El 24 de octubre del año pasado, mientras entrenábamos en la sede del Deportivo Cali, en Pance, cayó un rayo sobre la cancha. Giovanni Córdoba, el Chumi Álvarez, Mauricio Espinosa, Herman Valencia y yo terminamos en el piso. A mí la cabeza se me iba a explotar, pero estuve consciente un poco más hasta que pudimos llevar a Córdoba, a Herman y a Álvarez, los más graves, hasta fisioterapia. Tenía mucho miedo, había mucha confusión, algunos compañeros estaban orando. Yo esperaba que todo saliera bien, que no pasara a mayores. Eso es lo último que recuerdo porque se me fueron las luces.
Desperté en el tercer piso de la Clínica Valle de Lilli. Allí me contaron que Herman estaba muerto y que Giovanni Córdoba y Chumi Álvarez estaban en cuidados intensivos; Espinosa y yo estábamos en chequeos, pero fuera de peligro. Al otro día nos habían dado de alta a todos menos a Córdoba, que murió el domingo siguiente.
Ese rayo me cambió la vida, porque pude haber sido yo el que recibiera toda la descarga. Desde ese día estoy más aferrado a la vida. Aprendí que no se puede dar ventaja a las calamidades. También le pido a Dios que no se vuelva a repetir una cosa de esas.
Cuando a uno le cae un rayo le pasa todo eso y además queda con miedo a los cielos grises. Hubo un partido contra Medellín el ocho de diciembre en que quedamos 1-1. Comenzó a oscurecerse el cielo. Empezó a serenar. En el segundo tiempo empezaron a caer rayos, a llover duro. Hablé con el árbitro, Harold Cardona, y le dije que parara el partido, que si seguía tronando yo iba a ser el primero en salir corriendo de la cancha. No me gusta jugar cuando está lloviendo.

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