1. Las primeras experiencia decepcionantes

A los pequeños estudiantes caleños de la escuela San Nicolás nos llevaban en fila a la misa de los domingos en la iglesia vecina. En ocasiones, el santo y soso sacrificio en latín -con el padre todo el tiempo de espaldas-, se alborotaba con la celebración de unas bodas, entre un sujeto víctima de los apremios eróticos y la tara del enamoramiento, y una jovencita que al fin encontraba la oportunidad de salir de casa.
Nos excitábamos todos ante la nívea la cola de satín de la novia serpenteando por sobre la alfombra purpúrea del pasillo central, y el ronroneo de que se desfondaría esa noche en pleno meneo otro himen –de allí la misteriosa palabra-, en el hostal de privilegio de la luna de miel. Pronto se expandía por el ámbito, como el humo del incensario, el rumor de que no debía ser virgen la desposada, ya que alguno de los metiches la había visto en andanzas de luna nueva por nuestros campos de fútbol con un periódico. Cuando el sacerdote les pedía que se prometieran amor y fidelidad eternos y se colocaran los aros de oro en los anulares -y mientras ella y él decían sí-, todos los de mi curso ensartábamos los dedos índice de la mano derecha por el ojete que conformaban el índice y el pulgar de la otra mano, para sonrojo de los novios y del acólito.
Pensábamos, como avezados vástagos sicilianos, en el chasco del tipo que pagaría suite nupcial, cuando encontrara que las primicias habían sido consumidas en otro picnic. En todo caso, la servidumbre no se llevaría al día siguiente las sábanas impolutas, sino manchadas con la sangre de la primera muenda a la desposada, a quien el varón chasqueado no repudiaría según los cánones, sino que asumiría con la precoz cornamenta, a fin de no hacer público el deshonor, a costas de la eterna deshonra íntima. El resquemor persistiría –el de él por encontrar el cebo roído y el de ella por el mascadero noquiado-, pero de todas maneras la vieja se escaparía a la primera oportunidad con el inicial deshollinador, y el romeo continuaría enmozado con la copera del bar.
Desaparecida de la radiola la Marcha nupcial de Mendelssohn, él se repantingaría con la Opera del Mondongo.


2. “Se casa o se muere”

Los dos muchachos se me acercaron mientras en la pista de baile acababa de hacer la caída de la hoja, ese paso de guaracha que hizo famoso el cómico Clavillazo. Vestía una chaqueta de lana de cuadros, detrás de cuya solapa acostumbraba coser con unas puntadas bastas un cortapapeles de níquel, con el que podría defenderme de mis posibles rivales. Pero estos llevaban un revólver engatillado, que me pusieron en la nuca sudada.
Su hermana -una chica del Liceo Benalcázar- a quien había conocido en una conferencia en La Tertulia, y quien se me había ofrecido a cambio de nada, acababa de ser repudiada por el novio italiano con quien pensaban casarla, a quien ingenuamente confió que había hecho el amor conmigo, un camaján ahora del barrio Obrero con ínfulas de poeta contestatario. Tenía que dar satisfacción a ese ultraje. Me dijeron ¡Se casa o se muere! Y yo, como siempre, elegí lo peor. Les dije ¡Me caso! Así que me puse el mejor traje de mi papá y me fui a visitar al papá de ella. No fue sino decirle lo que había aprendido en las películas mexicanas Vengo a pedirle la mano de su hija –sintiendo que me apuntaba un cañón desde el edificio vecino-, para que él soltara la carcajada. Ni siquiera lo había decepcionado la pinta, ni la del vestido ni la de mis facciones -por entonces harto pasables- sino que no tuviera apellido, pues había visto que firmaba mis notas de prensa con sólo el apelativo. Él no sabía del estupro, como se denomina a lo que la chica me propició. Lo siento, joven, me dijo. No puedo permitir que mi hija se case con alguien que no tiene ni siquiera un apellido para aportarle. En ese feliz momento los cañones de las pistolas, de ellos y la mía, apuntaron al suelo. Menos mal que no estaba preñada. En ese tiempo cada condón alcanzaba para tres viejas.


3. Los disociadores literarios

Ya estaba bien avanzado en lecturas disociadoras. El diccionario filosófico y todos los enciclopedistas franceses -incluido el Marqués de Sade-, secundados por las novelas desastrosas de Vargas Vila. Decía el maestro desde el exilio: “El matrimonio es una idiotez y el adulterio es su revancha”. Cuando esgrimía ese argumento ante los amigos casaderos, me replicaban que Vargas Vila era un viejo cacorro.
Cuando llegó el nadaísmo a Cali, con Gonzalo Arango predicando la muerte de Dios y de todos los valores establecidos de Occidente, entre ellos el matrimonio, yo estaba leyendo, aterrorizado, Madame Bovary, Ana Karenina y El amante de Lady Chaterley, esos tres monumentos a los cuernos de maridos muy respingados. Espero no casarme nunca, me dije, ante semejantes prospectos.
Promulgamos el amor libre, como réplica a la imposición vaticana y de los juzgados. Lo que implicaba una legalización del concubinato. El solo amor y el deseo manifiesto eran suficientes para consagrar una unión. Pero aparte de Gonzalo Arango, de Amílcar U y de X-504 (los dos últimos sin mucho interés por las viejas, vale decir), los demás poetas se nos fueron casando, por la iglesia para mayor desencanto. Por apremios eróticos y por la tara del enamoramiento. Primero fue Humberto Navarro, con la llanera; le siguió Alberto Escobar con la paisa; luego Eduardo Escobar, con la pereirana; después Darío Lemos, con la hija del farmacéutico; Mauro Castro con Alejandra; Diego León Giraldo con la fotógrafa; Armando Romero con la griega y finalmente Elmo Valencia con Afrodita.
Yo trataba de conservar el invicto. Si no podía ser gigoló por falta de estilo, por lo menos sería un arrejuntado sartriano. “Tras de marihuanero enyerbado”, fue lo único que alcanzó a comentar “el profeta”, cuando supo que me había ligado con una bruja.
Tuve eternos amores; todos acabaron por física consunción. Con el penúltimo me pegué una encoñada de padre y señor mío, tanto que en el restaurante Anca 19 le pedí entre champañas que nos casáramos, aspirando para mí solo a una vieja que proclamaba que era mucho para uno solo. Lujuria atinó a contestarme que no estaba sería ama de casa de un poeta doméstico. Y que si un nadaísta iconoclasta la pedía en matrimonio, hasta allí llegaban sus relaciones con el nadaísmo. Santo remedio.


4. Las enseñanzas de “Picuenigua”

Jorge Giraldo, mi liberal padrino, a quien debo lo mejor y lo peor que aprendí en la vida, me había dicho mostrándome su escopeta de dos cañones, que tuviera siempre presentes un par de cosas: no correrle a los godos, por pájaros que fueran, y castigar siempre los cuernos que me pusieran las viejas, si era del caso con la ejecución in fraganti.
A los godos nunca me les corrí. Tanto que cuando llegaron a la agencia de publicidad donde trabajaba a solicitar mi concurso, con todo gusto les confeccioné campañas publicitarias para hacerse con el gobierno. Que lo digan Belisario Betancur Cuartas, Álvaro Gómez Hurtado, Andrés Pastrana Arango y Rodrigo Lloreda Caicedo. Con algunos me fue bien. Y con otros mejor porque no ganaron.
Respecto de la incitación al uxoricidio, menos mal que preferí no atenderla, pues me habría convertido en un asesino en serie, al mejor estilo del Sultán Shahryar, el de Las mil y una coches, de Barba Azul y Landrú. Sólo es engañado quien ama, y yo decidí cortar con la proclividad al idilio. Con fornicar solamente tendría de sobra.


5. La novia dijo no

Ya cerca de la cincuentena encontré a la niña que habría de redimirme, darme dos hijos con los que nunca soñé y que son el sueño que me estaba debiendo la vida. Me capturó haciéndose la pendeja y ya llevamos 18 años desde que llegara a mi oficina en busca de un reportaje. Alucinado por la experiencia, un día me los llevé para San Andrés y pedí al pintor Samuel Ceballos que me organizara una mágica ceremonia de matrimonio, con el brujo Pepa como oficiante, y el notario de la isla de confirmante. Se encargó de todas las vueltas, hasta de brindarme una despedida de soltero que duró tres días con sus noches, mientras en El Decamerón la novia esperaba. Éramos la pareja perfecta porque le llevaba por lo menos 22 años, su padre era psiquiatra y todos sus hermanos artistas. Nos encontramos en el tablado del acto, enfrente del Cotton Ky. Los grupos de calipso y rock tendían el contacto entre la tierra, el cielo y el mar. Samuel me sostenía en el momento trascendental de mi vida. Y cuando el brujo le preguntó a la pretendida si quería ser mi esposa, ella sencilla y llanamanete dijo que no. Tomó de la mano a los dos pequeños, Salomé y Salvador, y se dirigió en busca de cremas para la perpetua juventud y los más ensoñadores placeres.
Lo que fue conmigo, el matrimonio se jodió como sacramento y ceremonia. A la familia de mi mujer no le inquieta, a la mía tampoco. Resultaron más nadaístas que yo. Y ahora que estoy de cristiano, no sé con qué cara me le voy a presentar al Señor caído. No creo estar viviendo en pecado mortal, como se decía en épocas de bárbaras naciones. A lo sumo, en pecado venial. Vení al sofá, me dice ella. Y yo corro con las cremitas.

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