Cuando estaba en tercer año de liceo, en el colegio en Montevideo, en la pared del fondo de mi salón dibujaron un cerdo del que salía una flecha que decía:

¡OINK! ¡OINK! VIRGINIA MAYER: GORDA DE MIERDA.

Se había acabado el recreo y yo era la primera en entrar al salón. Cuando lo vi se me paró el corazón y se me llenaron los ojos de lágrimas. Lo escribieron con marcador permanente negro, no lo pude borrar. Recogí mis cosas y salí del salón llorando. Me crucé con mis compañeros de clase que volvían del recreo. No volví a entrar a ese salón nunca más en la vida, era casi el final del año y mis viejos me cambiaron de colegio.

Yo era igual de alta a todas las niñas de mi edad. Tenía el pelo largo, liso y brillante como ellas, pero el mío no era rubio, como el de la mayoría, era marrón. Yo era atleta y jugaba handball y hockey sobre césped. A los 14 años no era gorda, pero siempre fui más rellenita que las demás. 

Mi mamá empezó a ponerme a dieta a los 15 años. Me cocinaba una pechuga de pollo a la plancha, sin aceite y sin sal; arroz blanco y ensalada, o algún vegetal cocinado y pálido. Eventualmente me encomendó a las garras de un nutricionista que me pesaba y me medía el culo, la cintura y las tetas con un metro cada vez que me veía, una vez a la semana. Era un hombre de la edad de mis papás y había estudiado Medicina con mi tío el pediatra. Se tomó atribuciones de amigo de familia; si yo no había adelgazado de acuerdo con el plan, me regañaba:

—Nena, ¿y vos venís acá a hacerme perder el tiempo? ¿Vos pensás que yo no tengo más pacientes, pensás que sos la única? No solo estás perdiendo mi tiempo, estás perdiendo el tiempo de tu madre y el tuyo, nena, estás perdiendo tu propio tiempo. ¿Dónde se ha visto tanta boludez? Si no querés adelgazar, yo te voy a pedir que por acá no vuelvas más.

Durante el verano, en Punta del Este, salía a caminar una hora al día con mi mamá, cuando bajaba el sol. Ella casi que trotaba. Me daba ira, la odiaba. Cuando ella no estaba cerca me metía a la cocina buscando qué comer. Pan con mantequilla, leche con chocolate, una cucharada de dulce de leche, un pedazo de queso, cualquier cosa. Si mi mamá me encontraba buscando algo me preguntaba:

—¿Qué haces, qué te comes? ¿Ya tienes hambre? ¡Pero si acabamos de comer! Cómete una zanahoria o una manzana. Tomate un vaso de agua, tomate dos. Sal a caminar un rato, y le das un par de vueltas al parque.

Una de mis tías favoritas siempre me ha dicho:

—Tú eres la más linda de todas tus primas. Boronita es una muñeca. Corolita y Bonititi son divinas. Pero tú tienes la cara más espectacular de todas. Tú eres la más linda de todas mis sobrinas, por eso te tienes que adelgazar.

Pero a mí nunca me ha hecho falta adelgazarme para saber que donde pongo el ojo pongo la bala. Me sobran dedos en una mano cuando cuento a quiénes no logré conquistar. A pesar de que siempre me han dicho que debería adelgazarme, siempre conozco gente a quien le gusto y quiere lo mismo que yo. Hace muchos años he fluctuado entre talla 12 y 20, hoy estoy en la mitad. Me pongo muchas faldas, la más corta por encima de las rodillas. Uso vestidos y jeans, camisetas y saquitos con botones, todo a la altura de la cadera. Jamás muestro la barriga, la escondo. Uso calzones grandes de algodón de muchos colores. Los calzones chiquitos me incomodan y me dañan el día porque siento que todo me cuelga. Me gusta sentirme apretada, compacta. Me veo bien porque sé vestirme teniendo en cuenta mis proporciones, y porque soy dura, no soy una gorda floja. Tengo el sobrepeso igualmente distribuido en todo mi cuerpo, tengo una buena figura, una figura rellena. Tengo las curvas que envidian las flacas sin tetas y sin culos.

En el colegio, en Bogotá, había un paisa gordo con cara de muñeco. Una vez nos quedamos solos y me dijo:

—Si vos fueras flaca, serías la niña más linda de todo el colegio —después extendió los brazos señalando la extensión del terreno, todo lo que se veía y agregó—: Vos serías la más linda de todas, de todo esto.

Pues no me hizo falta ser flaca para chupármelo a él y a un par de delicias por las que morían todas las flacas.

En otra ocasión iba subiendo en un ascensor con uno de mis grandes amores. Él de pronto me pellizcó una teta y se paró frente a mí. Se rio y se acercó. Puso su boca junto a mi oreja y me susurró:

—Si no fueras gorda serías mi novia.

Durante mi adolescencia, todas mis amigas eran flacas, huesudas y langarutas. La anorexia y la bulimia eran como la gripa, normales. Todas mis compañeras estaban obsesionadas con la delgadez. La que no era flaca no combinaba, como que no terminaba de cuajar. Yo también era enferma como ellas, porque cuando era adolescente no era gorda, pero yo me veía como la más gorda. Sentía una inmensa vergüenza porque veía mis piernas gordas, porque era ancha. Traté de meterme los dedos y el cepillo de dientes en la garganta, pero no lo logré. Entonces empecé a meterme al baño con un Tupperware lleno de remolacha cortada en cubitos. Odio la remolacha, me hace vomitar. Entonces la olía y daba arcadas. Pero nunca tuve éxito y así murió cualquier pretensión bulímica.

Uno de mis primos me dijo una vez que no me quería presentar amigos porque yo era gorda.

—A mis amigos no les gustan las gordas y yo no quiero que salgas lastimada.

Sin embargo, me llevó a unas fiestas de sus amigos, y yo bailé con todos los solteros y me di besos con los que me gustaban. Muchos de los besos que di eran besos despechados, para probarme a mí misma que era gorda pero era divina y encantadora, y podía tener a quien yo quisiera tener. Dolía porque sentía que las personas a quienes más quería no me aceptaban. A pesar de estar rodeada, siempre me sentí sola. A mi alrededor había música y mucho ruido; adentro de mí no estaba pasando nada, estaba triste, no me quería.

Cuando tenía 19 años, mis viejos se fueron de viaje un mes y nos dejaron a mi hermano y a mí solos en la casa con un mercado. Me di cuenta de que mi hermano estaba comiendo galletas porque encontré los paquetes en la caneca. Cuando le reclamé me dijo:

—Mamá me compró unas papas y unas galletas. Me dijo que las escondiera de ti o si no te lo ibas a comer todo. ¡Tú siempre haces lo mismo!

Una sola palabra para definir lo que sentí no le haría justicia a la ira de Satán que me invadió. Sentí como si me hubieran atravesado el pecho con un palo de madera ardiendo, astillado, con puntillas oxidadas. Lloré durante muchas horas, lloraba porque era gorda, y porque ahora sabía que todos sabían que era gorda. Gorda de mierda. Gorda de mierda. Gorda de mierda. 

Siempre me he escondido para comer porquerías. Empecé encerrándome en mi cuarto a comer chocolates, galletas, ponqués, tartas, dulces, helados, merengues, bizcochos, postres, panes con mantequilla, mantequilla de maní con mermelada, o incluso cucharadas de azúcar cuando faltaba la mermelada o no encontraba nada dulce. Las muchas veces que no encontré nada, batí la yema de un huevo con azúcar, hasta que me dolió la mano, y me lo comí crudo con una cuchara. A escondidas siempre, sintiéndome culpable, hasta el día de hoy. Soy culpable mientras me lo como, porque cuando se acaba, las ganas de más opacan la culpa, volviéndola inexistente. Todavía como mal, en mi mercado siempre hay al menos un par de dulces, algo, siempre hay algo.

Únicamente uso vestido de baño de una pieza, Speedo y negro. Solo el modelo intermedio, el que es entre shorts y vestido de baño. Sufro tremendamente cuando tengo que ponérmelo delante de personas en las que no confío. Me siento como si fuera de mozzarella. Me siento vulnerable y sobreexpuesta, me siento incomodísima. Y no es tan sencillo como: llegué a la playa-extendí mi trapo en la arena-me quité la camiseta y la falda-me eché a tomar sol. Nunca; siempre es un proceso. Primero doy vueltas porque no quiero quedar en la mitad de toda la gente. Después, me aseguro de que nadie esté prestando atención; y entonces sí me desvisto, sufriendo con cada movimiento. Siempre tengo un pareo que me quito para meterme al agua. Y lo pienso siete veces antes de salir del agua. Eventualmente me relajo y mientras tanto, mi piel se va tostando y siempre coge el color más lindo. Más lindo que el de todas las flacas, y las flacas lo saben.

No puedo comprar jeans en Diesel, porque solo hacen ropa para flacos. Mis jeans son todos Levi’s. Soy talla 16, y no en todas partes venden mi talla. La gran mayoría de almacenes visten exclusivamente a los flacos. Hay almacenes con los que ni siquiera pierdo el tiempo mirando. No me atrevo a comprar ropa en internet o por catálogo. Si no me la puedo probar no me arriesgo. Comprar botas altas hasta la rodilla siempre es una tarea de resultados mediocres. Nunca encuentro el par que estoy buscando porque tengo las pantorrillas gordas y todo lo que me cabe es como de secretaria bilingüe o prostituta. Además no uso tacones, lo que limita aún más mis opciones. Muy pocas tiendas venden mi talla de brasier, 40DD. Pero cuando me pongo una camiseta escotada mis tetas actúan como imanes, atraen todos los ojos que entonces abandonan las tetas tristes de las flacas. 

Cuando me desvisto frente a una persona flaca me siento tres veces más gorda y como si se fueran multiplicando los pocos defectos que tiene mi piel. Siento como si las venitas en la parte de atrás de mis piernas empezaran a crecer como telarañas. Me imagino mis cicatrices más grandes y más profundas, y me imagino mis estrías creciendo como los caminitos que dejan las gotas de agua bajando por una pared. Tengo que repetirme a mí misma, mentalmente, que soy una bomba, que soy divina. Soy hermosa. Soy hermosa. Soy hermosa. Me cuesta trabajo, porque he perdido muchos años de mi vida diciéndome exactamente lo contrario.

A mis 35 años he decidido dejar de perder el tiempo oyendo lo que tienen que decir de mi cuerpo quienes más me quieren. Me acepto tal y como soy, con estos gordos y estos rollos, con esta barriga, con estos brazos gordos y estas piernas gordas, con este culazo y estas tetas enormes. Hasta ahora empiezo a tener un romance con mi cuerpo. Empiezo a mirarme, vestida y desnuda, y a ver el espectáculo de mujerón que soy. Peter Paul Rubens hubiera dejado caer el pincel con mi cuerpo desnudo. Y aunque estoy regia, mi cuerpo es solo el envase que lleva mi alma, y solo una tajada del exquisito ponqué que soy yo. Y, en todo caso, lo mejor que tengo para dar ni se puede ver, ni se puede tocar.

FOTOGRAFíA: ALEJANDRA QUINTERO / ASISTENTE DE FOTOGRAFíA: JOHAN BELTRáN / MAQUILLAJE Y PEINADO: JOHANNA DíAZ OUNDJIAN / PRODUCCIóN: LUCY MORENO
AGRADECIMIENTOS ESPECIALES: THE ORCHIDS HOTEL CL. DE LOS AMIGOS CRA. 5 N.º 10-55 LA CANDELARIA TEL:7455438 / AGRADECIMIENTOS: PRIMAVERA SHOES C.C. ATLANTIS L-101-A TEL: 6365063.

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