Juan David Quijano tiene una cresta corta y lleva chaqueta de cuero. Hace parte de la banda bogotana Incoherentes, cuya guitarrista es su novia, y los dos esperan el nacimiento de su hijo dentro de 15 días. Mañana, ella tiene que dar un concierto tocando la guitarra de lado para no maltratar su barriga.
“No comemos entero”, dice Quijano, en consonancia con la premisa punk de luchar contra el sistema (solo espero que ese sistema no sea el sistema métrico, porque un error de cálculo podría ser fatal).
Estoy acá para tomar ‘chamberlain’, el trago hechizo de los punks colombianos. “Somos empíricos. no sabemos de do, re, mi; Hacemos música como nos sale”, me dice el bajista de la banda NN Fosa Común. Supongo que ese mismo antimétodo es el que usan para preparar el ‘chamber’, y debo confiar en el rigor alquimista de una gente que por principio rechaza el rigor.

Un error en la preparación me puede dejar muerto sobre el suelo del coliseo en el que se celebra el Primer Festival Nacional de Punk. Estamos en Mesitas del Colegio: “Lo hacemos acá, porque en Bogotá no apoyan estas vainas”, dice el Muerto, organizador del evento y encargado de preparar el chamberlain que debe bajar por mi garganta. El Muerto (que no revela su nombre) tiene una cresta despeinada que con la cantidad necesaria de jabón Rey (el gel punk) debe quedar erguida unos 20 centímetros por encima de su cuero cabelludo.

Le digo que estoy nervioso, él pide mi libreta y empieza a escribir. “Tiene que buscar una droguería”, dice. La razón es que el ingrediente principal del chamberlain es alcohol antiséptico. El Muerto pide que sea de marca JGB. Esto, aunque suene extraño, es una buena noticia. Según explica la toxicóloga Pilar Acosta, muchas personas mueren por el consumo de chamber, porque en vez de prepararlo con alcohol etílico, lo hacen con industrial. La diferencia es que el segundo está repleto de metanol, un químico que puede causar la muerte con solo ingerir 40 mililitros. Sin embargo, la doctora Acosta asegura que aunque el alcohol etílico (compuesto del JGB) es el mismo que el de los tragos legales, la concentración de su versión farmacéutica es demasiado alta para el consumo; mientras un tequila tiene 40 %, el JGB tiene 70 %. Además, el alcohol antiséptico tiene otros componentes impropios para asegurar una borrachera inofensiva.

Recorro Mesitas del Colegio en busca del tarro de alcohol, y me es imposible dejar de recordar lo que he leído sobre el chamberlain. Lo llaman el ‘elíxir mortífero’, la ‘amenaza para los adolescentes’. Una nota de 2011 publicada en El Espectador habla de muertos e intoxicados. “Lo importante es que le saquen el diablo”, me dice mi conductor. Esto es prenderle fuego al alcohol (cual si fuera una molotov) y dejar que se evapore parte del etanol. No estoy tranquilo. Se necesita apenas 0.50 % de concentración de etanol en el cuerpo para morir. Entro a una farmacia y pido la botella. “Grande”, digo. Todo menos que una horda de punks piensen que soy una gallina.

***

Son casi las nueve y el festival aún no comienza, porque la gente del sonido se quedó sin frenos en la carretera y llegó tarde. La misma carretera curvilínea que yo tendré que recorrer de vuelta con el cerebro lleno de etanol. El Muerto me pide que lo siga. 

Caminamos por un pasadizo oscuro en el que aparecen puntos rojos que se transforman en punks que fuman ansiosos. Todos me miran con desconfianza. Todos saben que yo no debería estar acá.

Llegamos a un lugar que hace de tienda. Unos policías están sentados en unas Rimax y no dicen ni hacen nada. Saben que son minoría y que cualquier acción imprudente los pondría en guerra con más de cien punks que han venido desde varias ciudades del país. 

El Muerto dice que va a hacer varias versiones del chamber, y va en busca de unas botellas y de un encendedor. El primer paso de la preparación es abrir el tarro de JGB y sacarle el diablo. El Muerto agita la botella, le da un soplido y lo prende. De la botella sale una ráfaga de fuego azul que no dura más de tres segundos. Todos piensan que la sacada del diablo es clave, pero la verdad es que la espectacular llamarada disminuye menos del 10 % de la concentración de alcohol del tarro. Lo que el Muerto tiene en la mano sigue siendo una venenosa pócima de unos 65 grados. Pero me tranquiliza, porque sé que existen versiones hechas con ACPM y gasolina. A pesar de que por dentro tiemblo, es bueno saber que tomo la versión ‘señoritera’ de un trago que mata cada año a adolescentes, indigentes y, por supuesto, punks.

El primer chamberlain de la noche (y de mi vida) es uno tipo vodka. Papel y lápiz, los ingredientes son:
• Un chorro largo de alcohol etílico al que previamente se le tuvo que haber sacado el diablo.
• Tres o cuatro cucharadas soperas de Frutiño de naranja. 

Ahora, la preparación: 

• Vierta el alcohol en cualquier recipiente que tenga a mano.
En esta ocasión, el Muerto agarra una botella de vidrio abandonada en la tienda del estadio. Si fue usada por un paciente de hepatitis B o para guardar veneno de ratas, no lo sabemos.
• Agregue el Frutiño. 

• Tape la botella con su dedo gordo (lavarlo antes es opcional) y agite vigorosamente.
El resultado es un líquido color orín opaco. En nariz hay un primer totazo de alcohol. La cara se arruga y dan ganas de estornudar. En el fondo se siente el aroma cítrico computarizado del Frutiño.
Llegó el momento. Pienso echarme para atrás, pero lo único que me da más miedo que beber chamberlain es ser descortés con un punk. La botella de JGB advierte: no ingerir. No preparar bebidas alcohólicas. Cierro los ojos y me mando el primer sorbo. Si estuviera en Discovery Chanel, una voz en off pediría que no haga esto en casa.

Glup. Los nervios hacen que me pase el primer trago rápidamente. Solo siento calor en la boca. Es el alcohol. Pronto pasa a la nariz. Es picante, es fuerte, es asqueroso, pero no logro decir a qué me supo. Tengo que tomar un segundo trago. Lo hago. Empino la botella y dejo el sorbo de chamberlain en mi boca por unos segundos. El alcohol hace que todas las terminaciones nerviosas de mi lengua se encrespen. El sabor es un corrientazo. Pronto todo queda entumecido, como si acabara de chupar novocaína. En ese momento, cuando tengo tanto alcohol en la boca que ya ni lo siento, me llevo la primera sorpresa de la noche: el vodka punk tremendamente parecido al real. Algo en el cítrico del Frutiño y el etanol hace pensar en el trago ruso. Solo que esta es la versión emputada. Luego del primer trago, el segundo no sabe nada mal. 

Le hago saber al Muerto mi opinión. Por primera vez en la noche ríe, y empieza con el segundo ítem: el chamber tipo ron, que se hace con el mismo chorro largo de alcohol y uno más corto de Coca-Cola. El resultado final es un líquido que parece gasolina. Una vez más, el parecido con el original es impresionante. Uno de los organizadores agarra la botella y prueba. “Jueputa —dice—“esa mierda está fuertísima. Sesenta grados de alcohol —responde el Muerto— eso es lo que necesita el cuerpo”. 

Seguimos con un Bailys: alcohol, leche condensada y chocolatina molida. Glup. Luego de que el alcohol me duerme la boca, puedo sentir el dulce lechoso. Doy un trago más y el recuerdo de malas borracheras combinadas con dulce me convence de no seguir. 

El siguiente es el Alelí. El Muerto dice que es el de los punks paisas. Tiene agua y alcohol. Me lo llevo a la boca. Un catador diría que tiene aguja, es decir, que se siente como si a uno le estuvieran tatuando la lengua. Diría también que es astringente, es decir, que la boca se siente como si estuviera llena de trementina. Me recuerda al ouzo griego, pero versión histérica. 

Finalmente, El Muerto dice que a él le gusta calentar la garganta con un trago puro. Agarra el tarro de alcohol JGB, da unos sorbos y me lo pasa. Ya he tomado varios tragos y me siento tremendamente mareado. Tomo el alcohol, lo pongo sobre mis labios y finjo beberlo.

Lo que un catador no mencionaría luego de probar todas las versiones del chamberlain es lo que solo se puede describir como una nota quirúrgica. Cuando la lengua despierta de su borrachera, lo que permanece es el sabor de la desinfección tópica. Cada momento que pasa, la boca me sabe más a botiquín, a enfermedad, a chicle con sabor a curita.

Los efectos del chamberlain son extraños. Tengo un corto periodo de euforia, alimentado por el hecho de que los punks ya no me ven con ojos asesinos. Al ver que tengo una botella de su chamber en la mano, estiran el brazo y pegan un sorbo eterno. Por cortesía hago lo mismo. Glup. En Japón se brinda diciendo “kampai”; en Alemania, “prost”, y en Rusia “naz da-ró-vye”. Los punks, como regla, esputan un ¡GO-NO-RREA! Aprovecho estos nuevos lazos de amistad para preguntar por el chamberlain, pero las respuestas son insatisfactorias. 

Un tipo que se ve mayor que los demás dice que toma chamber “porque lo que para unos es desecho para nosotros no”. Nadie sabe por qué se llama chamberlain, nadie sabe el porqué de su relación con el punk en Colombia. Un tipo con una cresta de al menos 30 centímetros me dice que toma chamber porque “es nuestro chorro” y se da unos golpes patrióticos en el pecho. Luego habla de manera confusa sobre los problemas que ha tenido para conseguir casa por su pinta. Antes de terminar su historia, ya se ha tomado un trago largo del chamberlain tipo ron y uno de guarapo, pide una llave para sorber cocaína por la nariz y saca del bolsillo una mota de marihuana.

Otro personaje forrado en cuero me dice que cuando tiene con qué, prefiere una caja de aguardiente en vez de chamber: “Esa mierda no me emborracha sino que me jode la cabeza”. Entiendo lo que dice. No ha pasado más de media hora y mi euforia se ha convertido en malestar. Siento el cerebro dos tallas más grande y tengo fuego en la boca del estómago.

El concierto ya va a empezar y uno de los punks con los que conversé empieza una pelea en el escenario. La mayoría de la gente se queda en la zona de camping, instalada afuera del coliseo. El Muerto agarra el micrófono: “Gonorreítas, el concierto ya va a empezar”. Nadie hace caso. Los punks no se dejan organizar ni por ellos mismos.

Vuelvo a la zona de camping para descubrir que a los punks no les gusta ser entrevistados. Me piden que no los grabe, no me dicen su nombre y piden que no les tome fotos. Me acerco a un hombre de unos 30 años que vende guarapo. No me va a hablar si no le compro algo. Le entrego 2000 pesos y recibo una botella de un litro de guarapo en la que flotan dos hormigas. Como cortesía, y desesperado por la falta de entrevistas, me tomo un trago. 

Finalmente, luego de hablar bastante con él y presenciar una segunda pelea, oigo algo que me parece coherente: “Tomamos chamber porque es barato”. En efecto, la botella de 700 mililitros de alcohol JGB me costó 2600 pesos, lo suficiente para hacer más de un litro de Alelí, por ejemplo, y para que al menos cinco punks queden tirados en el piso —en el mejor de los casos— por la borrachera. Pero agrega: “Cuando uno está amanecido, lo único que encuentra abierto son farmacias. Ahí se consigue todo lo que se necesita para hacer chamber". 

La realidad es a veces simple. El alcohol etílico es de venta libre, se consigue a cualquier hora y lo pueden comprar menores de edad. Dos más dos es cuatro.

Es la una de la mañana y siento ganas de vomitar. Cada eructo me trae de vuelta el sabor a esparadrapo. He compartido botella con unas diez personas. Trato de tranquilizarme pensando que el chamber tiene suficiente alcohol para acabar con cualquier infección, pero pronto me siento paranoico. Pienso en la mononucleosis, en la hepatitis B, en el VIH, en la faringitis. La borrachera del chamberlain es una corta euforia que se convierte en malestar y después ‘un mal raye’. Me despido del Muerto. De camino a la ciudad siento náuseas. 

Ya en Bogotá nos paran en un retén de rutina. Le pido al policía que si me puede hacer la prueba de alcoholemia, que es parte de un reportaje. Soplo por tres segundos en el aparato y me informan que tengo dos grados. Han pasado más de tres horas desde mi último chamberlain. Supongo que bebí unos siete, y el nivel de alcohol en mi cuerpo sería suficiente para que me quitaran el carro y el pase. En mi casa trato de dormir y siento que la barriga me da vueltas. Lo que un trago normal le hace a su cabeza, el chamberlain se lo hace a su estómago. 

Al día siguiente me despierto con un guayabo mortal, estoy de mal genio y no quiero hablar con nadie. Tal vez el guayabo del chamberlain es la razón por la cual los punks viven emputados.

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