarios. Se muestra entusiasmado al escuchar desde Buenos Aires el motivo de la llamada.

“Vivalda arribó tras el Mundial 82 —arranca—. Un tipo carismático, que venía con la escuela de River. Tenía fuerza de piernas, era líbero, salía jugando, cortaba con una mano. No llegó a ser campeón por esas cosas del fútbol, pero dejó una huella grande, jugó casi 200 partidos, para nosotros se volvió un hombre legendario aquí, por la calidad y en parte también porque se murió joven. Era un Beatle, por su genialidad, por su estilo innovador, por su estética”. Y ahí nomás, rescata un acontecimiento que nos muestra cuán profunda fue su huella: “Mario Jiménez, el arquero suplente, cometió un acto de indisciplina. El club salió a buscar a un sustituto de Vivalda y consiguió el préstamo por seis meses de un portero que venía de tapar muy bien en el Sudamericano Sub 20 con la Selección Colombia. René (Higuita) era atajador en ese momento, no se movía demasiado de los palos. Llegó a tapar seis partidos en Millonarios y yo digo que él vio a Vivalda y aprendió las salidas y las gambetas, la rapidez de piernas, todo eso que traía el Loco lo fue desarrollando y aplicando. Higuita declaró varios años después que esa cualidad era innata, pero a mí me duele porque no fue así. Su maestro fue Vivalda. René tenía 19 años y lo miraba con ojos bien abiertos”.

Para pruebas, basta un botón, como se dice. Lo registra el propio Neira Niño en su libro: el 12 de agosto de 1984, en un clásico ante Santa Fe, con el marcador 0-0, Vivalda salió gambeteando rivales y cuando llegó a la mitad de cancha se le fue larga. Lo aprovechó José Luis Carpene, quien le robó el balón y convirtió el gol desde 40 metros. Finalmente, Santa Fe se impuso por 3-2 y la junta directiva multó a Vivalda con 50.000 pesos por su irresponsabilidad. Cualquier coincidencia con lo realizado por un arquero enrulado seis años más tarde en la ciudad de Nápoles ante la selección de Camerún no fue una simple coincidencia.

A pesar de sus grandes actuaciones, Millonarios no logró atrapar su estrella número 12: finalizó tercero en 1982, cuarto en 1983, fue subcampeón en 1984 y otra vez tercero en 1985. Entre sus jornadas estelares queda aquella en que paró dos penales en un mismo partido, a Sergio Santín y Miguel Ángel Manzi, del Pereira. O esa otra en la que batió el récord de invulnerabilidad, con 585 minutos sin recibir goles. Neira Niño destaca que, según la opinión del prestigioso historiador del fútbol colombiano Guillermo Ruiz Bonilla, Vivalda fue uno de los mejores arqueros que tuvo Millonarios en su historia, muy cerca de otros dos monstruos, sus compatriotas Amadeo Carrizo y Julio Cozzi.

“Éramos de la misma categoría, del año 56, nos enfrentamos desde los 12 años, él en River y yo en Vélez, éramos los mejores arqueros de la camada y luego nos cruzamos seguido en Colombia, y en los aviones cuando volvíamos a Argentina para las fiestas —recuerda Julio César Falcioni, guardián del América de Cali pentacampeón de entonces—. No tuvimos una relación de amistad, pero nos respetábamos mucho; quienes lo conocían más íntimamente decían que tenía bien puesto el apodo de Loco, aunque yo le decía Beto y él a mí, Pelusa”. (El álbum Panini más caro de la historia)

“Un arquero totalmente distinto al resto, yo lo vi parar la pelota con el pecho en el medio de una montonera de gente. Lo que más me sorprendía es que en partidos difíciles, en los que otro arquero se achicaba o dudaba, este era todo lo contrario”, se suma José Daniel van Tuyne, defensor que fue compañero de Vivalda en Racing y Millonarios y que hoy vive en Rosario, alejado del fútbol. “Era un tipo muy alegre, buen compañero”, agrega Alejandro Barberón, otro compinche de vestuario en Millonarios, que trabaja actualmente con escuelas de fútbol en Necochea, y con una frase nos invita a pasar al infierno: “Siempre andaba con la familia, jamás podía imaginar que pasaría lo que pasó”.

Lo que pasó. El eufemismo que utilizaron casi todos los entrevistados, como si aún les horrorizara nombrar la palabra “suicidio”.

LA CAÍDA

Vivalda volvió a su país a finales de 1985, cuando falleció su padre por un cáncer. Su carrera se extendió por cinco años más en Unión de Santa Fe, Platense, River (en la temporada 1987-88, la reivindicación tras su salida forzada del club), Ferro y Racing otra vez, pero quienes lo conocieron de cerca coinciden en que la muerte de su padre le sacudió los cimientos emocionales. Lo identifican como el punto de partida del desbarranco. Lo siguió la separación de su esposa y de sus cuatro hijos. Graciela Sola, su exmujer, era de General Dorrego, una ciudad ubicada a 600 kilómetros de la Capital Federal. Y tras la separación, se instaló allí con los niños.

Muchos de los excompañeros de Vivalda se lo encontraron casualmente después de su retiro. Y algunos de ellos, que encajaban en el rótulo de amigos, lo hicieron, pero ya no de forma casual. Existen correspondencias en el recuerdo. Encontraron a un hombre deprimido, incoherente, casi desquiciado. “Ya retirado, me lo crucé caminando por el centro. Andaba con una carpeta bajo el brazo, me decía que iba a ganar mucha plata. Fueron unos minutos nomás, pero lo noté mal, con la vista perdida. Unos meses después me enteré de lo que pasó, me dolió mucho”, se entristece el Pato Fillol.

“En unas vacaciones me encontré al Beto por Caballito, cerca de su casa —recuerda Luis Bonini, preparador físico de Timoteo Griguol y de Marcelo Bielsa durante muchos años—. Yo lo había tenido unos años antes en River y de allí lo llevamos a Ferro porque era un excelente arquero, muy valiente, de esos que les pedían a los defensores que salieran, que no metieran el culo en el área, un tipo muy ganador. Además, superpintón, podría haber sido modelo tranquilamente. Y bueno, lo vi en la calle, nos pusimos a charlar y me contó que se había separado. Se notaba que lo vivía muy traumáticamente, no podía superar esa separación y extrañaba mucho a los chicos”.

‘El Pato’ José Omar Pastoriza fue un padre no solo para Vivalda sino también para Miguel Giachello. “Me enteré de que el Beto andaba mal porque un día, comiendo con Pastoriza, me contó que cuando dirigía al Atlético de Madrid se le apareció Vivalda en una práctica. Le dijo que le habían robado la plata en la frontera con Suiza y necesitaba dinero para volver a Argentina. Se lo dio, pero el Pato me dijo que lo vio muy mal, barbudo, diciendo cosas sin sentido”.

A la Foca Landaburu se le humedecen los ojos: “Al volver de Colombia, un día me veo con Pastoriza y ahí me cuenta que se le apareció el Beto, que le había contado que lo buscaba el Manchester, desvariaba. Me pidió que lo fuera a ver. Entonces me acerqué a su casa, el timbre no andaba, me puse a aplaudir en la puerta y apareció. Vivía solo, la casa no tenía luz, adentro estaba todo desordenado. Me puso muy mal la situación y lo saqué a caminar por el parque. Me contó que se iba a ir a jugar a Europa, pobre, estaba muy mal”. Y el Mono Gómez termina de pintar ese escenario lúgubre. “Fui a su casa, las persianas estaban bajas, era muy triste todo. Ahí me contó que había estado internado en el manicomio dos veces, que lo habían ido a buscar con chaleco de fuerza y pudo salir con un abogado y una orden judicial. Me dijo que en el loquero la pasó muy mal, que a la noche le metían jeringas y que él se defendía a las patadas. Me contaba todo eso y se le caían las lágrimas. El Beto era muy familiero y se sentía solo. Pobre Beto, si hoy estuviera, andaríamos comiendo unos asados por ahí, la puta madre, se nos fue”. Es tan presente el recuerdo, tan hondo el dolor, que parece que hubiera ocurrido ayer. (El mejor penal en la historia del fútbol)

“Lo vi en la calle una tarde, por Caballito, fue una charla cortita, fría, no lo noté bien, estaba prácticamente pelado, como cuando uno sale de estar internado en una clínica”, corrobora Gabriel Perrone, compañero del Beto en Ferro y River en los últimos años de su carrera. “Me dio mucha pena, uno no sabe lo que le pasó por la cabeza. Lo que sí sé es que a muchos jugadores les agarra la depre cuando dejan de jugar. Uno está preparado para el éxito, no para el fracaso o el retiro. Yo pude agarrar enseguida trabajo, pero muchos están todo el día en su casa, les sobra el tiempo, sienten que molestan, y eso es muy duro”, intenta buscar una explicación a lo ocurrido Juan Barbas, quien compartió equipo con Vivalda en Racing y fue campeón mundial juvenil con Maradona y Ramón Díaz en 1979.

Hablar con la familia Vivalda no resultó para nada sencillo. Su hermana Liliana no quiso atender el teléfono. Se negó una y otra vez con diferentes excusas hasta que su esposo, el excuñado del Beto, se sinceró: “Mirá, no insistas porque no va a hablar”. Confirmó que no existía tumba porque su cuerpo había sido cremado, que antes había padecido dos internaciones en el neuropsiquiátrico Borda y que en sus últimos meses vivió en diferentes pensiones. Y señaló que ni Liliana ni él mantenían hoy contacto alguno con la exmujer o con los hijos del Beto, sus sobrinos. “Tuvo muchos conflictos después de su separación, la pasó muy mal”, murmuró apenas, antes de pedirme por favor que no llamara más.

Graciela Sola vive en Coronel Dorrego y tres de sus cuatro hijos (María Agustina, Matías y Victoria), en zonas aledañas, lejos del ruido de la gran ciudad. Solo Nicolás, de 31 años, el único nacido en Colombia, se instaló el año pasado en la Capital Federal. También fue el único en dar alguna señal ante el requerimiento periodístico. Aceptó charlar de su padre, pero con una condición: “No hablar de lo que pasó al final, porque los tiempos cambiaron y ni siquiera en esa época se podía saber si fue esquizofrenia o depresión”. (Karim Benzema, el futbolista que se salvó de ser un delincuente)

Nicolás se acercó hasta la redacción de El Gráfico, observó con entusiasmo las fotos de su padre, pidió permiso para registrarlas con su teléfono móvil. Resulta asombroso el parecido con Alberto Pedro. Nicolás estudió Administración de Empresas y trabaja en las oficinas de la aerolínea Lan, está nacionalizado argentino, pero afirma que ir a Colombia, su país natal al fin, es una de sus cuentas pendientes. Evoca a su progenitor con cariño y nostalgia: “Cuando murió yo tenía 11 años, y me acuerdo de cuando jugábamos a la pelota en la cochera de casa y de ir a la cancha de River juntos”. Y al instante se muestra bastante fanático del equipo que hoy dirige Marcelo Gallardo.

Pero claro, cuando uno intenta desenredar la madeja con preguntas como ¿qué le pasó?, ¿por qué se separaron?, ¿cuándo empezó la debacle?, ¿cuál fue el verdadero problema?, ¿por qué la noticia se supo dos semanas después?, Nicolás cierra la boca, pide perdón con los ojos y con sus gestos solicita respetar el pacto. Pone una valla. Hasta aquí llegamos.

“Mirá, para sintetizar, te puedo decir que hubo muchas cosas, no fue una sola, se trató de un proceso. A mi viejo lo queríamos mucho, somos una familia unida y no nos olvidamos de él ni lo abandonamos. Lo tuvimos presente siempre. De hecho, lo vinimos a ver aquí, cuando estuvo internado. Me acuerdo de haber ido con la familia, es una imagen que no me olvido”, esgrime, como declaración de principios, aunque flota en el aire la sensación de que hay motivos que guarda, circunstancias que omite, silencios que prefiere callar, como canta Fito Páez.

Lo respetamos, por supuesto. Es su hijo. Es su padre. (Guillermo Varela, el futbolista que perdió su trabajo por un tatuaje)

Es, para cerrar el círculo, la historia de un hombre desesperado, atormentado por la pena y la nostalgia, que pidió a los gritos una soga que lo rescatara de las profundidades más oscuras e intrincadas de su propia mente.

Nadie pudo. Nadie supo.

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