Unos años después, una amiga me dijo que se venía para Bogotá, me contó cómo era la vuelta y me vine.

El Castillo tiene cuatro pisos. El primero es donde funciona el Night Club. En el segundo están las suites donde atendemos a los clientes y en los pisos restantes están los 17 cuartos en los que vivimos las casi 60 niñas que trabajamos acá. En cada cuarto pueden vivir hasta cinco mujeres. En el mío, viven tres niñas con las que, además, comparto el baño. Aunque se podría pensar que un baño para cuatro mujeres es el escenario perfecto para que nos agarremos de las mechas, debo decir que nunca hemos tenido ningún problema al respecto. Este baño está lleno de maquillaje y calzones colgados.

También dentro del edificio funciona una peluquería, que no es gratis pero que tampoco es muy cara, y hay una lavandería en la que cobran 500 pesos por pieza (aunque depende también de la prenda). Para el almuerzo, vamos a un lugar que queda al frente, acá nos dan un bono y solo tenemos que pagar 1.000 pesos por un muy buen almuerzo (siempre comida casera, pollo o carne, papas y ensalada). Todo el negocio está siempre custodiado por 12 personas de seguridad, que se rotan todos los días.

Acá las cosas funcionan muy parecido al resto del mundo; lo que cambia son los horarios. Yo me despierto como a las once de la mañana, me baño, me lavo los dientes y me visto. Como a las tres de la tarde vamos a almorzar. Los clientes llegan pasadas las cinco, o sea que tenemos un tiempo para joder la vida y echar lora. En todos los cuartos tenemos un televisor, así que vemos muchas novelas.

Ya para eso de las cuatro empieza el cuento de arreglarse. La idea es estar abajo ya entaconadas y maquilladas. Entre nosotras nos ayudamos para que todas nos veamos bien sexis. Entonces empiezan a llegar los clientes, y a trabajar. Cuando me va bien, atiendo unos cinco hombres… Pero hay días en los que apenas atiendo a dos. Trabajamos más o menos hasta las dos o tres de la mañana y, si hay plata en el bolsillo y ganas en el cuerpo, nos vamos a un sitio que queda al ladito del Castillo y que es de los mismos dueños que se llama Dolls House. Allá también podemos buscar más clientes, y si la cosa pinta bien nos pegamos una buena bailada.

A eso de las tres o cuatro de la mañana la que no está borracha está mamada, entonces nos acostamos a dormir, para al día siguiente volver a empezar.

La verdad es que acá se vive muy bien. Dos de las niñas con las que comparto el cuarto son también paisas y llegaron casi al mismo tiempo que yo, nos hemos vuelto muy buenas amigas. Siempre hay buen ambiente, nos reímos todo el día. Además, los hombres que se encargan de nuestra seguridad son todos muy queridos con nosotras. Quiero trabajar acá, siempre y cuando pueda viajar algunas veces a donde mi familia, en Medellín, que es el único lugar en el que preferiría vivir.

* Nombre con el que trabaja

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