Digamos que usted tiene seis años. Saque del subconsciente su uniforme de preescolar, sus amigos, los colores Magicolor doble punta doble color que usaba, los mocos cristalizados en su labio superior que lo acompañaron hasta los diez. Digamos que la profesora les está enseñando a usted y a sus amigos sobre las profesiones. Digamos que les hace la pregunta de siempre, les pregunta qué quieren ser cuando grandes. Entonces usted se petrifica, no porque no sepa qué responder, sino por todo lo contrario: porque lo sabe mejor que nadie. Concéntrese aún más. Mientras todos los niñitos sucios de Nucita y jugo de mora dicen que quieren ser bomberos, cantantes o reinas de belleza, usted no aguanta más el hormigueo en su nuca. Y llega su turno. Usted cierra los ojos, respira, se llena de valor y lo dice: "Yo, cuando grande, quiero ser proctólogo".

Nota: Proctología es definida por la Real Academia como el "conjunto de conocimientos y prácticas relativos al recto y a sus enfermedades". Ya desde su definición, este es un oficio que estará plagado de eufemismos. (proctos), en griego, quiere decir ano.

Si ese día en su salón de clases usted hubiera tenido el valor de confesar su vocación (¿qué diría Freud de usted ), con toda seguridad reconocería el nombre del doctor Luis Jorge Lombana. Él es un proctólogo de los escasos 15 que ejercen en Bogotá y que lleva a cabo su profesión de manera activa (he ahí otro eufemismo). En su oficina del hospital universitario San Ignacio, en un estante, tiene alrededor de 30 folletos sobre algunas de las enfermedades contra las que combate y que me mostró con un orgullo casi desmedido.

Nota: En Seinfeld hay un capítulo en el que se habla de la proctología y Kramer dice que los proctólogos son quienes mejores historias tienen. En South Park, unos alienígenas instalan un aparato en el culo de Cartman. Al darse cuenta de esto, los protagonistas visitan a un proctólogo. Peter Griffin, de Padre de familia, demanda a su médico por abuso sexual luego de ir a un examen de próstata sin saber exactamente a qué se exponía.

¿Qué es lo que motiva a alguien para que el Leitmotiv de su carrera sea un culo? Esa es evidentemente la primera pregunta que se le viene a cualquiera a la cabeza a la hora de hablar con un proctólogo (la segunda varía bastante de persona en persona y puede llegar a hablar muy mal de uno). Al hacerle esa pregunta, Luis Jorge Lombana me miró como si le hubiera preguntado a un arquitecto que qué le atraía del diseño de espacios. "¿Por qué le parece tan raro lo que hago?", me preguntó. Al doctor Lombana le costó 12 años de trabajo y estudio llegar ser quien es hoy en día. Primero estudió medicina, luego cirugía general en la que trabajó durante un tiempo, para darse cuenta de que lo suyo era la proctología, a la que le dedicó dos años más de estudio en México.

Nota: En algunas salas de urgencia se dio la necesidad de tener un taladro con punta de diamante capaz de perforar botellas sin quebrarlas. La situación es la siguiente: al insertar una botella vacía en algún lugar lo más probable es que esta botella haga vacío, por lo que es imposible de sacar. Por esto, se tiene que abrir un hueco para dejar entrar aire y así poder sacar la botella. Ponga todo esto en contexto y la idea queda clara. Hay registros médicos de personas que llegan con obstrucciones intestinales (entiéndase no poder cagar hasta que las ganas superan la vergüenza) por un juego sexual que no salió como debía. En la página de internet www.well.com hay registros de personas a las que se les ha encontrado ahí, donde el mar reluce y sopla fuerte el viento, bombillos, destornilladores, manzanas, salamis, plátanos (en la página se especifica que el plátano tenía puesto un condón)… existen incluso rumores de hallazgos (esto debe ser tan impresionante como descubrir América) de hámsters y gerbos. El doctor Lombana es enfático en que no le gusta contar este tipo de cosas.

"¿Por qué le parece tan rara mi profesión?". Yo quedo frío. Le digo que yo entiendo que lo que él hace es lo mismo que hace cualquier otro cirujano, pero que debe entender que para el resto del universo el problema no es lo que hace, sino donde. Él ríe un poco y yo me siento como un paciente que llega al médico para que le confirme que tiene hemorroides. Me siento —¡oh!, cuán conveniente— como un culo.

Nota: Prometo no hacer más chistes de juegos de palabras con la palabra culo.

El doctor Lombana dice que visto de ese modo sí se podría decir que es un poco raro. Y sí que lo es. No solo porque una parte de su trabajo se dedique a cosas "feas", como alguna vez le dijo su hija. Cosas como las hemorroides (entiéndase gente que siente sensación de masa o tejido en el ano) o las fisuras anales (entiéndase un corte en el ano que hace que defecar deje de ser uno de esos placeres de la vida y sea todo lo contrario) o la incontinencia (creo que eso sí se entiende). La cosa de la proctología se le hace rara a uno porque todo pasa ahí, en el culo. En ese lugar que nos revienta tanto el coco y que está tan cargado de símbolos que ya ni sabemos cómo apropiarnos del concepto. Según la etapa anal de Freud, lo involuntario se hace voluntario en el momento en que un bebé se aguanta su primer pedito. En teoría, el libre albedrío es lo que separa a los hombres de los animales, esa capacidad de vencer los instintos y tomar decisiones. Eso lo aprendemos, según el psicoanálisis, con el ano. Piense en lo que significa el sexo anal para nuestra sociedad. Piense en toda la gama de intervenciones estéticas que existen hoy en día para hacer esa cosa menos fea. Piense en el blanqueamiento de ano, en las depilaciones, en los piercings. Piense en la comunidad gay. El doctor Lombana me dice que "la cola" es un órgano más, como cualquier otro, pero todo parece indicar que no es así. Algo hay en el culo que nos estremece más que cualquier otra parte del cuerpo, algo en él parece tratar de decirnos algo sobre nosotros. La sexología insiste en que la estimulación anal es una experiencia impresionante para cualquier hombre, pero aún así son pocos los que se le miden. Ahora trate de imaginar lo que sería su vida si su profesión se dedicara a eso, a meter dedos en culos, a preguntarle a la gente cómo le ha ido cagando, pidiéndoles que se pongan en cuatro mientras usted busca sus guantes quirúrgicos.

Nota: El mito de que los homosexuales son más propensos a tener hemorroides es falso. El doctor Lombana asegura que el 60% de la gente tiene la posibilidad de tener un problema de hemorroides en algún momento de su vida. ¡Plop! "Los homosexuales —dice Lombana— les dan hemorroides, pero como le pueden dar a cualquiera".

¿Qué es lo que motiva a alguien para dedicarse a la proctología? El doctor Lombana la tiene clara, y agrega en un tono casi paterno: "Lo que yo hago no son solo hemorroides". Pero ahora no vamos a hablar de eso porque el teléfono acaba de sonar, y un paciente está listo en el quirófano para su operación. Lombana me dice que listo, que vamos a la cirugía. En un principio pensé que iba a ver todo desde la vitrina pero aún así, ese día preferí desayunar solo una manzana verde. Pero al llegar al lugar de la operación, el doctor Lombana me guió hasta un cuarto con casilleros en el que me tenía que quitar la ropa y ponerme un vestido quirúrgico con tapabocas y polainas incluidas. Debo decir que me emocioné (¿qué diría Freud de mí ).

Nota: El doctor Lombana ya ha operado a varios de sus colegas.

Llegamos a la sala y el paciente está acostado y ahí, bajo el spotlight, hay un culo que necesita ayuda. En la esquina hay una mesa con batas, guantes, jeringas, bolsas de suero, agua y un tubito como de crema de dientes. Hay un equipo de nueve personas listas para trabajar. En la esquina hay una grabadora en la que suena Juanes. El anestesiólogo está sentado en la cabeza de la cama y le pregunta al paciente si así está cómodo o si quiere un whisky. Yo lo habría aceptado. El paciente, aunque consciente, está totalmente dormido de la cintura para abajo. Él tiene un problema de hemorroides, pero no por mucho. El doctor Lombana entra al cuarto contiguo para esterilizarse.

Nota: En el cuarto en el que hace las consultas, el doctor Lombana tiene unas repisas llenas de aparatos que, si George Lucas conociera, decidiría hacer un nuevo episodio de Star Wars. Hay uno especialmente aterrador que a cualquiera le haría pensar automáticamente en la Magnum .44 de Harry el Sucio. Resulta que la operación de hemorroides es bastante dolorosa. Tanto que mucha gente prefiere no operarse y vivir la vida reorganizándose todo por allá a mano y conseguir bidés que peguen con el resto de su baño. La ‘Magnum .44‘ es una nueva tecnología que permite operar las hemorroides sin ningún dolor. Y pensar que la rueda y la electricidad son consideradas los grandes inventos del hombre. ¿De qué le sirve a alguien estar en un carro con luces si siente que el infierno entero con Hitler y Atila el Huno incluidos se trasteó a su culo? Pero la vida no es así de chévere. Porque cada ‘Magnum‘ de estas cuesta alrededor de cinco millones de pesos y solo puede ser usada una vez por operación. Entra, corta las hemorroides, dispara un aro de suturas y para la basura. El POS evidentemente no cubre esto y, en la mayoría de los casos, la medicina prepagada hace llegar a los pacientes a la instancia de la tutela. Si yo tuviera hemorroides (según las estadísticas todo apunta a que puedo llegar a tenerlas en algún momento) la opción de que Bogotá se gaste millonadas en un metro me ofendería. ¿Un metro en el que sentarme significa una  decisión de vida? Si tuviera hemorroides, preferiría que se dejara al Chocó entero sin presupuesto con tal de que me operaran sin dolor. A propósito, en el folleto en el que se habla de esta operación, hay una foto de un cine en el que hay una silla vacía con un balde de crispetas encima que dice "Recupera tu lugar".

El Snæfells. Ese fue el lugar que escogió Julio Verne para que sus personajes llegaran al centro del mundo en su libro Viaje al centro de la Tierra. "En el Snæfells, un volcán en Islandia, es en lo único que puedo pensar cuando veo a los cirujanos atacando sin piedad el ano del paciente". Viaje al centro del Hombre, eso es lo que está pasando acá. Una enfermera le alcanza un tubo no muy largo que Lombana le mete al tipo por el rabo con la naturalidad con la que un espeleólogo se interna en una cueva. El tubito que parece de crema de dientes es en realidad lubricante, la función principal de esa enfermera es lubricar todo lo que les pasa a los cirujanos. Momento de la revelación freudiana: he visto, por televisión, muchas cirugías y esta, por mucho, es menos impresionante que cualquier by-pass o liposucción. Prefiero dos operaciones de ano que medio parto (con sus vaginas rasgadas, sus pedos y sus gritos). No hay materia fecal —al paciente se le hizo un lavado—, no hay dolor, no hay pedos. Es como ver el descenso al centro de la Tierra pero desde las faldas del Snæfells. La operación termina antes de lo que esperaba (máximo 20 minutos), y lo más cercano a una imagen impactante que vi fue un hilillo de sangre que recorrió la pierna del paciente. En ese momento agradecí haber comido solo una manzana.

Nota: Después de cada operación Lombana estrecha la mano del cirujano que lo ayuda.

Esta fue la primera de tres operaciones a las que acompañé al doctor Lombana y cada una fue más sencilla que la anterior. Luego de la última operación Lombana me dice que para él estas son operaciones básicas, "no hemos visto nada de producto real". Entre el haber de eso que Lombana llama "producto real", tiene operaciones realmente alucinantes, como reubicar los músculos de las nalgas y entrenar a la gente con incontinencia para que aprenda a aguantarse, salvándolos de vivir metidos dentro de un pañal. Me habló también del caso de una mujer que intentó suicidarse con Diablo Rojo pero lo único que logró fue quemarse el esófago y el estómago. La mujer llegó a las manos de Lombana sin poder comer. Él sacó todo lo que no sirviera y conectó el colon a lo que quedaba de esófago. Hoy por hoy, esta mujer puede, aunque en pequeñas cantidades durante el día, comer. Cosas como la incontinencia, me explica, pueden ser graves dependiendo de quien las sufra: una señora de 80 años a la que se le salen los pedos no es un problema tan grave. Pero si un ejecutivo no puede ir a una reunión sin que nadie se entere de lo que comió, el tema se vuelve importante. Gente como Lombana, día a día, les arregla a muchos eso que los abogados llaman vida digna. Pero hay algo mucho más importante…?

Nota: Según las tasas de mortalidad, para 1995, 1.500 personas murieron por cáncer de colon, ubicándolo en el sexto lugar de muertes por cáncer. Esta enfermedad es, día a día, más común en Colombia y el mundo.

¿Por qué alguien se dedica a la proctología? El doctor Lombana tiene mil y una razones: la cardiología le parece terriblemente monótona, "el éxito del cardiovascular es que todo es siempre igual". Un proctólogo tiene casi 100 operaciones diferentes. Dice que tampoco sería por nada del mundo internista o plástico. Otra motivación es la competencia. Así de simple. Me dice que hay muchos especialistas que terminan trabajando en cirugías generales porque no hay trabajo. Lombana tiene alrededor de cinco o seis operaciones todos los viernes y llega a su casa a las nueve para estar con su familia. Pero, sin que lo diga, creo que la razón que hace que Lombana hable de su trabajo con tanta pasión es el cáncer de colon. Lidiar con esta enfermedad, salvar vidas, eso es lo que hace que viva a mil. La cirugía para esta enfermedad tiene varios riesgos. El paciente puede quedar incontinente o condenado a una colostomía (entiéndase una bolsa conectada al colon para evacuar las heces. Esta bolsa queda colgada de la barriga y tiene que ser cambiada todos los días). Salvar una vida no es lo único que importa, es además hacer que esa vida valga la pena. Lombana repite una y otra vez que lo suyo no son solo hemorroides, pero si lo fuera, su trabajo como médico sería ya imprescindible. El cáncer de colon y hacer que la vida de alguien pueda ser normal, es lo que hace que su especialidad sea tan importante como cualquier otra.

Nota: Luis Jorge Lombana planea un viaje con sus hijas a San Andrés. Cuando le digo que debe ser chévere ir a ver culos pero en bikini, ríe. Pero lo hace por decencia. Si las estadísticas son ciertas, si hay un 60% de posibilidades en mi vida de tener hemorroides, no dudaré en consultarlo a él.

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