El 21 de diciembre de 1997 empezó mi más horrenda pesadilla. Ese día, 18 militares fueron tomados como rehenes en la base de comunicaciones ubicada en el cerro de Patascoy, en límites entre los departamentos de Nariño y Putumayo. Desde este día inició mi peregrinar. Buscando respuestas, hice viajes a Bogotá para hablar con cada uno de los cuatro presidentes que hubo durante los casi cinco periodos presidenciales que mi hijo permaneció secuestrado y, sin pensarlo, terminé representando a las familias de los militares y policías privados de su libertad que había por ese entonces en el país.

Cuando salí de Sandoná, el primer medio de comunicación que se enteró fue Noticias Uno, a través de una emisora local que se llama Digital Estéreo. Luego, al salir de Pasto, llegó Caracol, y ya cuando empecé a caminar hacia Bogotá, la revista Semana. Pero quien me llamó “el caminante por la paz” por primera vez fue Antonio José Caballero, de RCN radio, justo al llegar a El Patía. A pesar del gran dolor interno que tenía que cargar a diario, las largas jornadas de ausencia en mi hogar, la creciente crisis económica familiar y el cambio total en mi vida social, aferrado a mi fe y convencido de lograr la liberación de los militares y policías vivos, soporté —decidido y muy arriesgado— internarme en la gran manigua de las selvas vírgenes de Putumayo, Caquetá y Amazonas.

Sin proponérmelo, me convertí en facilitador de diálogo entre el gobierno y la guerrilla, llevando a la selva más de una propuesta para una salida política negociada al conflicto. También contrataba transporte para ir a visitar en veredas y en muchos municipios a las familias de secuestrados. Los ponía a hacer grabaciones, a escribir cartas, tomábamos fotografías y mandábamos mensajes esperanzadores para sus hijos. Entonces volvía al Caguán, les mandaba los paquetes con libros y les enviaba mensajes a jefes guerrilleros para que de igual manera nos dejaran tener pruebas de supervivencia y nos dieran noticias del estado de salud de los muchachos, si estaban con vida o si estaban enfermos.

Desde entonces he caminado 5110 kilómetros en 29 marchas realizadas en Colombia, Francia, Estados Unidos, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia. Lo más difícil durante todos estos años ha sido hacerles entender a los presidentes y a la guerrilla la necesidad del intercambio humanitario. Había una indiferencia y un temor increíbles, muy entendibles desde todo punto de vista, ante el régimen del terror impuesto por los diferentes actores del conflicto —paramilitares, guerrilla, fuerzas militares y de policía— por las masacres, los crímenes de lesa humanidad y los falsos positivos. La sociedad colombiana estaba secuestrada por el miedo, el temor, la angustia, la impotencia, la impunidad reinante, la terquedad de las partes, los sofismas de distracción que jugaban con nuestros anhelos de paz y frustraban los sueños e ilusiones de nosotros, que esperábamos el reencuentro con nuestros seres queridos víctimas de la injusticia; miles y miles de familias que creemos que la paz es posible y que podemos derrotar la violencia sin violencia.

Durante mis caminatas usé cinco pares de tenis y aunque nunca me enfermé, sí me dolían mucho los pies, sobre todo por culpa de las ampollas que me sangraban y porque se me cayeron las uñas. Me bañaba tres veces diarias, al levantarme, luego en algún descanso en el camino, y al terminar cada jornada, lo primero que hacía era llegar a ducharme, siempre con agua fría, sin importar la región o el clima. Buscaba una población o un sitio intermedio para descansar. Durante ese tiempo hubo una gran solidaridad de la gente, de cada gobernante en los departamentos de paso, de las directivas sindicales y, de igual manera, de quienes nos brindaron alojamiento y alimentación. Gasté mucho dinero, hasta el punto de hipotecar mi casa, que hoy estoy a punto de perder porque la deuda hoy sobrepasa los 100 millones de pesos.

Actualmente sigo apoyando a las familias de los secuestrados, soy gestor de paz y realizo una labor educativa a través de conferencias. Pablo Emilio tuvo que vivir un tiempo en Europa porque seguía amenazado. Pero ahora continuó su carrera como militar del ejército, tiene el rango de sargento primero y vive en Bogotá. Él sigue tratando de sanar la gran herida que le dejó todo esto, porque las secuelas psicológicas de la guerra son gigantescas. Mi hijo dice que vive a diario tratando de no recordar lo que tuvo que vivir. Por eso, tratamos de encontrarnos en familia con mucha frecuencia y evitamos hablar sobre los 13 años que estuvimos separados.

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