Una amputación es una operación quirúrgica de poca complejidad que cualquier médico podría practicar en una emergencia, en un caso de vida o muerte. Entre los más de 10.000 amputados que ha dejado la guerra en Colombia durante los últimos diez años, tal vez no se encuentre un caso más conocido, más polémico, que el de esta historia. La noche del jueves 6 de marzo de 2008, en algún punto boscoso de la vereda Albania, del municipio de Aguadas, al norte del departamento de Caldas, Pedro Pablo Montoya Cortés, alias Rojas, miembro del frente 47 de las Farc, puso en marcha el plan que tenía en mente desde algunos días atrás: dar de baja a alias Iván Ríos, uno de los hombres más poderosos del Alto Mando Central de ese grupo guerrillero. Antes de partir y abandonar el cadáver del que fue su jefe, tomó el cuerpo, le extendió el brazo derecho y le cortó la mano con un machete.

El crimen fue el paso de Rojas para dejar atrás la vida que llevaba y decidió entregarse al Ejército Nacional. Había una razón de peso, también: el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe ofrecía una recompensa de 5000 millones de pesos por cada uno de los integrantes del Secretariado de las Farc y una serie de beneficios para su desmovilización. La mano era la prueba reina para evidenciar lo que había hecho. Por eso, en lugar de arrastrar con un cadáver, cortó la mano y huyó de ese mundo.

Hoy, en una sala vacía y bochornosa del Centro Carcelario y Penitenciario de Alta y Mediana Seguridad de Valledupar, alias Rojas recuerda aquella noche. Es un hombre bajo y estrecho, algo sonriente y de mirada esquiva. Tiene 38 años y lleva cinco en prisión pagando una condena de 59 años, 9 meses y 7250 salarios mínimos de sanción. No contaba con que ni esa mano lo iba a salvar de todo su pasado. Está condenado por crímenes de lesa humanidad, como masacres, secuestro, homicidio, extorsión y desplazamiento, pero aún está a la espera de una sentencia sobre el crimen por el que es más conocido: el de Iván Ríos.

—Yo le di de baja porque mi vida estaba en riesgo —dice.

—¿Y tenía planeado lo de la mano?

—Sí… fue una noche difícil. Es lo único que le puedo contar.

—¿Y dónde está la mano?

—No sé… yo se la entregué al Ejército… el Estado debe tenerla. Allá tiene que preguntar.

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Manuel de Jesús Muñoz Ortiz, alias José Juvenal Velandia o alias Iván Ríos, también conocido como el Topo, fue en su momento el miembro más joven del Alto Mando Central que coordinaba los siete bloques que conformaban el Secretariado de las Farc. Nació en 1961 en San Francisco, Putumayo, aunque su cédula es de Medellín. Militó en la organización desde los años ochenta e ingresó en la cúpula tras la muerte de Efraín Guzmán en 2003. Su nombre acompañaba a otros guerrilleros legendarios, como Alfonso Cano, Raúl Reyes, Manuel Marulanda y el Mono Jojoy, y para ese momento ya era conocido por haber sido coordinador del Comité Temático Nacional en las mesas de negociación de los diálogos de paz del Caguán, durante el gobierno de Andrés Pastrana.

De él se ha dicho que realizó estudios en Economía en la Universidad de Antioquia que no terminó, que fue el pupilo de Alfonso Cano, que también estudió en Rusia y se entrenó en combate en Vietnam, que era uno de los integrantes más preparados y profesionales de las Farc, el encargado de sus negociaciones y sus relaciones internacionales. Combatió en el Tolima, fue comandante del frente 22 y se le acusaba de haber ordenado las tomas en los municipios de Roncesvalles, Alpujarra, Ataco, Dolores y Rovira. Tras el fracaso de los diálogos en San Vicente del Caguán, fue nombrado jefe del frente 47 José María Córdova, que operaba en Antioquia, Chocó y el Eje Cafetero, y atravesó el país, en un año, caminando desde el Caquetá hasta su nueva zona de comando.

A pesar de todo eso, no fue sino hasta su muerte que en Colombia se habló claramente sobre quién era Iván Ríos: uno de los hombres más importantes pero menos conocidos de las Farc. Analistas políticos empezaron a hablar del principio del fin de las Farc y fue catalogado como un golpe más duro que el de la muerte de Raúl Reyes, quien días antes había sido dado de baja por el Ejército en territorio ecuatoriano. No porque fuera más importante que Reyes, sino porque su muerte reflejaba un resquebrajamiento evidente dentro de las Farc: un guerrillero matando a su propio jefe, hastiado de la guerra. Era una muestra de que una recompensa valía más que los supuestos ideales de la guerra. Pero fueron muchas cosas a la vez. Las relaciones tensas entre Colombia y Ecuador, con amago de guerra, llevaron a que no se volviera a hablar de la recompensa que Rojas esperaba. Mucho menos de la mano. Ríos tenía 46 años cuando murió. Era diestro.

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La cárcel de alta y mediana seguridad de Valledupar es conocida como La Tramucúa y está en medio de la nada en la vía que conduce de Valledupar a La Mesa. Es viernes y la tarde es un plomo de 35 grados centígrados sin brisa, cielo abierto y un sol aplastante. Adentro, la cárcel es un complejo de nueve bloques grises y húmedos, cada uno con capacidad para 170 internos y un cuerpo de inspectores con jornadas que cambian cada 24 horas entre las 7:00 y las 10:00 de la mañana. Acaba de pasar la hora del almuerzo y por los pasillos de barrotes azules caminan los internos uniformados y con las manos esposadas. También entran predicadores o testigos de Jehová con guitarras, biblias y pinta vallenatera, que vienen a cumplir actividades litúrgicas. En las paredes hay letreros que rezan frases como “lo que se controla funciona”, se mezclan olores de comida y cañerías, hay gatos amodorrados en la frescura de rincones oscuros y el tiempo pasa en un silencio sofocante.

Cuatro bloques después de la entrada, al final del pasillo de un segundo piso, en una celda estrecha con vista a un patio de pasto reseco, se encuentra Pedro Pablo Montoya, alias Rojas. Está descamisado, usa una pantaloneta blanca del Once Caldas, medias y tenis. Tiende la mano para saludar a través de una ventanilla en la puerta. Comienza a alegar con los dos inspectores del pabellón y dice que no puede dar una entrevista así como está, y pide que le devuelvan la ropa que le decomisaron hace un mes. Los inspectores dicen que él tiene ropa, que es el interno más difícil, que siempre la cosa es así, y tratan de persuadirlo en vano para que hable. El más joven de ellos se voltea y dice: “No le podemos abrir. La última vez hirió a un compañero y le hizo una fractura en el cráneo”. Rojas reacciona y asegura que nada es como ellos dicen.

Cansados de la situación, los inspectores le dan un uniforme. Rojas se baña, se viste, almuerza y 20 minutos después aparece en la sala bochornosa y vacía del primer piso, donde solo hay dos sillas azules de plástico. Ya no usa bigote, lleva el pelo corto y se le ve la piel sudorosa, pero conserva un aire del hombre que apareció en todos los noticieros. Viene con las manos esposadas al frente, carga una mochila tejida que él mismo aprendió a hacer en cautiverio, toma asiento y se disculpa: “Qué pena con vos, pero acá todo es así, muy difícil”. Luego saca un Bon Yurt de la mochila y dice: “No tengo más para ofrecerte, pero es con mucha humildad”. Y comienza a contar su historia.

Cuenta que tenía 16 años y trabajaba con su padre cultivando fríjol, maíz y yuca en fincas del nordeste de Antioquia cuando fue reclutado por el frente 47 de las Farc, en 1992. Fue llevado a entrenamientos, a caminar por todo el departamento, y se especializó en conseguir víveres con los campesinos de la zona. Fue herido por el Ejército en varias ocasiones durante emboscadas y en dos de ellas su recuperación tuvo que ser en la ciudad. En uno de sus regresos al campamento apareció con unos camuflados militares y entre los bandos del bloque comenzaron las sospechas de que él era un infiltrado. Estuvo bajo ese señalamiento hasta la llegada de Iván Ríos al bloque, alrededor de 2005.

Dice que cuando se conocieron Ríos le preguntó: “¿Usted quiere estar aquí?”, y él respondió: “No. Pero las órdenes son las órdenes”. Y una de esas órdenes era llevarle un tinto cada mañana hasta su cambuche. “Yo soy muy apegado a las normas… y en mis 16 años en la organización nunca había visto eso”. Indignado por la orden y porque nunca había servido un tinto a nadie, Rojas desobedeció y sintió que sus días estaban contados. Entonces decidió actuar.

—Yo hice mis maniobras estratégicas, pero no se las puedo contar porque tengo otros planes para eso… pero yo le di de baja porque mi vida estaba en riesgo.

Sus planes: escribir un libro, o hacer un documental, o rodar una película sobre el caso. Dice que no sabe dónde está la mano, que no está interesado en la recompensa porque el gobierno no le cumplió, que no confía en los abogados y por eso no tiene uno, aunque se adelantan procesos en su contra en Bogotá, Manizales y Medellín; que está en la peor de las situaciones en la peor de las cárceles; que no es un criminal, que quiere hablar con el presidente. E insiste en que quiere dejar algo claro:

—Lo que yo hice partió la historia de Colombia, eso nunca se había llegado a ver… ese fue mi aporte para la paz. Llevamos 50 años matándonos, y las guerrillas no se tomaron el poder ni el Estado pudo acabarlas militarmente. Esto tiene que acabar, soy un convencido de eso.

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En la Fiscalía General de la Nación saben qué pasó con la mano de Ríos, pero no conocen su paradero. Cinco años después de su muerte, el caso aún está abierto y a la espera de que un nuevo fiscal lo retome. Las investigaciones para aclarar los hechos comenzaron casi de inmediato y, a pesar del amplio archivo de pruebas que confirman la culpabilidad de alias Rojas, que él mismo aceptó, no se ha sentenciado un juicio. La secuencia en que se desenvolvieron los hechos es confusa, pero de acuerdo con la Fiscalía sucedieron de la siguiente manera:

Meses atrás, antes de cualquier sospecha del asesinato, Ríos y Rojas eran algunos de los tantos hombres del frente 47 de las Farc, como alias el Zarco o alias el Zorro, a los que miembros de inteligencia del Ejército interceptaban sus comunicaciones. En las llamadas, los guerrilleros solían hablar en clave sobre cosas como víveres y, de vez en cuando, la ubicación de un bando propio o enemigo. En una jornada inusual, la madrugada del 8 de marzo de 2008, una de las interceptaciones captaba una llamada al Ejército Nacional. Se trataba de Rojas, que intentaba comunicarse con la institución a través del conmutador y esperaba que lo atendieran en el batallón 57, cerca del casco urbano de Aguadas, Caldas, entonces a cargo del coronel Emiro José Barrios.

El coronel esperó por Rojas en el batallón en lo que sería una desmovilización rutinaria. El ahora exguerrillero sorprendió a todos cuando entregó al coronel su mochila y este descubrió el inusual botín en su interior: una mano derecha. Podía ser de cualquiera, pero Rojas insistía en que era la mano de Iván Ríos. Temiendo que se tratara de una emboscada pero con algo de entusiasmo por la posibilidad de que fuera cierto, retuvieron a Rojas, tomaron la mano y acudieron al CTI para realizar un cotejo dactiloscópico que se comparó con las huellas de la tarjeta de preparación, que en los archivos de la Registraduría de la Nación correspondían a Manuel de Jesús Muñoz Ortiz. En pocas horas comprobaron que se trataba de la misma mano.

Rojas dio las coordenadas que condujeron a los soldados a los cadáveres de Ríos y su compañera sentimental. En ese lugar perdido de la cordillera Central envolvieron los cuerpos en bolsas de plástico y, de acuerdo con la Fiscalía, Rojas explicó el asesinato: que se escabulló en la noche hasta el cambuche donde dormían Ríos y alias Andrea, su novia. Que llevaba una pistola de 9 milímetros y un machete. Que cuando le disparó a Ríos su compañera reaccionó tomando el fusil con el que dormía a su lado pero no fue tan rápida y entonces también le disparó. Que al final todos los hombres en el campamento huyeron. Que tomó el machete y el brazo flojo de Ríos y le desprendió la mano.

El fin de semana del 8 de marzo se hicieron famosas las imágenes que todo el mundo conoce: el torso de Ríos asomado en una manta blanca con un agujero coronando su frente. Un integrante del Ejército cargando una pequeña nevera de icopor donde llevaba la mano. La mano envuelta en un retazo de uniforme camuflado mientras se hacían las pruebas dactiloscópicas. Rojas dando una rueda de prensa y diciendo que no había detalles sobre los hechos. Luego comenzaron a hablar de la recompensa: 5000 millones de pesos.


Apenas la noticia de Iván Ríos y la escandalosa prueba sacudió al país, la muerte de Raúl Reyes en un operativo del Ejército una semana antes, el 1 de marzo, ocupó otra vez las primeras planas porque su cuerpo no aparecía. Volvieron a circular imágenes del cadáver de Reyes y titulares de noticieros que ya hacen parte de una memoria colectiva reciente en Colombia. El caso Reyes fue tan apasionante que hizo pasar el de Ríos a un segundo plano, por no decir que fue abandonado.

Pero la historia continuó. Rojas permaneció un mes en el batallón San Mateo de Pereira y el 17 de abril de 2008 fue trasladado a la cárcel La Picota porque se hicieron efectivas una serie de órdenes de captura en su contra por masacres y secuestros. Recibió una recompensa de 800 millones de pesos por la entrega de información recopilada en cinco discos duros, pero no por dar de baja a Ríos, como lo denunció su abogado, Juan Manuel Jerez, el 14 de enero de 2009. Lo dijo, por ejemplo, en una conversación acalorada en RCN Radio, en la que le decía al entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, que nada de lo que habían prometido se había cumplido. Santos afirmó que la suma entregada había sido de 2500 millones. Luego, el 24 de abril de 2012, Rojas fue trasladado a la cárcel de Valledupar.

La Fiscalía recibió una demanda interpuesta por el Departamento de Protección del Comité Internacional de la Cruz Roja en la cual se reclamaban el cuerpo y la mano de Iván Ríos, que estaban en la seccional de Pereira de Medicina Legal. La denuncia, se sabe, fue interpuesta por el padre biológico de Ríos.

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La mano y el resto del cuerpo de Iván Ríos estuvieron en Medicina Legal después de que Rojas la llevara al Ejército y permaneció en la seccional de Pereira hasta que fueron entregados a sus familiares. Pero antes de eso hay otra historia. A Pedro Morales, subdirector de servicios forenses de Medicina Legal en Bogotá, le gusta explicar una teoría criminalística del hecho con la que trata de sustentar la importancia de lo que pasó con el caso de Ríos. Lo cuenta con un tono pedagógico y comienza preguntando: “¿Usted por qué cree que le cortó la mano?”. Toma un portaminas y dibuja las líneas suaves de un mapa conceptual con palabras como “cuerpo”, “asesinato”, “tabú”, “derechos”.

Dice que hay dos tipos de crímenes: los antitabú y los que se hacen por encargo. Los primeros pretenden romper una situación, una relación o un paradigma impuesto por el que sabemos que no debemos matar; el segundo es el crimen corriente que podría hacer un sicario y pretende mantener un statu quo para que se sepa quién tiene el poder. En consecuencia, explica Morales, el asesinato de Ríos no solo se trataba de un rompimiento sino también de una sentencia sobre un nuevo orden, y la mano era lo más simbólico del asunto. Y remata diciendo: “Lo interesante de los cuerpos de las víctimas del conflicto armado es que los exponen. Digamos que el aparato ideológico del Estado usa eso: muestra, como para decir ‘miren que estos también son mortales’. Y el asesino en parte también quisiera que eso se supiera. Eso no es gratuito, porque al hacerlo es una forma de castigar al muerto”.

A su vez, el castigo del cuerpo del muerto tiene una explicación que en literatura se conoce como el mito del cadáver insepulto, que consiste en el sufrimiento de alguien por no ver el cuerpo de su ser querido descansando, ya que no se sabe qué pasa después de la muerte. Le pasa a Isis en la mitología egipcia cuando emprende una doble travesía para recuperar el cuerpo de Osiris, su esposo, quien luego de ser asesinado por su hermano Seth es cortado en 14 partes que son repartidas por todo el reino. Le pasa a Antígona en la tragedia de Sófocles, quien arriesga su vida para dar sepultura a su hermano Polinices, que después de muerto fue condenado a permanecer insepulto por haber traicionado a la ciudad de Tebas.

En Colombia ha pasado constantemente desde hace 50 años o más y, según cifras del Registro Nacional de Desaparecidos, se calcula que durante el siglo XX hubo más de 85.000 personas desaparecidas. El conflicto armado ha sido uno de los principales causantes de esa exorbitada cifra y los cuerpos provienen de todos los bandos. Del lado de los insurgentes, ha habido casos históricos en los que el Estado ha exhibido los cuerpos pero nunca se ha conocido su paradero. Pasó con José Antonio Galán en 1782, quien fue condenado a muerte y cuyas extremidades y cabeza fueron separadas del cuerpo y repartidas aleatoriamente por el territorio del Virreinato de la Nueva Granada. Pasó con Efraín González, un bandolero de la época de la Violencia cuyo cuerpo desapareció después de morir en un operativo ante 200 soldados que duró cerca de cuatro horas en 1965. Pasó con Camilo Torres, cuyos restos aún reclama el ELN y del que no se conoce su paradero, tras su muerte, en 1966.

Todo lo anterior, sostiene Morales, da fuerza a lo sucedido con Ríos, así: hasta 2008 ningún miembro del Secretariado de las Farc había sido dado de baja, y a partir de ese año las Fuerzas Armadas comenzaron una racha que se resume en la siguiente ruta: Raúl Reyes, el 1 de marzo en Ecuador; Iván Ríos, el 6 de marzo en Caldas; Manuel Marulanda, el 26 de marzo en el Meta; el Mono Jojoy, el 22 de septiembre de 2010 en el Meta y Alfonso Cano, el 4 de noviembre de 2011 en el Cauca. El cuerpo de Reyes fue trasladado a Bogotá y días después desapareció de las instalaciones de Medicina Legal, aún no se conoce su paradero, lo que causó una crisis en esa institución. Tras la muerte de Ríos pusieron todo su empeño para reivindicarse y por eso buscaron a la familia para devolverle el cuerpo, lo que, según Morales, marcó un precedente histórico: era la primera vez que el Estado daba un tratamiento semejante a un miembro de un grupo insurgente, un reconocimiento de víctima.

—El castigo sobre el cuerpo ya estaba, pero quedaba la familia y por eso se le entrega a través del Comité Internacional de la Cruz Roja. Cuando viene el caso de Jojoy ya todo había cambiado y nuestra pelea fue devolver el cadáver a la familia: no hubo fotos ni se expuso el cuerpo. Lo que empezamos a hacer fue entregar, sin ningún castigo para las familias. Es una cuestión de respeto. El cuerpo empezó a ser otra cosa. Y si se fija bien, si hubiera seguido pasando lo que pasó con Reyes tal vez no estuviéramos viendo una posibilidad de estar dialogando la paz. Acá no sabíamos que esas conversaciones iban a hacerse algún día… pero creo que eso ha sido clave en este entendimiento. Sabíamos que lo que se había hecho estaba mal. Y que eso ha tenido influencia es algo de lo que aquí estamos absolutamente convencidos.

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Después de tres semanas de llamados y solicitudes para conocer el paradero de la mano y su cuerpo, en el Comité Internacional de la Cruz Roja han respondido, a través de un comunicado, que no pueden referirse a ese caso porque “para nosotros el tema de la confidencialidad es vital, pues nos permite tener la confianza de todas las partes y acceder a las víctimas, que son quienes más nos necesitan”. Junto al comunicado hay una larga explicación de la labor de la institución, un documento con el informe anual de las actividades realizadas en 2012 y un texto a modo de entrevista en el que se explica la importancia de su confidencialidad y neutralidad. Es la tercera vez que se reserva su identidad y el lugar donde reposa el cadáver. Porque hay algo que se sabe: el cuerpo y la mano fueron enterrados. Todo lo que queda es un amplio informe de Medicina Legal sobre el proceso y el destino de la mano y el cuerpo después de ser recibidos en las instalaciones de Pereira hasta el momento en que fueron entregados a la familia de Ríos.

Primero llegó la mano, el sábado 8 de marzo en la mañana, procedente de la seccional de Medicina Legal en Manizales. Estaba en buenas condiciones teniendo en cuenta la travesía que emprendió desde el monte. Ese mismo día, cerca de las 4:00 de la tarde, llegaron los cuerpos de Iván Ríos y su compañera, que hasta ese momento eran N.N. Para el tratamiento del cuerpo participó un equipo interdisciplinario de la institución conformado por un médico con su asistente, un odontólogo, un antropólogo, un dactiloscopista, un perito de balística y un funcionario de fotografía que entregaron 16 informes junto con un equipo de apoyo del Hospital Universitario San Jorge de Pereira.

Trabajaron de 5:30 de la tarde a 11:00 de la noche, y en ese tiempo hicieron una necropsia, radiografías, una nueva verificación de identidad por dactiloscopia, una verificación de causas de la muerte, una verificación de correspondencia del cuerpo con la mano y una verificación de lesiones para asegurarse de que no hubo violación de derechos humanos. También se dispuso de un cuerpo de seguridad que custodió la morgue donde permanecieron los cuerpos varios días. El domingo se atendió a la prensa y cerraron la jornada rotulando todas las evidencias.

Hacia las 4:00 de la tarde del lunes 10 de marzo llegó el entonces fiscal general de la Nación, Mario Iguarán, y recibió los informes realizados por el equipo interdisciplinario de Medicina Legal. Una semana más tarde, funcionarios del Comité Internacional de la Cruz Roja se hicieron presentes con órdenes expedidas en conjunto con un grupo de enlace del CTI para las Fuerzas Armadas y presentaron unas autorizaciones autenticadas en las que la familia de Iván Ríos aprobaba la entrega del cuerpo a esa comisión.

Lo demás fue cuestión de horas. Se tramitaron cuatro procedimientos de documentación necesarios para devolverlo: una orden de entrega del fiscal, un certificado de defunción, una licencia de inhumación y un registro civil de defunción. La mano no fue ligada a su brazo porque, de acuerdo con Medicina Legal, se consideraba un procedimiento inoficioso y no cumpliría una función al hacerlo. Se dispuso sobre el cuerpo dentro de un ataúd que fue entregado al Comité Internacional de la Cruz Roja, que procedió a entregarlo a su familia para su inhumación en algún cementerio cercano a Pereira cuyo nombre se desconoce o se reserva. Ahí descansa la mano.

*Crónica Publicada en 2013

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