Si Cristo estuviera vivo hoy, lo crucificarían. Tal como entonces. El pretexto sería otro, es decir, el mismo. No le dirían esta vez que sus prédicas amenazaban la vieja y feroz Ley de Moisés, como en efecto lo hacían en aquel tiempo, ni la autoridad divina del César, como también sucedía: aquel corrosivo "A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César", que a la vez que aceptaba el pago del tributo terrenal ante la fuerza bruta desafiaba sin embargo el poder espiritual del Imperio Romano. Desafiaba lo que hoy llamaríamos, digamos, The roman way of life. Hoy en día, para justificar la necesidad de su crucifixión ejemplarizante, le explicarían que sus enseñanzas simples, transparentes, justas, ponen en peligro los pilares sobre la guerra preventiva y la infalibilidad del Papa de Roma. Y lo crucificarían.

Los hombres seguimos siendo así: paganos o judíos o cristianos. Y si Cristo se ha convertido en Nuestro Señor Jesucristo es porque lo crucificaron y está muerto. Si no lo estuviera, lo volveríamos a crucificar.

Porque la doctrina de Cristo era, es, sigue siendo, intolerablemente subversiva y revolucionaria. No sé si divina, como aseguran para ganar legitimidad y respaldo los jerarcas de la Iglesia, que viven de predicarla y de tergiversarla; pero sí, sin duda, sobrehumana. "Amaos los unos a los otros", nada menos que eso.

Eso no es nada fácil para nosotros los humanos, amados lectores. Escribo "amados lectores" sin que me tiemble la mano, y desde aquí ya veo la sonrisa sardónica o escucho la franca carcajada de mis amados lectores. La misma risa, la misma carcajada, que debiera aflorar a los labios de los feligreses cristianos a la mitad del santo sacrificio de la Misa, cuando el cura sube al púlpito y se dirige a ellos con acento a la vez untuoso y terebrante: "Amadísimos hermanos en Cristo...". Si nadie se muere de la risa es porque esas palabras se escuchan con los oídos sordos de la rutina y del ritual. Pero ¿amadísimos? Y ¿hermanos? Y ¿en Cristo? No se lo cree ni el cura.

Se lo han creído solo un par de personas, o cuatro gatos, en los últimos dos milenios de la historia humana. Francisco de Asís, "il poverello" ("el pobrecillo") fue una de ellas. Y, como es natural, también a él lo crucificaron los hombres de su tiempo. Pero sólo cuando murió, dos años después de su crucifixión, quienes lo amortajaban descubrieron en su cuerpo los estigmas del horrendo suplicio, las llagas todavía supurantes y abiertas de las manos y los pies, y la lanzada, tal vez misericordiosa, en el costillar. El confesor y amigo de Francisco, el hermano Leo, dejó escrito que parecía "recién bajado de la cruz". La Iglesia oficial de Roma lo hizo santo, sí, apenas a los dos o tres años de su muerte, porque no pudo evitarlo ante el clamor popular que lo exigía. Pero ya para entonces su orden de frailes mendicantes, que él había fundado en nombre de sus "nupcias con la Dama Pobreza", se había convertido en la más rica y poderosa de toda la Cristiandad.

Otro que se creyó el cuento de Cristo, el del amor y la pobreza y la entrega a Dios y al prójimo, fue otro fraile mendicante al que también tuvieron que volver santo: Ignacio de Loyola, el fundador de una orden aún más rica y temible que la de los Franciscanos: la de los Jesuitas. Y otro más, un Papa de Roma. Pero solo uno: Celestino V, en el siglo XIII.

Un cónclave de Cardenales lo eligió porque las grandes potencias de la época no llegaban a ponerse de acuerdo sobre ningún candidato, y el pobre Celestino, un asceta que vivía de limosna rezando en una cueva de la Montaña, parecía completamente inofensivo: un "Papa angélico", lo llamaron algunos. Llegó a su coronación montado en un burrito, como Cristo a Jerusalén en vísperas de su Vía Crucis. Y trató, en su inocencia, de purificar la corrompida Iglesia de su tiempo. A los pocos meses los cardenales y los reyes se dieron cuenta de su error: ¿elegir Papa a un cristiano? No se le ocurre ni al Espíritu Santo. Obligaron a abdicar al buen Celestino, y su sucesor como Vicario de Cristo lo encerró en una mazmorra de los palacios pontificios y pronto lo hizo asesinar. (Para también, al poco tiempo, volverlo santo).

Porque la cosa es así: Cristo es fundamentalmente incómodo, y por eso quienes se proclaman cristianos no son cristianos: si lo fueran, los matarían, se los echarían a los leones para que se los comieran en el circo. Algún filósofo del siglo XVIII, comentando la quema en la hoguera de un inocente que proclamaba ser el Espíritu Santo, decía "¡qué mala suerte tienen los miembros de esa Familia!". Y el novelista ruso Fiodor Dostoievsky (otro cristiano perdido en los laberintos de la fe y de la práctica) escribió un famoso diálogo entre Cristo y el Gran Inquisidor de la religión en el cual volvería a pasar lo mismo.

Y sus jueces y verdugos serían los mismos: los dueños del poder y la riqueza. Miren ustedes lo fastos deslumbrantes con que el Papa Juan Pablo II acaba de hacerse celebrar los primeros 25 años de su pontificado: y recuerden el cuento de un libertino francés sobre otro Papa de quien descubrieron que era el Diablo porque bajo la sotana blanca, entre los borceguíes bordados de hilo de oro, le asomaban las pezuñas infernales de macho cabrío.

Crucificado el Hijo, quemado en la hoguera el Espíritu Santo, queda el Padre Eterno. Y si es verdad que es eterno, y esto no se acaba antes por cuenta del presidente Bush, también mañana, como ayer y como hoy, habrá que crucificar una vez más a Cristo.
Y resucitará otra vez. Porque los hombres son malvados, pero no se resignan.

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