Han pasado más de 160 días desde que tuve el accidente tras el cual terminé perdiendo la mitad de la pierna izquierda. Milagrosamente, y a pesar de los primeros diagnósticos, me salvé de que el desenlace fuera peor. Tengo 23 años y desde hace varios me he dedicado a ser soldador y mecánico. Llevaba algunos meses trabajando en Puerto Salgar en el proyecto la Ruta del Sol. El 25 de junio a las 10:30 a.m., por cuestiones de la vida que aún no entiendo, la cuchilla de una motoniveladora me cayó encima del pie. Quisiera no tener un recuerdo tan lúcido de ese momento, pues antes de revisar las piezas de la máquina le había pedido a la operadora que la apagara; sin embargo, el interruptor quedó encendido, el sistema eléctrico se bloqueó y la cuchilla de cuatro toneladas bajó a la velocidad de la luz. Me llevaron de inmediato a un centro de salud y debido la gravedad de las heridas, esa madrugada terminé saliendo para Medellín. En la Clínica Las Vegas, la primera intervención consistió en atornillarme los huesos del pie y, pasados 15 días, el médico tomó la lamentable solución de amputarme la mitad. Después de esto y sin señas de mejoría, me trasladaron a la Clínica Los Nogales en Bogotá para hacerme una microcirugía con un 20 % de probabilidades de éxito. El riesgo valía la pena, todo con tal de evitar una segunda amputación. Sin embargo, el pie estaba necrótico y me tocó someterme a una amputación de la rodilla para abajo, un corte mejor conocido como transtibial. Fue un mes durísimo, no era posible convivir con el dolor; cuando el doctor me pedía clasificarlo en escala del 1 al 10, siempre preguntaba por qué el 11 estaba fuera de concurso. Desayunaba, almorzaba y comía morfina. Allá estuve a un pelo de morirme, perdí mucha sangre durante la operación y cuando me hicieron la transfusión, mi cuerpo rechazó la segunda bolsa, estaba helada y casi me da un preinfarto. Ahora, después de cuatro meses de amputado, de vivir el síndrome del miembro fantasma, de varias terapias psiquiátricas por mi estrés postraumático, de que me dolieran dedos del pie que no tengo, de tomarme un centenar de remedios, de mirarme al espejo e impresionarme con no ver la otra pierna, de estar en silla de ruedas, de arrastrarme en una silla plástica para llegar al baño y de utilizar muletas y bastones, por fin siento que puedo valerme por mí mismo. Hace un mes empecé mis terapias en la Fundación Cirec, una clínica de rehabilitación integral para personas con discapacidad, siendo el programa de amputados uno de sus pilares. La primera vez que logré ponerme de pie con la prótesis que me dieron en la clínica, me volví a sentir completo aunque la felicidad infinita que viví fue proporcional al dolor, pues el bajonazo de la sangre del muñón se asimila al chuzón de mil agujas al tiempo. En las siete terapias que he realizado, me han puesto cuatro sockets diferentes, ya que el muñón varía mucho de tamaño, incluso me mandan a tierra caliente para ver si no se me inflama más. Cada vez que esto pasa, se demoran unos tres o cuatro días en entregármelo, así que vuelvo y estreno prótesis, como hoy. Mi deseo es empezar el año con mi prótesis definitiva, la pedí negra, en fibra de carbono. No soporto el color piel de los maniquíes. Quiero decir “tengo pie”. Cuando deje de usar muletas, pienso que volveré a ser el mismo, quiero aprender a correr y a escalar cúspides, así como Nelson Cardona. Lástima que eso solo se le ocurre a uno después. Planeo volver a trabajar, conseguir una casa para mi familia y casarme con Jenny, el amor de mi vida. Ya de viejo tendré que caminar y trabajar poco. Quiero aprender a hacer prótesis. El que me la hizo me dio mi mayor felicidad y eso mismo quiero hacer por otro.

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