Hay traslados afortunados, el de Werner von Braun, por ejemplo, ese científico alemán a quien le debemos los cohetes, tanto los de ir a la luna como los de mandar bombas atómicas. ¿Qué habría sido de la humanidad si este señor se queda en Alemania en lugar de irse para los Estados Unidos? Seguramente el alcalde de Bogotá sería un coronel de las SS que, castigado por Hitler, estaría a cargo de nuestra capital y, entre otras, ya tendría plantados bolardos hasta en los tejados para que las palomas no dañaran el retrato de la Atenas Suramericana, en donde, como resultado de su programa de gobierno ya no quedaría ni un indígena, ni un negro, ni un judío y, seguramente tampoco, ni un vendedor ambulante, ni un carro en los andenes.
Otro traslado afortunado para el planeta fue el del pequeño Clark Kent, a quien sus padres, para salvarlo de la hecatombe de Kriptón, lo lanzaron, muy bebé, a un viaje interplanetario que terminó en la Tierra, en donde, gracias a las diferencias de presión atmosférica y de fuerza de gravedad, el muchachito -que de otra manera, no habría sido más que un parroquiano clase media de su planeta- se convirtió en el hombre más fuerte del mundo, incluso con capacidad para volar, gracia que en Kriptón no le habría sido posible porque allá la fuerza de gravedad era muy superior a la nuestra. En realidad, y para que no nos digamos mentiras, Supermán no vuela, lo que hace es pegar saltos de largo alcance y caer con estilo. Mejor dicho, a Clark Kent le cayó de perlas aterrizar aquí porque de lo contrario, en su planeta natal, con ese carácter pusilánime y timorato, agregado a una fuerza de gravedad doce veces superior a la de la Tierra, no habría pasado de ser, seguramente un mediocre empleado público y jamás se habría podido levantar a Luisa Lane.
Caso muy comparable al de nuestro ¡saliente! burgomaestre, quien, si bien es cierto nació en Bogotá, tiene en su circulación todas las características físicas y culturales de cualquiera de los 600 mil habitantes de Vilnius, la capital de la lejana Lituania. En Vilnius, para empezar, apedillarse Mockus no genera entre los niños de 5 años chistes pendejos acerca de las cochinadas que salen de la nariz. Tampoco causa ningún impacto ser rubio ni dejarse la barba como la de Cornelius, el chimpancé inteligente del Planeta de los Simios. Vilnius, que por las fotos de internet se presenta como una pintoresca y agradable ciudad europea, sí tiene automóviles, lo cual indica que la fobia de nuestro alcalde por el carro no es de ancestro cultural, es un problema personal que debe tener algo que ver con frustraciones de esas que encontramos en las obras de Freud (medio-vecino de los lituanos que sí tuvo el buen gusto de quedarse a ser profeta en su tierra). Entre la breve averiguación que hice sobre Lituania tampoco encontré que en su sistema de valores o en sus códigos lingüísticos incluyan 'Mostrar el Trasero' como una práctica argumental valida y convincente. Es más, parece que para los lituanos, como para muchas señoras bogotanas, mostrar las posaderas no es un argumento intelectual, sino un acto de grosería que solamente en Colombia se pudo haber convertido en punto de partida de un movimiento electorero.
Esas son las ventajas que se tienen por ser de Kriptón o por dárselas de gringo. Lo otro que no habría podido hacer el 'vilnusino' es casarse en elefante: en Lituania no los hay, y aunque, como cualquier ciudad del viejo continente que se respete, está llena de estatuas, allá no cuentan con nada parecido a La Rebeca para que los políticos faltones hagan monerías que resulten en el perdón de los atolondrados electores. Por lo tanto, no tenemos ni idea de cómo habría hecho allí Antanas para sacudirse la calceteada que nos pegó a los miles de pendejos que creímos que de verdad era un servidor público y no un electorero como resultó siendo. Lo otro que no se encuentra en Lituania es peñalosas, ni lozanos, cosa que habría sido fatal para nuestro Clark Kent, a quien no tener a estos dos clones le habría significado, seguramente, una catástrofe solamente comparable con la de Hugo si perdiera a Paco y a Luis.
Mucha suerte tiene el 'vilnusino' Antanas de vivir en Bogotá, en donde todavía el cabello rubio causa reverencia, en donde dárselas de gringo todavía funciona, en donde tenemos el número necesario de calentanos que creen que los buenos modales son relativos y que acciones como arrojar agua en la cara de un contrincante ideológico tienen un valor negativo si las hace un Rodríguez, pero se vuelven un acto de genialidad si las hace un Mockus.
Como quedó en la primera línea: hay traslados afortunados, el de Clark Kent, por ejemplo, pero hay otros en los que habría sido mejor quedarse en la tierrita y pasar a la historia como el buen profesor de química del Instituto Distrital de Vilnius para Señoritas, en donde las nalgas hubiesen sido para acomodarse en el pupitre y no los carnosos pero endebles pilares de una pedagogía ciudadana.

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