Qué tristeza lo de Héctor Alejandro Vargas Peraza, el universitario de 22 años que recibió una fuerte golpiza por parte de dos punkeros en el barrio Chapinero de Bogotá. Ese fue el sentimiento que nos despertó a la mayoría de colombianos escuchar en las noticias que dos punkeros quisieron acabar con su cráneo sin razón aparente. ¡Muy informados los periodistas que solamente consultaron la versión de la novia y muy colombianos nosotros que caímos redonditos!

Y todo el país pensó “pobre e indefensa pareja, podríamos haber sido nosotros o nuestros hijos”. Y entonces comenzó ese show mediático que se ha repetido una y otra vez: la Defensoría del Pueblo pidió justicia, Santos también y en las calles aparecieron carteles de: ‘fuerza Alejo’. Pareciera que los colombianos estuviéramos destinados a hacer de nuestra cotidianidad una telenovela en la que siempre hay una víctima (que crean los medios de comunicación) y un “responsable” que recibe la ira de la sociedad.

Sin embargo, cuando la realidad es más fuerte que la ficción de los medios, preferimos hacernos los desinformados y quedarnos con la versión en la que nosotros estamos del lado de los buenos, así todas las pruebas nos demuestre que estábamos equivocados.

Y entonces aparece un video. En este es evidente que “San Alejandro y su grupo de apóstoles” algo dijeron e hicieron para provocar la furia de los punks. Entonces la tentativa de homicidio en realidad es más bien una pelea en la que las dos partes son responsables aunque, desafortunadamente, una persona salió muy mal librada. Bueno pues esas peleas ocurren en el mundo todo el tiempo (no es un orgullo pero así somos). Y no puede ser que culpemos a todas las tribus urbanas de promoverlas cuando la mayoría de las riñas se presentan en hogares con madres y padres trabajadores que tratan de sacar a sus hijos adelante.

Los medios fueron muy contundentes al enseñarnos el cuadro clínico de Alejandro y al convertirlo en la víctima que Colombia necesita hoy (mañana habrá otra en las noticias), y me pregunto si lo mismo habría pasado con un caso en el que la novia del implicado no fuera la sobrina de Jaime Granados, uno de los abogados más reputados de Colombia, ¿no lo sabían?... ¿De verdad pensaron que este caso había llegado a los medios porque se trataba de ciudadanos del común?

Lo que no vimos en las noticias fue cómo por la información sesgada se arruinaba la vida de dos personas que fueron agresivas pero que también tienen familia y estudian, claro, tal vez no en una reputada universidad. Y entonces ahora más de un colombiano mira a un punkero en la calle y se pasa a la otra acera, teme por su vida y piensa que está frente a un asesino.

¿Y eso está bien? ¿Esa es la sociedad justa y tolerante que queremos? No envidio el infierno que deben estar viviendo los familiares de los dos punkeros, el rechazo social, la estigmatización y el no futuro que deben estar sintiendo. ¿Y todo por qué?... porque los periódicos, los noticieros y las revistas no contaron la noticia completa desde el comienzo y se apresuraron, como siempre. Y nosotros les creímos.

Entonces volvemos a la estigmatización que hace honor a la posición que Colombia ostenta en el tercer mundo. Ya deberíamos sincerarnos y hacer de este nuestro eslogan: “Toda persona diferente, sea homosexual, de una tribu urbana o de una raza distinta no será tratada de la misma manera ni merece una segunda oportunidad y mucho menos se le concederá el don de la palabra para que defienda sus derechos”.

Así me imagino que rezaría el punto que el Procurador intentaría incluir en la Constitución y ¡cómo no! si Noticias Uno, un reconocido medio, es capaz de titular: “joven agredido por banda punk”.

Señores, la ignorancia es lo único que debería recibir castigo: el punk es un movimiento musical y cultural que surgió en Inglaterra a finales de los 70. Tiene compases rápidos y las letras de protesta. Los punks, como se conoce a los seguidores de este movimiento, lucen de manera poco convencional y usan una cresta como peinado. Sí pueden ser anarquistas y ateos, algunos no son exactamente el modelo a seguir, pero eso no los convierte en asesinos. La mayoría de los verdaderos criminales son más invisibles de lo que imagina. Y toda esta realidad poco importa si estamos en el bando de los buenos. Sigamos así que muy pronto todos vamos a perder nuestros derechos.

La Indignada

 

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