Durante ese junio Colombia era otro país. Llegar a la final del campeonato de fútbol del mundo y estar a solo cinco minutos de derrotar 2-0 a Alemania gracias a un autogol germano y a un gol en fuera de lugar de Jairo el 'Tigre' Castillo, que fue validado por el árbitro venezolano Carlos Reyes -casado con una cucuteña-, eran suficientes razones para que Colombia fuera durante ese junio otro país.
Y pasó lo que tenía que pasar: se acabó el partido. Colombia, Campeón del Mundo, y campeón, al mismo tiempo, de una de las celebraciones más trágicas y extrañas que se hubieran vivido en la historia del fútbol universal.
Fue una particular mezcla de fiesta y dolor. Mientras que en el estadio de Munich, Francisco Maturana había optado por no asistir a la entrega de la Copa alegando que ese triunfo no era de él sino de sus jugadores, en Bogotá los heridos y muertos empezaban a contarse por decenas.
En realidad, la borrachera venía de semanas atrás. Desde el primer partido que ganó Colombia con Inglaterra 4-0 con tres goles de cabeza de Giovanni Hernández y uno de Lucas Jaramillo, llamado a último momento, los colombianos habían decidido tomarse, literalmente, el país.
Para el día en que Colombia ganó la final, el presidente Álvaro Uribe, aún con tres años más de gobierno, había hecho vestir a sus ministros, incluyendo a Marta Lucía Ramírez y a sus generales, con una sudadera que en la parte de atrás decía: "Colombiano hasta la muerte", frase que le había dedicado al mandatario un mes atrás el defensa Iván Ramiro Córdoba, al referirse a un periodista que sagazmente le preguntó si le daba miedo enfrentar a los temibles ingleses. "No, no señor, yo como el presidente soy colombiano y patriota hasta la muerte", dijo Córdoba.
Era claro que en el fondo de lo dicho por el jugador había un discurso político que Uribe aprovecharía para atacar verbalmente a los 'bandidos' de las FARC, que también querían sacar provecho de que Colombia fuera por primera vez campeona del mundo.
En un acto de generosidad, al pitar el juez Reyes la finalización del partido, las FARC decidieron unirse a la celebración con una tregua unilateral de 35 días, tiempo en el cual y, según un comunicado leído por Raúl Reyes, de quien decían era primo lejano del árbitro venezolano, dejarían al país celebrar en paz solo con la condición de que Uribe les bajara el calificativo de 'bandidos' por el de 'amigos de la patria'.
"Faltaría más", dijo Uribe en un discurso televisado, que de manera libre pero obligatoria puso a ver a todo Colombia en medio de la celebración que para ese momento, dos horas después de la finalización del juego, arrojaba un triste saldo de 235 muertos solo en Bogotá y 1.567 heridos graves. "Que los 'bandidos', sí señor, los 'bandidos' y mil veces 'bandidos' de las FARC quieran hacer parte de este triunfo colombiano, de ese triunfo de la patria, no señor, no, ellos no pueden celebrar, no porque son unos 'bandidos', 'bandidos', sí, 'bandidos'".
Era claro que el discurso de Uribe había caído en un tono especialmente monótono para un día en el que solo en el Parque de la 93 todo era un carnaval de más de dos mil personas que gritaban "Maturana, Maturana, eres el mejor del mundo".
Si bien la rima era confusa, la gente estaba feliz porque Maturana había pasado del infierno a la gloria, a una gloria que todo el mundo celebraba. Ya no importaba su tímido juego ofensivo de seis defensas y tres volantes de contención. Con algo de suerte y, según los alemanes, con la ayuda del juez Reyes, ayuda que al final no pudo ser confirmada, Colombia era campeona del mundo.
Atrás había quedado todo. Una historia parada en unos frágiles cimientos que solo habían servido para volátiles oleadas de esperanza. El 5-0 contra Argentina en septiembre de 1993 en Buenos Aires, la Copa Libertadores ganada por el Nacional en 1989, el empate de 4-4 contra Rusia en el Mundial de Chile, la dulce época de Willington Ortiz en Millonarios, Juanito Moreno, Carlos Valderrama, todo eso se encaminaba hacia un distante recuerdo que de ahora en adelante tenía una nueva vida y un nuevo nombre: Colombia, campeona del mundo de fútbol.
Los muertos por intoxicación de alcohol adulterado aumentaban. El alcalde de Bogotá, Lucho Garzón, en un inválido intento había llamado a Navarro Wolf, ex alcalde de Pasto, para ver cómo hacía para calmar a la ciudad. Navarro, sin embargo, ya no tenía tiempo para aconsejar a su amigo. Ahora su única responsabilidad era como burgomaestre de Medellín, ciudad que con el triunfo de Colombia había entrado en una antipática tónica. "Este triunfo es de Antioquia porque Maturana es de Antioquia, este triunfo es de nosotros los paisas, no de los cachacos", dijo.
Mientras que Navarro pedía cordura, nadie le hacía caso. Además, era claro que geográficamente estaban equivocados, porque Maturana había nacido en Chocó. Que lo negara, era bien distinto, pero que era chocoano, era chocoano...
Fueron seis días sin dormir. En la Costa Atlántica los alcaldes en consenso general habían decretado mes cívico, mientras que en Bogotá, Lucho decía que "borracho que vea en la calle, borracho que encarcelo". Pero a Lucho la situación se le había salido de las manos. La Policía no era la Policía. Era otra Policía. Mejor dicho, era Policía, sí, pero sin poder y sin voluntad para detener el ritmo de una fiesta que no daba señas de agonizar.
Siete días después de hacer un tour por Alemania, el equipo campeón del mundo aterrizó con la Copa en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. El primero en salir fue Mario Yepes, el segundo Iván Ramiro Córdoba con la Copa, quien luego de bajar las escaleras del avión se la entregó al presidente Uribe.
"Esto es tan suyo como nuestro", dijo Córdoba. Y Uribe, más emocionado que siempre le contestó: "Claro, yo también lo sé compatriota, como sé que esos 'bandidos' de las FARC, bla, bla, bla...". Pese a todo, Uribe no aguó la fiesta. Tampoco Lucho Garzón y menos el reportero y esbelto Iván Mejía, quien seguía insistiendo que Brasil debió ser el campeón del Mundo y que ni Maturana ni los paisas sabían de fútbol.
Pero era tarde para eso. Colombia, con la ayuda de la Virgen de Chiquinquirá, según aseveró el párroco de la iglesia a la que va mi mamá, era por primera vez campeón del mundo. Y una cosa era segura: también la última.

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