Probé el bazuco hace 43 años, cuando tenía 25. En ese tiempo trabajaba en moteles, y después de ser camarero, tender camas y escoltar a los dueños, terminé convirtiéndome en su mano derecha. Me dejaban quedar en sus apartamentos, cuidándolos, y yo podía hacer lo que quisiera. Tenía una mocita muy viciosa, y ella fue la que me lo dio a probar. Estábamos en un apartamento en la carrera 13 con calle 16, en Bogotá, y ahí comenzó todo. Uno piensa que es solo una probadita, pero después de esa vez no pude parar. Por el vicio perdí el trabajo, mi esposa me mandó al carajo (era casado y tenía cuatro hijos a los que no veo hace años, no tengo ni idea dónde estarán) y me volví un adicto imparable. Al principio les decía mentiras a mis amigos, y ellos me prestaban plata que yo me gastaba en vicio. Me fui destruyendo. Vivía en el Cartucho y empecé a robar bicicletas y celulares, esto en la época en la que acababan de llegar a Colombia y eran muy valiosos. Pero la cuenta de cobro llegó, pronto los pulmones y el corazón empezaron a afectarse, me tocó empezar a usar un inhalador… hoy una bala de oxígeno podría darle un vuelco definitivo a mi vida: perdí los dientes y sufro de gastritis. Todo por mi culpa, todo por la adicción y las malas decisiones que he tomado.

Hace 12 años, después de pasar media vida en la calle, me metieron preso por el robo de una bicicleta. Pasé cuatro años en La Modelo y al salir decidí dejar el vicio. Hace ya mucho que no meto nada. Como el vicio me dejó en la calle, al decidir dejarlo tuve que aprender a vivir en ella sobriamente, esperando la generosidad de la gente. Pidiendo me ha ido bien, aunque a veces hay que ser agresivo. Las personas lo tratan a uno de vago, me han gritado que consiga trabajo y no ande pidiendo, y entonces yo los insulto, les echo la madre, como se dice, porque por más que uno pida, merece respeto. Me han echado a la Policía, pero todo siempre suele arreglarse más o menos bien. Un par de veces me he tenido que agarrar a golpes con otros trabajadores de la calle o con los policías, pero nunca con consecuencias graves.

Empiezo mi jornada en la calle 72 con quinta y voy caminando hacia la calle 93 con 11. Le pido a todo el mundo, y he aprendido que siempre el pobre da más que el rico. Una vez le pedí a Gustavo Petro. Me le acerqué y le dije "doctor, tengo hambre", y él me respondió "yo también tengo hambre, no ve que no he almorzado" y se echó a reír. Apenas consigo 30.000 pesos, dejo de pedir y me voy a mi casa. Es difícil cuando llueve, pero no me importa, sigo pidiendo mientras me mojo con tal de conseguir la plata cuanto antes y poder volver a mi casa.

En este momento vivo en una pieza en el centro, por la que pago 11.000 pesos diarios. La parabólica me cuesta 1000 pesos al día y el resto me lo gasto en comida. Con una limosna de 500.000 pesos que me regalaron un día me pude comprar un televisor con DVD. Me dolió no haber comprado la bala de oxígeno, y en este momento estoy esperando alguna colaboración para poder conseguirla y aliviar un poco mi enfermedad pulmonar.

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