A las tres de la tarde del 6 de febrero de 2003 yo estaba discutiendo con unos compañeros de trabajo en la Vicepresidencia. Estábamos muy alterados porque no nos poníamos de acuerdo sobre un tema. Salí a un corredor a tomar aire, y en ese momento llegó el vice. Venía con cara de preocupación y, antes de que yo le dijera algo, me preguntó que cómo estaba. Le dije que cansada y preocupada, y él me dijo: “Sí, qué lío tan grande, estamos muy preocupados”. El asunto que discutíamos sus asesores no era tan grave, y me extrañé. Entonces el vicepresidente me dijo: “A ver, parece que tú estás hablando de una cosa y yo de otra. Yo estoy preocupado por la avioneta de tu marido, que está perdida”. Ahí se me bajó a mí todo.

Eso fue un jueves, y hasta el martes siguiente encontraron la avioneta. Durante esos días no quise adelantarme: estábamos buscando una avioneta perdida, no una avioneta accidentada. Estábamos buscando sobrevivientes, no cuerpos. Nunca pensé que mi Juancho estuviera muerto. 

El martes identificaron la avioneta accidentada, y el miércoles recogieron los cuerpos. Cuando me dieron la noticia, pensé: ¿quién apagó la luz? 

La semana siguiente, el lunes, me llamó el presidente Uribe y me ofreció un cargo en la Unesco, en París. Me dijo que mis hijos y yo necesitábamos tomar distancia, cambiar de aire. Yo no tenía cabeza para pensar. Le di las gracias, pero le dije que se preocupara mejor por nombrar al nuevo ministro, que yo vería qué haría. No estaba para tomar decisiones. Ese lunes regresé a mi oficina en la Vicepresidencia, pero no podía pensar. Por la tarde fui al Ministerio de la Protección Social para recoger las cosas personales de Juan Luis, y fue durísimo. 

El jueves de esa semana me volvió a llamar el presidente Uribe, y esa vez me convenció con una frase que me dijo: que la distancia podía ser beneficiosa para nosotros, pero que yo también podía serle de mucho beneficio al país en ese cargo. Eso me convenció. Definimos unas funciones, porque no quería irme para París de vacaciones, a no hacer nada. Me sentí honrada de que el Presidente pensara que yo podía ser útil para Colombia.

Con mis hijos programamos el viaje para junio, cuando hubieran terminado el año de colegio: acababan de pasar por una pérdida muy grande como para perder también el año escolar. 

En esos días, un amigo me propuso hacer algo por Juan Luis, dejar algo de él. Entonces me ayudó a ir a los medios de comunicación a recoger todo lo que se hubiera publicado sobre Juancho en prensa, televisión, radio y revistas. Era una cantidad enorme de material, recogía doce años de vida pública, desde 1990. Me metí días enteros en archivos de prensa a sacar información y a guardarla. Después en la casa organizaba. Hicimos cinco DVD con imágenes, videos, grabaciones sobre la vida pública de Juan Luis. 

Fue como echarse sal y limón en una herida que está todavía abierta. En este momento ya es una cicatriz, ya la herida ha cerrado. Se recuerda con ternura, no con dolor. 

Por esos días también me dediqué a disolver la sociedad conyugal que tenía con Juancho, eso también tomó su tiempo y requirió mi atención. Es pasar de una condición a otra, la nueva era como herederos de una persona que ya no está. 

Muy poco después del accidente entré al correo de él. Mucha gente le seguía escribiendo, gente que no sabía de su muerte. Y me tocó contestarles a esas personas en nombre de él. Hacer eso fue duro. 

Había que tomar una decisión con la ropa. Principalmente porque todo me olía a él. La cama me olía a él. Y no quería dejar de olerlo. No soy una persona muy apegada a las cosas materiales, sí a las espirituales. Guardé cinco vestidos de Juancho para Juan Felipe, nuestro hijo menor. También llamé a una hermana de Juancho, Lucía, y le ofrecí el resto de la ropa para sus hijos, si querían. Ellos tomaron algunas cosas y lo demás lo regalé a personas necesitadas.

Otra decisión era qué hacer con los libros. Él era muy curioso académicamente, digamos que muy ansioso, pero en el buen sentido. Leía y estudiaba mucho. Tenía más de tres mil libros, muchos de economía, de política pública. Aunque algunos amigos criticaron mi decisión, doné sus libros a la biblioteca Luis Ángel Arango. Creo que allá están cumpliendo un buen papel. 

En nuestra casa le habíamos adaptado a Juancho una cuevita, un sitio para él, donde se encerraba a estudiar y a leer. Estaba llena de libros y documentos, con corchos y papelitos por todos lados. En algún momento también había que tomar la decisión de desmontar la cueva, que era el espacio más personal de él. Organizar su espacio fue un momento doloroso. Los libros que tenía en proceso están organizados y guardados en una caja.

Nuestro amigo Rodrigo Botero quería y respetaba mucho a Juan Luis, y se le ocurrió que había que hacer algo más que llorar y guardar recuerdos para la familia. Me insistió mucho en que había que dejar algo de Juan Luis para Colombia. 

Entonces con él organizamos la Fundación Juan Luis Mejía, que entrega una medalla y dinero a personas destacadas en el trabajo social. Ya se ha entregado en tres ocasiones a personas que trabajan en los temas que hacían vibrar a Juancho: pobreza, distribución del ingreso, infancia, economía social en general. Organizar la fundación también reclamó mi atención.

Esos cuatro meses mientras me iba a vivir a Francia yo estaba invadida de Juan Luis. Todo lo que yo hacía era en función de Juan Luis. Fueron cuatro meses en los que si bien estaba vacía de él físicamente, estaba llena de él con todo lo que estaba haciendo. En la misa que hicimos al mes de su muerte el sacerdote me invitó a hablar delante de todos los asistentes. Y les dije algo que sentía, les dije que no entendía un concepto de la física: cómo el vacío pesaba tanto. Y es que era así como me sentía.

Las personas somatizan de manera diferente eventos y dolores como ese. Por mi lado fue el sueño, no lograba dormir. Entonces mis jornadas de trabajo empezaban a las seis o siete de la mañana y terminaban a las tres de la mañana del día siguiente. Y todo el tiempo estuve en función de Juancho.

En las noches comencé a hacer con mis hijos sesiones que bauticé “Family talk”: nos reuníamos a hablar, a exteriorizar. Los invitaba a decirle al papá las cosas que sentían, que querían decirle y no le dijeron. Esas sesiones de conversación nos ayudaron a pasar esos duros meses. 

A comienzos de junio ya teníamos desmontada toda la casa. ¿Qué hace uno con la cama matrimonial, donde se compartieron tantas noches a lo largo de veinte años? Alguna gente la botará. Yo la tengo en la finca. No quise desprenderme de ella, y la finca se volvió el sitio que acogió una casa que se vaciaba. Ahí están muchos de los muebles que yo había comprado con Juancho mientras armábamos nuestro hogar.

El 19 de junio al fin viajamos a París. Fue una nueva cultura, un nuevo idioma, otro continente. Empezó para nosotros una vida que permitió reparar un poco el dolor. Por mi parte, dejé de ser la viuda de Londoño. Para mis hijos fue adaptarse, conocer nuevos amigos. Cuando veía a uno de ellos triste, le decía: “Siéntete orgulloso de lo que tienes, tienes sangre de ese papá divino, entiende todo lo que implica ese ADN y no sientas tristeza por la condición de huérfano”. Quería que no sintieran lástima por ellos ni por mí. 

Alguna vez Juancho y yo estuvimos juntos en París. Mientras paseábamos por los Jardines de Luxemburgo, le dije que me veía viviendo cerca de ahí. Y Juan me dijo una cosa que cobró todo su valor años después: “Te veo viviendo a ti aquí, pero yo no me veo”. Fue un sentimiento tremendo cuando recordé esa especie de visión que tuvo Juancho.

Cuando regresamos, mi idea era volver a nuestra casa, pero mis hijos me hicieron ver que era una tontería, que íbamos a despertar unos fantasmas que estaban dormidos. Entonces nos fuimos a vivir a un apartamento. Aquí, en el sitio donde ahora vivimos, Juan Luis también tiene su espacio. En el cuarto donde vemos televisión están los reconocimientos que recibió Juancho, fotos, unas esculturas que le gustaban. Hay un óleo que mandé a hacer antes de irnos para París. Si los investigadores de CSI le pasan la luz que usan para buscar huellas o manchas, van a ver en ese óleo las marcas de mis labios por todas partes. 

No creo que haya que tapar el dolor, al contrario. Al enfrentarlo, con los años ese dolor va convirtiéndose en ternura. Eso es lo que siento ahora. 

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