He resuelto no volver a afeitarme hasta que termine la novela que estoy escribiendo. Es un acto supersticioso e irracional, ya sé, pero así es nuestra psiquis más radical y profunda: irracional y supersticiosa. A la mente hay que ponerle trampas para que obedezca; a la voluntad hay que engañarla para que no haga lo que le dé la gana. Dejarse la barba salvaje, como unas greñas de loco callejero, es una molestia en el espejo privado de todas las mañanas, y una molestia aún mayor en ese otro espejo público que son las miradas de los que te conocen y te dicen: “Te ves diez años más viejo” o “Pareces Papá Noel” o “Te estás pareciendo a Marx y a Darwin”, o peor: “A este paso vas a terminar como Francisco Galán, el guerrillero del ELN”.

Este sacrificio ofrecido en el altar de la literatura, este experimento mental, lleva dos meses. Lo empecé, casi sin darme cuenta, cuando me fui a un retiro que hay para escritores. Tener la posibilidad de ese retiro era una bendición de los dioses que yo no podía permitirme desaprovechar, y mi “bloqueo ficticio” (quiero decir mi bloqueo de escritor de ficciones) ya llevaba años. Necesitaba tomar decisiones importantes y cometer actos radicales para combatir mi impotencia literaria. Recuperé, entonces, hábitos del pasado, de esa vieja vida mía cuando escribía siempre a mano y con pluma estilográfica de tinta color sepia. Hábitos de cuando no tenía computador personal ni existía internet. Prescindir 100% de internet era imposible, como no comer, porque tenía que mantener un mínimo contacto con mi familia, con el mundo y con mi trabajo. Resolví conectarme una sola hora al día, de siete a ocho de la noche. En una hora debía contestar correos urgentes, enterarme de los desastres de mi país y del mundo, y verificar el estado de salud de mis hijos, mi madre, mi amada, mis hermanas y mis amigos. Abandoné por completo la televisión, pero eso no es un sacrificio. Dejé de leer El Colombiano, pero eso tampoco es un sacrificio. En mi hora de internet les echaba un vistazo a El País y a El Espectador, mi periódico. 
Poco a poco se fue instalando en mí una convicción irracional, religiosa, tonta, pero fantástica: mi novela seguiría creciendo en la medida que mi barba creciera. Mi barba sería la prueba fehaciente de mi confianza en la novela. Mientras los pelos me invadieran las mejillas, el bozo y el mentón, me seguiría invadiendo también el libro. Y así llegué a un convencimiento todavía más profundo y absurdo: una historia se escribe como crece la barba; una novela crece como el pelo y las uñas (deseché la idea de no volverme a cortar las uñas). Si alguien me preguntaba: “¿Por qué no te afeitas?” le decía: “No puedo, mi religión me lo prohíbe”. “¿Y cuál es tu religión?” “Mi religión es la literatura”.
Como un musulmán radical, como un talibán de la novela, debía dejar en mi cuerpo un signo palpable y visible de mi devoción fanática. Ellos se rapan la cabeza y se dejan las barbas. Yo hago solo los segundo: lo primero sería demasiado. Y aquí voy, así voy, mi barba crece como se escribe un libro. Es irracional, es tonto, es supersticioso. Es todo lo que quieran, pero me sirve.
Entonces me doy cuenta de algo más: el pelo (todos nuestros pelos) está conectado de algún modo con nuestra psiquis profunda. Los varones que no somos lampiños, para poder tener dos rostros distintos, tenemos la opción de afeitarnos o de dejarnos crecer la barba. Esto, que parece una frivolidad, un asunto sin importancia, debe de tener alguna implicación honda en eso que antes se llamaba el alma. No puede ser casual que en el léxico del castellano existan tantas palabras para referirse a los pelos del cuerpo. Este solo hecho indica ya una obsesión y un gran deseo de precisión y claridad. El que no haya pensado en los pelos de su cuerpo que arroje la primera piedra. Veamos: 
Hay cabello en la cabeza, hay pelos en las cejas, pestañas en los ojos, bigote o bozo sobre los labios, pelo en pecho, vello en brazos o piernas, pendejos en el pubis o en las ingles. Nos dejamos perilla o candado en el mentón; hay patillas, chivera o barba completa. Hay lampiños, hay calvos, hay rapados, hay tusos, hay depilados, rasurados, afeitados, a medio afeitar. Hay barbas pobladas, barbas ralas, barbas incipientes. Hay glabros, hay desbarbados, hay greñudos, hay pelucas, hay velos, hay turbantes, hay caspa, hay alopecia, hay tiña, hay piojos, hay guedejas, hay melenas y trenzas y coletas, hay pelusa, hay lanugo, hay crenchas, hay partidos, hay moñas y moños, hay colas de caballo, hay mechas, rizos, greñas, bucles. Hay tirabuzones, hay crespos, hay pelo liso, pelo ondulado y pelo quieto, hay rulos, hay tinturas, hay peinados. Hay peluqueros, barberos, estilistas, hay postizos, bisoñés, peluquines, cuchillas, barberas, tijeras, peinillas y cepillos. Hay trasquilados, motilados, peluqueados, ensortijados, engominados, teñidos, untados de brillantina… Hay de todo en el mundo de los pelos.
El pelo, la barba, por algún oscuro motivo al que no tengo acceso con mi mente consciente, es importante. De algún modo oscuro e irracional, secreto, produce efectos mentales. No volveré a afeitarme hasta que demuestre que le puedo ser fiel a mi única fe irracional, a mi única religión verdadera: la literatura. Todas las religiones son mentira, incluida esta, yo sé. Yo sé, pero me sirve. No afeitarme me sirve para escribir. Y escribo, escribo, escribo. No volveré a afeitarme hasta que termine. Y si no termino seré como esos locos que se pisan la barba al caminar, que se envuelven la melena en un turbante como un acto de homenaje a Dios, que no se la cortan como una señal de duelo por haber perdido al único ser que querían. 
La barba como superstición y conjuro. Como alguien que promete no volver a fumar si su hija se cura; como una virgen que ayuna; como un romero que camina a Roma o un peregrino que atraviesa el desierto para llegar a La Meca; como un atleta que se levanta a pedalear a las cinco cada día; como un monje que se rapa, reza y medita; como un obispo pederasta que se mete piedritas en los mocasines, en busca de expiación, y jura no volver a tocar a sus monaguillos; como un cura que se ordena y promete no volver a comer mujer nunca en la vida; como un carnívoro que renuncia al cerdo, a la res, al cordero y a la gallina; como una beata devota que se aprieta un cilicio en el muslo y ofrece gotas de sangre en sacrificio.
Y ya, y si me afeito antes de terminar, que caiga sobre mí la maldición del silencio.

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