Lúder Uriana tiene 32 años y lleva 20 pescando. Madruga todos los días a las 5:00 de la mañana y sale de Bahía Hondita en Punta Gallinas, el punto más septentrional de América del Sur, hasta algo así como 1 kilómetro de distancia, donde la noche anterior dejó puestas las redes con las que pesca.

Su bote tiene un motor pequeño, de 15 caballos de fuerza. Hace bastante ruido y también sirve para dar energía a un bombillo incandescente que ilumina cuando todavía es de noche. La luna ayuda a alumbrar el camino y se refleja sobre el agua del mar. Aunque todavía está oscuro, Lúder tiene claro el recorrido al lugar donde había dejado los trasmallos. En el bote también van los tres hijos del pescador que lo acompañan a diario para enseñarles cómo es el trabajo en el mar.

Esa mañana, antes de las 6:00, sacaron poco a poco los trasmallos y descubrieron que la pesca sigue tan floja como en los últimos días. Apenas dos bagres pequeños y un par de mojarras flacas, eso fue lo que quedó atrapado durante la noche.

La sensación es de desilusión, pues con esto apenas se ganaría 1000 pesos. Allá, por un tiburón pequeño pagan 12.000 y por cuatro peces medianos, 10.000.

Se toman un tiempo para regresar a tierra. Al hacerlo, poco antes de las 7:00 de la mañana, unos niños wayúu llegan al lugar a ver con qué se pueden quedar. Lúder, mientras tanto, les quita las escamas y les saca los órganos a los peces que consiguió, y entonces les regala la producción del día a los niños indígenas. Volverá a la casa a cuidar sus chivos y en la noche volverá a poner los trasmallos para repetir todo mañana, ojalá, con mejor suerte.

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