Lo que se ve no parece una cárcel, podría pasar por el espacio de recreo de un colegio o una universidad. Tiene dos pisos, 30 celdas, techos altos por donde entra la luz del sol a toda hora y una cancha de microfútbol. Aquí las paredes no son grises, como las que se ven en el exterior del edificio, están llenas de arte y de paisajes pintados. Resaltan las columnas verdes, anaranjadas y amarillas. Las celdas son independientes, todas con una especie de cama en concreto y una colchoneta azul cubierta por una cobija gris, un inodoro y un lavamanos diminuto, y dos paredes que los presos decoran a su gusto. Este patio aislado, marcado con el número 23, hace parte del Establecimiento de Reclusión del Orden Nacional (Eron), una de las tres estructuras que conforman la cárcel de La Picota, ubicada en el sur de Bogotá.

En este oasis viven 23 reclusos de los 6918 que tiene este centro de detención. Son privilegiados, porque reconocieron que eran drogadictos y aceptaron someterse a un tratamiento de rehabilitación mientras cumplen su condena. Por eso se encuentran en esta comunidad terapéutica, una de las dos que existen en La Picota. Ingresar es fácil, pues cualquiera se puede presentar de manera voluntaria. Lo complicado es permanecer y seguir las normas de convivencia después de firmar un contrato. Hay tres reglas de oro: no consumir sustancias, no realizar agresiones verbales ni físicas y no tener relaciones sexuales entre ellos. El tratamiento dura 18 meses, tiempo en el que no vuelven a poner un solo pie en sus antiguos patios.

A las 10:55 de la mañana, los miembros de la comunidad se reunieron en la cancha de microfútbol para contar en voz alta sus “propósitos del día”. Es el mismo esquema de los encuentros de alcohólicos anónimos. El dragoneante Alonso Bocanegra, líder del programa, les da los buenos días, les pregunta cómo amanecieron, cómo están de ánimo y les dice: “¿Por qué estamos aquí?”. Este es el punto de partida del discurso que repiten, como si fuera un mantra, cada vez que se reúnen. Todos los presos responden en coro: “Estamos aquí porque no existe refugio alguno donde escondernos de nosotros mismos. Mientras la persona no se confronte en los ojos y en el corazón de los demás está escapando…”. A medida que recitan la filosofía que los anima, va subiendo la intensidad de sus voces y su entusiasmo. Es una manera de darse ánimo de manera colectiva y arrancar el día con pie derecho. Luego, cada interno arma frases positivas, que deben incluir las palabras “solo por hoy”, relacionadas con sus propósitos del día.

Carlos tiene 35 años y ha pasado casi la mitad de su vida en la cárcel. Estuvo en La Modelo y en la cárcel de Valledupar antes de llegar a La Picota. Está condenado a los mismos años que tiene por un homicidio que cometió durante un robo a una bodega. Dice que tras las rejas conoció la droga y consumió de todo: bazuco, perico, marihuana y pepas. Ahora es, junto con Juan Esteban, uno de los “hermanos mayores” de la comunidad, los encargados de que las tareas se cumplan y de apoyar incondicionalmente a cualquier compañero de la familia, como les gusta llamarse, que esté a punto de recaer en la droga. El síndrome de abstinencia es muy fuerte y se acentúa porque en el centro, a diferencia de otros patios, es imposible conseguir drogas.

Víctor tiene 33 años, es hijo de un magistrado, creció en el barrio Chicó, de Bogotá, y por andar consumiendo, cometió un robo. Lo capturaron y condenaron a tres años. Antes estaba en el patio 2 y el jíbaro del lugar lo proveía de lo que necesitaba. Un día que estaba drogado e intentó colgar ropa, se cayó de un segundo piso. Se salvó de milagro y esa fue una de las razones por las que decidió ingresar al centro terapéutico. En este, la rutina es estricta y la disciplina, casi militar.

A la reunión de las 10:55 de la mañana llegaron tras cinco horas de actividad intensa. Después de despertarse, hacen ejercicio, asean el lugar con utensilios fabricados por ellos, se duchan y desayunan salchicha, pan y chocolate. A las 12:00 trotan de nuevo y hacen series de flexiones de pecho, cuclillas, abdominales, polichilenas y supermanes, entre otros diez ejercicios. El almuerzo se sirve después de hacer una oración, mientras se transmite el noticiero. Lo ven para comentar en los conversatorios lo que está pasando. Luego retoman “el diario vivir”. A las 4:00 se alistan para el conteo de internos y vuelven a hacer ejercicio. A las 5:00 hacen el encuentro de la tarde en el que hablan de lo que ocurrió en el día. A las 6:00 termina su jornada con un baño rápido antes de regresar a las celdas.

Pedro se fumó su primer cacho de marihuana a los 15 años en El Restrepo, el barrio bogotano en el que creció. Hoy tiene 30 años y hace cinco meses que no consume nada. Las cicatrices que tiene en la cara son herencias que le han dejado once años que lleva tras las rejas. Estuvo seis años y medio en la cárcel de máxima seguridad Cómbita, tres en la antigua Picota y lleva dos en Eron. “En la cárcel uno no puede ser ni huevón, ni alzado”, dice para explicar las marcas que tiene. Confiesa que está privado de la libertad por haber detonado un carro bomba que no mató a nadie y tenía como propósito asustar a un grupo de paramilitares que se metían en su barrio. Él es otro ejemplo exitoso de que “sí se puede”, lema principal de la comunidad que solo lleva siete meses en funcionamiento.

El grupo de 23 presos sigue un “diario vivir”, como le dicen al cronograma de actividades cotidianas que cuelgan en las paredes. Los talleres, las terapias y las sesiones grupales que tienen entre semana los coordinan el dragoneante Bocanegra y un grupo de psicólogos, trabajadores sociales, pastoras, profesores. Aprenden sobre medicina, pedagogía, sanación y oficios como latonería, carpintería y pintura. Para los miembros de esta comunidad todos los días son iguales. Su única esperanza es que llegue rápido el fin de semana para ver a sus familiares. Los viernes son los días de visita para los hombres, y los sábados y domingos, para las mujeres.

En La Picota hay una especie de pico y placa para las visitas: las personas pueden ingresar cada 15 días repartidas en dos grupos determinados por si el último dígito de su cédula es par o impar. La única que está autorizada para ir cada ocho días es su elegida visita conyugal. Así continúan esperando a que luego de 18 meses el tiempo se les pase más rápido. Puede que sea así, pues por cada día que pasan en la comunidad terapéutica les rebajan seis horas de condena, lo que equivale a unos diez días al mes. Ese es el premio por tener las ganas de empezar de nuevo.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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