En Colombia, los excesos del 5-0 parecerían un divertimento. Las celebraciones correrían por cuenta de las viejitas, de los militantes del Opus, de los Legionarios de Cristo con la cara al aire por vez primera y hasta de uno que otro general retrechero. Los del Polo Democrático no tendrían alternativa: se disfrazarían de monjas ursulinas. Yamid escudriñaría de forma virtual en los entresijos del cónclave: el primer nombre suramericano que se barajó pasó sin pena ni gloria, pero abrió la puerta para escoger a alguien de la región. Cuando se supo en la plaza de San Pedro lo que ocurría, el Cole empezó a dar brincos con los alerones desplegados por entre la columnata de Bernini. Miles de compatriotas, en un referendo espontáneo, berreaban: ¡Colombia, Colombia, ra, ra, ra! Roma se atiborró de camisetas con la bandera tricolor y con los perfiles intercalados del Presidente y del Cardenal. Con un abrigo prestado, Marulanda observaba la escena entre sombras de incertidumbre y nubes de incienso. La conversión estaba ad portas, como le ocurrió hace más de 25 años a Jaruzelski en Polonia. No tardaría el juicio final.
La televisión reciclaría sin parar informes sobre el entusiasta de los baculazos de hablar plomizo. Desde niño, su talante evidenciaba la competencia para conducir una Iglesia de interdicciones. El Jefe del Estado, en cualquier casa-estudio, entonaría, al unísono con los concursantes, la metáfora de "no me den trago extranjero que es caro y no sabe a bueno". De golpe, a todo el mundo lo invadiría la ejemplaridad: las manillas con la bandera y con los colores del Vaticano florecerían en millones de muñecas. Abdón haría énfasis en que, al proceder de un país en guerra, el personaje dejaría ver otra cara de la vetusta institución eclesial. El Siglo titularía "El conservatismo se fortalece". El escogido tomaría el nombre de Karoll Ezequiel I: Karoll, en homenaje a la tenaza aceitada por su antecesor; la presencia de la K y de la elle serían coherentes con la abundancia de Jhones, Williams y Robinsons. El Ezequiel connotaría una devoción por el Beato Moreno, implacable frente a la libertad de pensamiento.
La noticia conseguiría que se hinchara de engreimiento el fantasma del inquisidor Torquemada. En el primer viaje del Pontífice a Colombia, se esbozaría su proyecto de gobierno. Lo recibirían en un carro de bomberos barnizado de un blanco prístino. Piedad Córdoba se refugiaría en un monasterio tibetano. Bush vendría a esperarlo. Le entregarían un sombrero vueltiao, una ruana y un carriel. Le harían un vallenato. Sus primeras palabras pondrían de presente la repugnancia hacia la izquierda. Exhibiría el propósito de una iglesia, como dice el teólogo Küng, "rígida, centralizada y de solo prohibiciones". En el banquete de la Casa de Nariño, Su Santidad expresaría la urgencia de construir una muralla de dogmatismo. En la visita a Medellín, recordaría la experiencia que tuvo en el CELAM cuando era obispo: enjuagó cualquier rastro del compromiso con una nueva teología y convirtió a la iglesia en una alineación de mansos.
El acento se lo llevarían temas como la individualidad y el sexo. Cualquier mención al libre albedrío brillaría por su ausencia. Hablar ex cátedra le imprimiría fuerza a los conceptos del Santo Padre. Nada de condones, menos de aborto, y los homosexuales al armario. Como les corresponde. Haría énfasis en que el adminículo de látex deja pasar el contagio del VIH, en contra del dictamen de la OMS y de los científicos. La existencia de preservativos promueve el sida. La ciencia es atea, y a quien le caiga el guante de la inmunodeficiencia que se lo plante. En cuanto a la contracepción, recordaría que, "junto con la esterilización y el aborto provoca la más grave comercialización del cuerpo y de la sexualidad". ¡Creced y multiplicaos todo lo que queráis! sin tomar en cuenta el crecimiento de la población, el hambre y otras nimiedades "mentirosas", frutos de una "conjura política de la cultura de la muerte de dimensiones universales".
El altísimo prelado, por si acaso, se plantaría en contra del aborto: "Su seguridad solo se refiere a los riesgos de la madre, cuyos derechos prevalecerían sobre los de los concebidos". Frente a una posible legalización es preferible que sigan muriendo las madres con la temeridad de decidir. No tendría en cuenta que la legalización reduciría el tema a una cuestión de conciencia, de índole individual, y resolvería un problema público de salubridad. Tampoco se mostraría tan seguro sobre las convicciones de la feligresía al respecto, ni sobre la capacidad de la Iglesia para persuadir a sus fieles y solo a sus fieles. Como corolario, recomendaría mantener el tema entre tinieblas. ¡Siempre es preferible prohibir!
A la unión de personas del mismo sexo las tildaría una vez más de "triste novedad reñida con la tradición de pueblos y culturas" (¿?) o de "pérfido desafío". Mediante el uso de un adjetivo, cuyos sinónimos son, entre otros, felón, alevoso o aleve, promovería entonces el asco hacia la divergencia indigna de comprensión. Por último hablaría del lexicón de términos sexuales que preparó siendo cardenal. Es cuestión de esperar que las definiciones no estén en pugna con el conocimiento. El texto podría convertirse en asunto de fe. A Dios gracias ya no existen los tribunales del Santo Oficio, y a estas alturas no sería de buen recibo recrearlos.

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