Antes que nada, a los retenes de policía no se les dice 'retenes' sino 'puestos de control'. Y sí, estoy de acuerdo con que son un contratiempo insoportable para las noches de rumba. Estoy de acuerdo también con que los policías lo ponen a uno nervioso con su habladito tajante y sus máquinas para soplar, y que a veces incluso lo hacen sentir a uno víctima de atropellos. Pero admiro, eso sí, su valentía, y creo que se merecen toda nuestra compasión, porque tienen el trabajo más aburridor que yo haya conocido.

Me había parecido interesante la idea de meterme en un retén. Y de conseguirme las autorizaciones necesarias, no estuve en uno sino en cuatro de los quince que se instalan en la ciudad: en la 30 con 88, en la calle 53 con 24, en la autopista norte con 148 y en la avenida 19 con 116.

Cada puesto de control es instalado antes de las once de la noche. Yo llegué a las once pasadas al primero de ellos, con el primer borracho de la jornada. Era el dueño de un Fiat Premium recién comprado. No tenía pase y además registró un 2 en la prueba de alcoholemia, lo que equivale a entre seis y ocho cervezas. El comparendo le salió por unos 509 mil pesos en total, con inmovilización del carro y retención del pase por un año incluidos. Buen comienzo. Poco a poco comenzaron a desfilar más personajes como él.

La policía siempre escoge los carros al azar, pero ahí les mando un dato: tienen preferencia por los que llevan a más de dos personas adentro, porque seguramente van o vienen de alguna rumba, y por los que van demasiado concentrados en la manejada, porque o están disimulando o les queda muy difícil conducir.

La noche pasa mientras ellos paran carros, piden papeles, ponen comparendos y soportan insultos una y otra vez. Hay un aire de rutina y resignación en cada policía, y algunos, como el subintendente Fernando, ya llevan diez años en las mismas. No ocurre ninguna novedad; tal vez un borracho demasiado altanero que terminan por llevarse a un CAI, u otro que dejó el carro botado y se voló en el platón de una grúa. Pero eso es lo único interesante. Nadie en el retén tiene una anécdota que contar, y ninguno se ha sentido en peligro en todo lo que lleva de servicio. Todo transcurre entre el frío, el sueño y los borrachos. Ellos son lo más aburridor de la noche: tener que soportar su tufo a diez centímetros de la cara, sus excusas baratas, su pésimo sentido del humor y la altanería con la que siempre empiezan la conversación. "El problema es que a uno le toca la parte jarta del trabajo: hacer cumplir el código", me explica la teniente Ximena en un instante de descanso.

Al final de la jornada son entre diez y doce los carros inmovilizados, y alrededor de 25 los partes en cada puesto de control. Sumados, son cerca de 120 carros y 200 comparendos. "Ha mejorado, antes del nuevo código eran de 200 a 250 carros detenidos por noche", me dicen.

Aquí ya no hay nada más que hacer. En cuestión de minutos se recogen los conos y, cerca de las cuatro de la mañana, todas las patrullas desaparecen. Yo, más aburrido que cansado, pienso que la próxima vez que vea un retén trataré de ser más comprensivo con los policías, pues estar allí no es para nada emocionante. Lo de 'puestos de control' tal vez se deba a que trabajar en un retén es un esfuerzo constante para controlar el tedio.

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