"Hazte desear", les dicen las matronas guajiras a sus nietas. Punta Gallinas se hace desear. No es fácil llegar a ella. No se te entrega desde el primer instante. Para poder verla en su inmensa y deslumbrante desnudez hay que atravesar desiertos y marismas, rodear salinas y golfos, cruzar pueblos fantasmas y puertos de contrabandistas, esquivar cementerios blancos en medio de ninguna parte, parar en peajes manejados por niños y en tristes guarniciones militares (una choza y seis hombres) donde el único sueño de los soldados es tener un poco de hielo para enfriar el agua tibia y -si fuera posible- un tabaquito de marihuana para acompañar la soledad y mitigar el calor.
Gracias a que no ha llovido -pues en este desierto a veces llueve- el viaje por tierra y mar desde Riohacha dura siete horas. Si lloviera, podría durar el doble de este tiempo, o tal vez más. La sufrida Toyota que nos lleva es venezolana, como casi todos los carros de La Guajira, robada en el país vecino y más o menos legalizada con placas medio ficticias en alguna oficina de tránsito del departamento. La gasolina también viene de allá. Así es acá. Las zonas fronterizas viven en la frontera de la legalidad. Les quitas eso y se mueren, como pasó con Maicao, la antigua capital del contrabando, que ya no es ni la sombra de lo que fue. De los cuatro mil musulmanes que habían llegado, ya tres mil se volvieron a ir.
Desde Riohacha no hay muchos conductores dispuestos a llevarte hasta la punta extrema de la Alta Guajira. En toda la ciudad no hay más de cinco o seis que sepan descifrar en el desierto la red de caminos inciertos que llevan hasta Punta Gallinas, la lengua de tierra septentrional con que terminan (o empiezan) Colombia y Suramérica. No hay señales en ninguna parte ni mapa de carreteras que te orienten. Algunas veces las autoridades han puesto letreros en el campo abierto, pero los habitantes los quitan o les cambian la dirección a las flechas: saben muy bien que serán dueños del sitio mientras solo ellos conozcan y dominen el territorio, los atajos, las encrucijadas, los peligros. Una especie de brújula invisible, órgano de paloma mensajera, alojada en algún lugar del cerebro de Gustavo, nuestro conductor, es lo que nos lleva, entre tumbos y tumbas, hacia el ansiado norte.
Esto vale la pena vivirlo: en una interminable planicie blanca de algún planeta extraño y despoblado, bajo un sol inclemente, el gran jeep verde avanza como flotando a ciento treinta kilómetros por hora y deja a sus espaldas una polvareda de sal. A veces se avanza a toda velocidad, como por una autopista. Otras veces se va a paso de mula, entre piedras enormes y arroyos secos, sacándoles el cuerpo a los cactus. En la lejanía, sobre las cristalinas aguas estancadas, los patos espátula y los flamingos rosados parecen espejismos, sueños, o recuerdos borrosos de alguna foto de National Geographic. De repente, en los terrenos donde se va despacio, un lazo con trapos rojos y verdes nos impide el paso. Una pareja de niños con cara de viejos, para dejarnos pasar, obligan a comprar al precio que queramos caracoles hervidos o iguarayas del color de las medias de los arzobispos: los frutos maduros de los cactus son jugosos, no muy dulces, y dejan en los dientes la mancha de su sangre.
Al pasar por Puerto Nuevo hay algún movimiento de oscuras mafionetas con los vidrios polarizados, y camiones que pasan cargados hasta el techo de cajas que llevan o traen alguna mercancía que nadie quiere averiguar qué es. Hay un único barco fondeado en la bahía. Max, el fotógrafo, toma un par de instantáneas furtivas, y seguimos adelante, a toda marcha, hasta que en las afueras de Portete nos detiene un retén militar no mucho más imponente que el lazo de los niños. Muestro la vieja tarjeta de periodista, que tiene todavía cierta aura de salvoconducto. El pago del peaje, como ya dije, consiste en bolsas de hielo y un porrito de marihuana Gold de la Sierra. Por un rato, al menos, los soldados tendrán agua fresca, y la monotonía y el calor serán atenuados por el humo benévolo del mejor cannabis de la Tierra.
Se supone que ellos cuidan el pueblo inexistente, sin un solo habitante, de Portete. Puerto Portete, hasta hace apenas tres años, le competía a Puerto Nuevo como lugar privilegiado de embarque y desembarque de contrabando. Era una ruta próspera de salida para lo que da la tierra, y de entrada para las cosas que vienen de Panamá o las Antillas Holandesas (whisky, zapatos, cigarrillos, electrodomésticos). Cada uno de los sitios era dominado por dos distintas familias wayuu. Solo que, según cuentan, los de Puerto Nuevo acabaron aliados con los paramilitares del interior, que no acostumbran los métodos tradicionales de arreglo de conflictos que tienen los indígenas guajiros.
Lo que pudo haberse resuelto con un intermediario palabrero, y pagando en especie alguna indemnización por los agravios padecidos o las rutas en conflicto, se convirtió en carnicería, según el método típico de los paracos. La matanza de Portete ocurrió en abril del 2004. Hubo decenas de muertos y desaparecidos, y niños y mujeres macheteados y descuartizados. Esto rompe con la tradición wayuu de no involucrar nunca a las mujeres en la guerra. El pueblo se vació y hoy no queda nadie por sus calles fantasmales. A una mujer que volvió con su familia, la mataron. Los que sobrevivieron de la casta que aquí dominaba, desplazados, justamente resentidos, esperan al otro lado de la frontera, en Venezuela, algún momento propicio para emprender el regreso. Están armados y saben que algún día volverán, aunque no sepan cuándo. También para ellos la venganza es un plato que se cocina a fuego lento.
Al fin nos acercamos a Bahía Honda, la profunda ensenada marina que anuncia a Bahía Hondita, varios dedos de mar que se adentran por los lados de la meseta peninsular en que consiste la explanada pedregosa y semidesértica de Punta Gallinas, nuestro destino. Aquí, si tenemos suerte, nos recogerá una lancha de pescadores, la de Emilio Arends, que a esta hora a finales de la tarde debe pasar por el estrecho, de regreso a su casa. Rodear las profundas entradas marinas, por tierra, implica unas tres horas más de viaje por entre los médanos, que el chofer hará solo, mientras que la travesía por esta franja de mar dura quince minutos. Pero como el paso de Emilio no es seguro, nuestros guías, Francisco Huérfano y Andrés Delgado, nos sugieren tener a mano los chinchorros para colgarlos de los árboles, en el caso de que no pase la lancha de pescadores y nos toque dormir a la intemperie.

En la escuela de Punta Gallinas dos profesoras se las arreglan para dictar todas las materias de todos los cursos. Hay 131 niños.
Ciento treinta y un niños están inscritos en la escuela de Punta Gallinas, pero en esta ocasión solo hay seis presentes.

Mientras la Toyota se aleja, cuando apenas si hemos tenido tiempo de vaciar la vejiga y admirar los colores inauditos del mar en este último cañón de agua que se adentra en el continente, empieza a oírse a lo lejos el motor fuera de borda de la lancha de Emilio. Silbamos y hacemos señas con los brazos para que se detengan. Son muy amigos de Francisco Huérfano, que cada mes les trae turistas de cualquier parte del mundo, a dormir y comer en las rancherías de algunos de ellos. Subimos al bote de fibra de vidrio, conducido por un adolescente taciturno, Carlos. Emilio, en cambio, está alegre, y en el corto trayecto hasta el otro lado de la bahía nos pasa varias veces un frasco de chirrinchi, el aguardiente artesanal que los wayuu destilan para su propio consumo, y que entre todos vaciamos hasta el fondo a pico de botella. Es áspero, ahumado, quema el esófago, aviva la conciencia, y debe de tener más de cincuenta grados de gradación alcohólica.
No sé si habrá sido el chirrinchi, un cálculo celestial de nuestros guías, o alguna buena estrella. El caso es que en cuanto terminamos de ascender por el acantilado que nos lleva hasta la desolada meseta donde está Punta Gallinas, el sol se pone, rojo, por el occidente, y la luna llena se levanta, blanca, en el oriente, al mismo tiempo. Por un momento los dos astros se miran como en un espejo, sobre la ocre planicie pedregosa, y por detrás de un mar que acelera el aliento. Todos nos quedamos mudos ante el espectáculo de esta bienvenida. Punta Gallinas se entrega. Difícilmente volveremos a vivir la experiencia de este paisaje impresionante. Toda la noche, sin una sola nube, será iluminada por el claro de luna.
En la ranchería esperan varias mujeres wayuu de todas las edades, un hormiguero de niños y niñas, un perro y un cerdo. Huele a arroz blanco y a pescado fresco, listo para freír en el aceite. A la entrada del cobertizo donde nos reciben, hecho de yotojoro (especie de bahareque que se saca del corazón del cactus), que hace las veces de sala de recibo, y donde también colgaremos las hamacas para dormir, está Toni Arends, hermano de Emilio, con su esposa, Lilia, elegante y altiva, y está la hermana más joven y más vivaz de las Arends, Luz Mila, con un hermoso niño de tres años, Bebé, que tiene desde ahora una mirada de mando y poderío, y una curiosidad inteligente. Mientras nos saludamos, el rebaño de cabras está entrando al corral para pasar la noche.
Nuestros anfitriones son pastores, pescadores y comerciantes. Hablan entre ellos con el dulce acento del wayuunaiki, su lengua materna, y con nosotros en un español correcto. Salvo los niños, que hablan solo en wayuunaiki, todos son perfectamente bilingües. Antagonistas de los Arends han sido los Cohen, de un pueblo vecino, con quienes combatieron una guerra sangrienta hace ya varios decenios, de la que prefieren no hablar, para no tener pesadillas ni mal sabor en la boca mientras atienden a sus huéspedes.
Después de una noche serena en los chinchorros, madrugamos a conocer el sitio exacto en el que termina o empieza Suramérica, el extremo más al norte de este continente. En Punta Gallinas, a cien metros del mar abierto, hay un faro alimentado por energía solar, montado en una estructura de hierro roja y blanca. A su lado hay tres burros y ocho cabras, más una casita semiderruida que fue del guardafaros, Pedro Robles, hoy reemplazado por infantes de marina que vienen cada tres meses de Cartagena a hacer mantenimiento. En una de las paredes de la casa abandonada se lee, escrito a mano con brocha gorda y en pintura roja, el apellido de un político: Araújo. Sobre la tierra, entre guijarros y conchas de moluscos, brotan retoños verdes con margaritas diminutas que beben la humedad nocturna y que sirven de alimento a las cabras. Sobre la arena encuentro una quijada de burro sonriente, igual a aquella que usó Caín para matar a Abel, y que tal vez los Cohen usaron para matar a sus hermanos Arends.
Como es domingo, le pregunto a Toni si ellos no descansan en las fiestas. "Todos los días son iguales", me dice, en su tono amable y sentencioso. Después vamos a los pozos de agua. Cada familia de la meseta de Punta Gallinas tiene su propio hueco tapado, que cierran con candado. Acarrean el agua descolgando los baldes con una cuerda. Las cabras hacen fila para beber y las que van llegando se arremolinan alrededor del bebedero. Beben una vez al día, por la mañana. El agua de la casa también se saca de allí, de ese pozo cuyo lugar fue soñado hace siglos por un antepasado. "Aquí somos ricos en agua", me dice Toni, sin reparar en que deben llevarla hasta la casa en pimpinas, a pie o en bicicleta, a kilómetros de distancia, cada dos o tres días.
En el corazón de Punta Gallinas se ven los nítidos rastros de una pista de aterrizaje. En los años de bonanza fue un aeropuerto de narcos, y los wayuu recibían aportes por dejarlos usar sus tierras de resguardo. Ahora la pista muestra cráteres profundos, que cuando llueve se llenan de agua para abrevar las cabras. La Fuerza Aérea bombardeó la pista hace tiempo, y la interdicción aérea acabó de fregar el negocio, que ahora los narcos hacen con lanchas rápidas que zarpan de los puertos. Si son interceptadas, arrojan al mar la mercancía, y ha habido veces en que los wayuu encuentran bolsas de cocaína en la playa, y viven de ese hallazgo durante meses. Lo mismo ha ocurrido con cajas de whisky, de ropa, de cigarrillos. Ante un peligro de decomiso, los contrabandistas arrojan todo por la borda, y el generoso mar, a los pocos días, deposita todo en la orilla.
Emilio se acerca en bicicleta y nos llama. Tenemos suerte. Han pescado un tiburón y nos lo quiere mostrar. Mide más de dos metros y debe de pesar ciento cincuenta kilos. Los ancianos lo destajan. No se lo venderán a su tío, Jacobo Arends, el dueño de la única pesquera de Punta Gallinas, porque lo paga muy barato. Este hombre duro, seco, tiene más hijos que los patriarcas antiguos, ochenta, aunque no nos informan con cuántas mujeres. No le venden a él el tiburón. Más bien van a salarlo y a ponerlo a secar en el techo de zinc de la casa, para cuando pasen los comerciantes de pescado seco que vienen a comprar desde Maracaibo. Así se gana más. Salan los trozos inmensos del tiburón con la misma sal gruesa que recogen de las marismas.
Después de almorzar unas langostas y unos langostinos suculentos, aliñados con ajo, sacados hace un instante ante nuestros ojos, mientras nos dábamos un chapuzón en el mar, visitamos la escuela. Está al lado de la casa de la abuela Arends, una matrona inmóvil, vieja como son viejas tan solo las mujeres de la Biblia. Allí mismo vive su hija, Ana Arends, la rectora, que no siempre está allí pues tiene otras escuelas a su cargo en la Alta Guajira, y da clases a veces, sobre todo de educación física, en la playa. Hablo con la maestra, Ana Alvarado. Hay 131 niños matriculados en Punta Gallinas, y seis asistentes. Ella sola, más otra maestra sin sueldo, Diana Gómez, deben dar todos los cursos, de preescolar a quinto. Bienestar Familiar les manda mercado para el desayuno de los niños, y las madres se turnan para cocinar. También el agua la traen por turnos los alumnos, desde los pozos. Ana sueña con que la gobernación les contrate siquiera otra maestra, para poder dedicarles más tiempo a los niños. Pero Uribia, el municipio del que dependen, aunque recibe jugosas regalías de las minas del Cerrejón, se gasta en corrupción todo aquello que no le da a la educación.
Algo parecido pasa con la salud. Hubo una promotora de salud, que ponía inyecciones, daba remedios y recomendaba medidas de higiene. Pero le suspendieron el sueldo. No hay puesto de salud, aunque hace años que ruegan que el Gobierno les ponga uno. El hospital más cercano está a muchas horas de camino y a Punta Gallinas el transporte público llega tan solo una vez por semana. Tampoco tienen energía eléctrica, y el teléfono satelital que les instaló Compartel fue devastado hace meses por el salitre, y no funciona, ni hay forma de que lo vengan a arreglar. Sin embargo, los Arends no se quejan de la vida. En Punta Gallinas hay gente que vive realmente mal, los más pobres, pero los más pobres no son ellos.
Vuelve a caer la noche sobre la Alta Guajira, y los chinchorros se cuelgan. Nos dormimos temprano. Amanece al instante. Las cabras salen al campo, los pescadores se marchan hacia el mar abierto. Las mujeres van a los pozos. Jacobo Arends pasa en su flamante Toyota nueva y mira displicente detrás de sus Ray Ban. Los días son iguales. La amplia meseta desolada muestra sus tonos ocre y el mar se tiñe de todos los azules y de todos los verdes. La vida se repite, hermosa y serena. Pobre sin amargura. Un poco suspicaz y reservada, raras veces violenta. Punta Gallinas, con sus wayuu hospitalarios y ahora abiertos al turismo, pese a todas sus necesidades y a todas sus carencias, es un magnífico lugar de la Tierra. Ojalá se conserve.

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