Sin contar el drama de conducir hasta el centro, la primera desgracia que se padece en tan solemne ocasión es una tortuosa fila para pasar por todos los filtros que exige la seguridad palaciega. Dichosos Job y aquellos que en el gobierno de la seguridad democrática entraban de noche, y por el sótano al palacio, para conspirar contra la Corte Suprema de Justicia.

El abnegado visitante se presenta con suficiente antelación, y enfrenta un duelo con los porteros que comprueban sus datos personales en unos computadores sofisticados, lo dejan incomunicado porque le incautan su celular y, además, lo exponen a los consabidos rayos X para comprobar que va desarmado. Claro, a los periodistas, que son quienes pueden divulgar la tediosa vida del palacio, sí se les permite portar sus celulares mientras intoxican de preguntas necias a los subalternos presidenciales que desfilan como en pasarela para que a nadie se le olvide que hacen parte del círculo íntimo del mandatario.

Cuando después de una hora de fatigante espera por fin el visitante logra ingresar a la ampulosa Casa de Nariño donde tendrá lugar la posesión, se llega a un salón en el que no hay dónde sentarse, en el que departen una inmensa cofradía de otros lagartos con los que forzosamente hay que conversar de todo y de nada. Si quien se posesiona es un magistrado, es risible y deplorable el desfile de las cuatro altas cortes echándose codo por salir en la foto con el agasajado o esmerándose por estrechar la mano del presidente, quien también hace sus mejores esfuerzos por recordar los nombres de sus ocasionales acosadores.

Y esto apenas comienza. El posesionado llega con su familia como si fuera a recibir un premio Nobel, pero el presidente, que como director de la Fundación Buen Gobierno proclamaba la puntualidad, nunca llega a tiempo. Siempre hay un consejo de seguridad o de ministros, o un viaje intempestivo, o una entrevista con un periodista extranjero, o un entierro que se atraviesa en la agenda presidencial y le impide presentarse a la hora señalada.

El mandatario nunca ofrece excusas por la tardanza. Saluda de mano a todos y cada uno de los asistentes, con lo cual el acto se retarda otra media hora. Este es el momento cumbre, porque los asistentes tienen oportunidad de comentar sobre lo gordo o flaco que está el inquilino de la Casa de Nariño, si quedó bien o mal operado de sus párpados, si la primera dama está bien o mal vestida, si sonríe o no… los detalles de la farándula política.

Y, por fin, después de casi hora y media de haber ingresado a la sede presidencial, se da inicio a la ceremonia, para lo cual el presidente, que todos los días hace lo mismo, todavía tiene que leer el texto del juramento al que se somete el posesionado. Luego vienen las firmas del acta y el sonoro aplauso de los asistentes, algunos de los cuales ya están próximos al desmayo, después de haber soportado todo el tiempo de pie y sin un vaso de agua.

Terminada la posesión, viene lo peor. En efecto, el presidente siempre ofrece unas palabras laudatorias, por lo general idénticas, no importa quién se haya posesionado, y a continuación agradece emocionado, mientras su mujer y sus hijos lo miran con orgullo y secando las naturales lágrimas. Y después de esa extenuante jornada, una voz de ultratumba del maestro (a) de ceremonia anuncia que se ofrecerá un cafecito, que no es más que la continuación del aburrido coctel iniciado hora y media antes, en el que se han hecho célebres los subalternos presidenciales con sus solitos de belleza y popularidad.

Cuando se cree que todo ha terminado, todavía resta recuperar el celular, previa otra fila desesperante, y regresar en medio de un tráfico endemoniado desde el centro. Nunca más, otra posesión.

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