Si quiere ver el texto Puta pobre, de Alfredo Molano que complementa estas Vidas paralelas, haga clic aquí.

Hay algo tierno en Sofía. Algo dulce traspasa las palabras de esta jovencita con ínfulas de femme fatale que cree saber todo del mundo y de la vida. Hay algo risible cuando me cuenta que no permite que le digan puta, a menos que sea como un cumplido. Y ella pone el ejemplo: “Si en la mitad me dicen ‘eres la mejor puta que he tenido’, eso se siente rico”.

Hay algo seductor en sus súbitos recatos y en sus miedos.
La cita fue un sábado a las 10 de la mañana en un cómodo hotel de Bogotá. El sitio, la hora y el día llamaban al equívoco. 
Llegó subida en unos tacones de 12 centímetros, cercana réplica de Christian Louboutin. Pantalón negro, blusa de tigre, cartera enorme y una minúscula bolsa de Studio F en la que cargaba una peluca. Olía a perfume y a crema dental. 
Recuerdo que se reía bonito y hablaba con acento —aprendido— de señorita del norte de Bogotá. Cuando caminábamos hacia la habitación en la que haríamos la entrevista, junto con la productora de SoHo y el fotógrafo, soltó una frase aterradora: “Parece que fuéramos a hacer un cuarteto”. 
La cama ocupaba la mayor parte del cuarto. 
“Se ve más joven que en la televisión, Juan Carlos”, me dijo cuando se sentó en la silla del lado y antes de que pudiera aclararle algo preguntó: “¿Por qué decidieron entrevistar a una niña de mis valores”. Quedé perplejo por el carácter axiológico de la pregunta hasta cuando agregó: “Es que hay niñas de 200, o 300.000, ¿ por qué quieren entrevistar a una de un millón”.
Un millón de pesos, 500 dólares, es lo que cobra por visitar a un cliente. Cada mes, según ella, se gana entre 15 y 20 millones de pesos que invierte en finca raíz o en la bolsa de valores —para lo cual cuenta con la ayuda de algunos de sus clientes— y en algunos viajes. Nueva York es su ciudad favorita.
A diferencia de muchas colegas suyas, Sofía dice que le ha ido bien económicamente, que ha podido darse gusto, ahorrar y ayudar a su familia, que desconoce que está dedicada a la antiquísima profesión.
Cuando llena los formularios en la casilla de ocupación escribe “trabajadora social”, una carrera que afirma haber terminado en una universidad, cuyo nombre se reserva. Sin embargo su verdadero oficio suele llamarse “escort” o acompañante. Sus abnegados servicios no siempre terminan en sexo, y dice que es una de las mujeres que aparecen en la página www.fierywoman.com
Algunos clientes solo quieren estrechar una mano, tener un hombro para llorar o dormir una siesta abrazados a ella. Muchos hombres desnudan su alma. Le revelan sus miedos, le piden consejo y se confiesan ignorados o maltratados por las personas que aman. 
Cree que la mayoría busca una acompañante para jugar a la seducción, pero con resultado garantizado. Quieren tener un escenario controlado para probarse a sí mismos que son capaces de conquistar y hacer gozar a una mujer. Para esa clase de clientes cada minuto es una réplica a escala de la vida. Juegan a aproximarse y a ir ganando terreno. Sofía les sigue el juego con algo de malévola inocencia. Sabe que ellos quieren lograr en la comedia lo que no les da la vida más allá de la seducción pagada.
Algo de mascarada tiene la vida alegre. 
Por eso en su guardarropa de amante a sueldo hay disfraces de enfermera, de colegiala, de dominatriz, en fin. El juego salva su existencia de la monotonía. Total hay clientes más aburridos que solo quieren tener un rato para frotarse contra ella, pagar y despedirse. 
Otros buscan la juventud perdida en la tersa piel de Sofía y en sus enormes tetas. No siempre pueden pero generalmente lo intentan con pasión. Para ellos, Sofía es ardor o inocencia, juega a dejarse llevar por la supuesta experiencia de los otoñales que en muchas ocasiones solo quieren que se sepa que estuvieron con ella aunque en la realidad no haya pasado nada.
Algunos quieren dar rienda suelta a fantasías inconfesables o simplemente irrealizables con sus parejas.
La han invitado a hacer de todo, pero ella tiene claros sus límites: “Ni niños, ni animales”. Sin embargo, cuenta que la peor aberración que ha oído vino de un sujeto elegante que le propuso hacer el amor mientras asesinaba a alguien. Ella se negó, e insiste en que no quiere entrar en detalles, pero algo hace pensar que ese secreto aún pesa en su conciencia.
Sofía odia los malos olores y la tacañería.
Nada la excita más que ver a un cliente recién duchado, esperándola en bata de baño y con el pago de su servicio sobre la mesa de noche. Detesta que huelan a sudor, a orina o a cigarrillo. Tristemente eso es bastante usual.
Pocos tienen consideración con ella, con sus pudores y sus ascos. Imaginan que en el precio está incluido un estómago fuerte que aguante alientos fétidos y alcohólicos o suciedades acumuladas. Muchas veces ella ha tenido que bañar con disimulo y pañitos húmedos a sus clientes. 
Ella pone el condón —obligatorio en su oficio— con la boca. Con frecuencia el olor a látex y lubricante es más grato que el de sus acompañados. 
Estremecida por sus recuerdos olfativos, recomienda a todos los hombres cortarse el vello púbico con alguna frecuencia. No se trata de raparse pero sí de mantener corto eso que algunos llaman los “chilindrines”. En esa fronda capilar suelen amañarse aromas indeseables. Según ella, no basta con llenar los rizos de champú cada mañana, hay que cortarlos periódicamente. 
En sus viajes, por allá abajo, siempre ha preferido encontrarse con Yul Brynner que con Bob Marley.
Lo otro intolerable para Sofía es un hombre amarrado. Aquellos que habiendo aceptado la tarifa por teléfono le piden rebaja cuando ella ya está ahí. 
Detesta que los clientes piensen que están pagando con generosidad sus servicios, cuando ella sabe que es apenas lo justo o quizás menos. Afirma que ese detalle por sí solo acaba con la magia de un rato de placer.
Le gusta —y asegura además que la excita— ver su pago completo con billetes nuevos y ordenados al lado de la cama. Dice que los mejores clientes siempre dan un poquito más como reconocimiento a sus servicios y que de esa actitud surge algo parecido al cariño.
Cuando no hay amor, ni atracción, ni afinidad, ni nada; lo único que hace posible la excitación es pensar lo que puede comprar con esa plata.
Pensar en un vestido nuevo o en el regalo que le puede hacer a su hermana de 15 años o a su hija de cinco, es un buen sustituto del amor según ella. 
Hace mucho tiempo no siente que alguien la quiera de verdad. 
Todavía espera un príncipe azul. Tenía 16 cuando perdió la virginidad. No fue especialmente traumático, simplemente no fue. Su novio, tres años mayor, la llevó de una taberna a unas residencias de mala muerte en Chapinero. Le había dicho —o Sofía creyó haberle oído— que solo iban a ver una película juntos.
No supo bien a qué hora, ni con permiso de quién, él se le echó encima, jaló sus bragas y entró a la brava en ella. No fue una violación, técnicamente no. Ella fue voluntariamente a ese sitio y sospechaba lo que podía pasar, pero él nunca le pidió su permiso para llegar tan lejos.
Sofía hubiera querido que esa primera vez la hubiera acompañado un amante dulce que la supiera llevar, que fuera capaz de esperar. Que la acariciara y le importara oír lo que ella soñaba. Que pudiera hablar y callarse. Que entendiera las señales de su cuerpo. Que no tuviera afán. Que quisiera honestamente hacerla feliz y que lo intentara aunque no lo lograra. Que no la llenara de babas. Que tocara a la puerta para entrar. Que se asomara con timidez y que arremetiera con decisión pero con delicadeza y que la abrazara duro prometiendo volver, aunque nunca volviera.
No fue así, a Sofía no le gusta el olor de ese recuerdo. Sin embargo, sostiene que nada tiene que ver con la vida que escogió para ella. Afirma que lo suyo lo hizo por una decisión libre y consciente, y que lo único que buscaba es lo mismo que busca ahora: plata.
Califica como respetable su oficio y recalca que a nadie le hace daño, solo bien. 
Sin embargo, dice que no le gustaría que su hermana de 15 años se dedicara a lo mismo. Cuando habla de esa hermana a la que quiere tanto, se le iluminan los ojos y piensa que tendrá las cosas que la vida le negó a ella. Gracias a su trabajo, estarán a salvo las ilusiones de ella.
Quiere tanto a esa hermana que a veces la menciona delante de sus clientes. Uno de ellos le ofreció una fortuna si le llevaba a la hermanita. “Ni por todo el oro del mundo”, replicó Sofía para quien el dinero no es todo.
Odió al hombre que se atrevió a hacerle esa propuesta. Odió también a uno que la estaba cogiendo por detrás mientras hablaba con su esposa, controlando perfectamente la respiración y diciéndole que estaba muriéndose de aburrimiento en la soledad de un hotel. A Sofía no le gusta sentirse cómplice del engaño. Lo tiene que hacer con frecuencia, claro, pero no le ha podido gustar.
Cuanto más conoce a los hombres más quiere a las mujeres.
Pasó hace tanto tiempo que ya no recuerda cuándo fue la primera vez que lo hizo con otra mujer para complacer a un cliente. Temblaba de miedo cuando la otra la empezó a acariciar y a quitar lentamente la blusa. Tenía erizada la piel, no sabe si del frío o del miedo, cuando empezó a descubrir que le gustaba.
Disfrutaba que la otra supiera dónde tocar y dónde besar. Que hablara pasito y que sus manos se movieran con delicadeza buscando en el espejo de su cuerpo botones de placer insospechados. Sofía se estremece en ese recuerdo que —quién lo creyera— la hace sonrojar y hablar en voz baja. 
Lo mejor fue sentir la sutil presencia de esas manos femeninas en el mismo lugar que los hombres habían usado tantas veces y de manera tan brutal. Voló con sus rodillas separadas anclándola a la tierra. Creyó enloquecer de gozo cuando sintió a la otra besando su clítoris ansioso y se revolcó gimiendo cuando la hizo llegar suavecito y en crescendo, una y otra vez como no lo había logrado ningún hombre, como nadie nunca lo volvió a lograr.
El momento hubiera sido perfecto y quizás habría marcado el rumbo de su vida, si no hubiera sido por la torpe irrupción del que pagaba por la función.
De todas maneras, Sofía tiene claro que le gustan los hombres pero concede que —de vez en cuando— se despierta con ganas de mujer. Nunca se ha atrevido a buscar por sí misma una amante, pero confiesa que cuando esos deseos se despiertan tiene que correr a aliviarse con sus dedos sabios y juguetones. Ese exorcismo le resulta maravillosamente grato. Cree que si Dios no quisiera que ella sintiera eso, no le mandaría esos malos pensamientos.
Esos recuerdos del presente han hecho sofocar a Sofía, que ahora quiere hablar de Dios.
Sucedió hace pocos meses. Ella se vistió de niña buena, se puso una peluca y unas gafas oscuras. No sabía lo que quería ese día. Si hacerlo desinteresadamente con alguien que encontrara por ahí. Si oír los piropos subidos de tono que acompañan su paso de pantera por las calles. Si mirar los hombres apuestos que pocas veces la contratan o simplemente vagar sin rumbo mientras le llegaba la hora de vender otra vez su mercancía.
Cuenta que una fuerza sobrenatural la llevó a ese sitio. Entró y encontró una iglesia cristiana donde algunos pronunciaban sonidos sin sentido que parecían palabras. Otros oraban a voz en cuello y otros prorrumpían en sollozos inexplicables.
Ella, habitualmente escéptica, oyó una voz que la llamaba. Alguien le dijo que sabía lo que hacía pero que Dios no la juzgaba ni la condenaba. Esa mañana sintió un llamado trascendente que ha guiado su vida en los últimos meses.
“Usted también tiene que creer, Juan Carlos.”, me exhorta con energía mientras me hace apagar la grabadora.
Sofía ha empezado a sentir que pronto encontrará a alguien que la quiera y que no le importe su pasado.
Dios la está consolando, ella tiene ilusiones y su iglesia recibe 100.000 pesos de diezmo cada vez que la joven cobra su tarifa innegociable. Alabado.

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